Ilustración del relato chuletas de palo

En esta entrega…


«Un perro ladra en la distancia, mientras que el viento aúlla en el callejón, y una niña duerme entre pesadillas de chuletas de palo y lentejas con chinas»

«No sabía lo que era un moro, porque siempre que preguntaba la abuela respondía: esos con los que vives allí en África. A lo que ella contestaba, que nunca nadie le había dicho que los morenos eran moros»

LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash

SÉPTIMA ENTREGA. CHULETAS DE PALO.


Ilustración original de JESÚS RUIZ FUENTES, del relato “Chuletas de palo”. Incluida en la versión digital en color.

El viento arrastraba el olor a humo de leña quemada y el aroma a setas, que la chimenea dejaba escapar. Era un viento helado, frío y cortante, que agrietaba los labios y mimaba a los sabañones de dedos y manos de la niña, que no cesaba de rascarse, aumentando así la insufrible picazón. A sus oídos llegaban las voces de los suyos, que a través de la hendidura del gastado escalón del portón se filtraban, para perderse en el viento entre el humo y las sombras del anochecer. Se arrebujó un poco más en el interior del abrigo de paño jaspeado, tirando sin éxito de la prenda por eso de no saber que las tallas son las que son y la suya era la de una niña de siete años con una prenda que no le llegaba a las rodillas. Con la vista puesta en las pequeñas flores amarillas del jazmín de invierno, del otro lado de la estrecha calle empedrada,  sujetaba la pataqueta, — nombre que se le da en la tierra del Mio Cid a un pan con forma de media luna,— con las chuletas de cordero que su abuela le había metido en él, por el afán de que la niña engordara algo y no se quedara canija, cosa difícil, a juzgar por la corta estatura que la chiquilla tenía, le dio un par de bocados, que estuvieron a punto de dejarla sin premolar, porque nadie se había molestado en recordarle que las chuletas eran de palo. Así que la niña lo dejó en un rincón, en espera de Blanquito, un perro famélico y bastante pulgoso de pelaje negro y ralo, al que se aferraba como tabla de salvación para deshacerse de las cenas. Aguzó el oído esperando oír al animal, pero solo escuchó el viento, que llegaba del castillo que dominaba la vieja aldea levantada piedra a piedra por los moros, al menos era lo que le contaba su abuela en las mañanas soleadas de aneas y bolillos. Y el caso era que no sabía lo que era un moro, porque siempre que preguntaba la abuela respondía: esos con los que vives allí en África. A lo que ella contestaba, que nunca nadie le había dicho que los morenos eran moros. Así que, en vista de que las explicaciones de su abuela no le aclaraban nada, hacía tiempo que escuchaba en silencio en esas mañanas al sol de invierno, la historia de esa aldea mora de castillo cristiano, aunque en su razonamiento de niña no comprendiera por qué no era todo moro, o todo cristiano. El jadeo de un perro esparció en el aire las cábalas de su lógica infantil, y agarrando el pan y las chuletas de palo salió al encuentro de Blanquito, que desde hacía unos días, lucia un hermoso rodal de tiña en el lomo. El animal agradeció la cena moviendo el rabo de izquierda a derecha, con la misma rapidez, que la abuela bailando los bolillos y la niña respondió acariciando el lomo del animal de arriba abajo y de abajo arriba, sin importarle la tiña, porque entre otras cosas nadie se había molestado en contarle que era algo contagioso.

—¿Te lo has comido todo?

—Si abuela…— mintió acercando las dos manos al calor de la lumbre.

—Los sabañones y el calor de la lumbre no hacen buenas migas… ¿Y a dónde han ido a parar los huesos? — Preguntó la abuela, ahora enfrascada en la faena de limpiar las lentejas de piedras— No me distraigas ahora que si se me pasa alguna puedes romperte un diente…

Y la niña, con las manos al calor de la lumbre, observó las de su abuela volar sobre las lentejas con el mismo arte con que bailaba los bolillos, sin comprender la preocupación de salvar sus dientes de niña de las chinas de las lentejas y dejarlos a merced de las chuletas de palo.

Un perro ladra en la distancia, mientras que el viento aúlla en el callejón, y una niña duerme entre pesadillas de chuletas de palo y lentejas con chinas.

Hoy me ha venido a la memoria… Mañana será otro día.

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«TODA UNA VIDA VIVIDA A RITMO DE SAMBA Y LLORADA, CUANDO TOCABA AL SON DE TEQUILA Y RON. PASARON LOS HOMBRES POR SUS DÍAS. DEJANDO HUELLA UNOS Y OTROS NO. PERO EL QUE LE MARCÓ, NO PRECISAMENTE POR AMOR, FUE EL PADRE DE SUS HIJOS, UN TORO DE MIURA TENIENDO LO QUE HAY QUE TENER PARA COMPLICARLE LA VIDA, Y FALTÁNDOLE LUEGO PARA SACAR A LA PROLE ADELANTE.»

LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash

NOVENA ENTREGA. El rincón de los cuerdos locos: CARLOTA

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