Matrimonio de conveniencia, octava entrega de el coleccionista

Diego Echelar ha dejado a su ex-amante en la redacción del periódico preparando una carta de renuncia. No está dispuesta a nuevo destierro, aunque sea Irak. Echelar llega extraordinariamente temprano junto a su mujer con la que tiene una extraña relación, un aparente matrimonio de conveniencia.

Así terminaba la semana pasada La esposa del jefe,  sexta entrega de El coleccionista:

«Pero ya era tarde para quejas. La secretaria de Diego Echelar interrumpió su arrepentimiento y le entregó un sobre..

—Tu billete —dijo la mujer..

La joven entendió que lo único sensato para hacer era retirarse. Miró su ordenador y se dispuso a preparar su carta de renuncia»

En esta entrega…


«Allí seguía ella con su sonrisa y sus ganas de complacerlo. No sexualmente, en eso había fallado ya demasiadas veces. Su victoria era que él volviera a casa todas las noches.»


«Observó cómo el pantalón negro que vestía se deslizaba ligeramente por su cadera y ella se lo acomodó en un movimiento que a Diego lo habría encendido de inmediato si ella no hubiera sido su mujer.»

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

SÉPTIMA ENTREGA. MATRIMONIO DE CONVENIENCIA.

Capítulo 4

Esa noche Diego llegó a su casa temprano por primera vez en varios meses. Eleonora lo estaba esperando, como siempre, y al escuchar el ruido de las llaves apagó su ordenador y fue rápidamente al sillón. Sonrió apenas vio su rostro ensombrecido por la penumbra de la casa.

Él le devolvió la sonrisa. Por un momento sintió un extraño placer al saber que ella estaba allí, esperándolo como siempre. Pensó que hacían buena pareja. Él no podría estar casado con otra mujer. Alguien que lo cuestionara. Le hiciera preguntas. Alguien que lo estorbara. Y allí seguía ella con su sonrisa y sus ganas de complacerlo. No sexualmente, en eso había fallado ya demasiadas veces. Su victoria era que él volviera a casa todas las noches.

Diego se dejó caer en el sofá y la abrazó. Ella seguía sonriendo. Y entonces preguntó:

—¿Volvió Montecasino?

—Sí —respondió casi en un susurro. Ella asintió con la cabeza y por un segundo borró la sonrisa del rostro—. Por unos días apenas. Viajará a Irak.

Eleonora enderezó la espalda y carraspeó.

—¿Irak? —se veía sorprendida. Aunque a Diego le pareció que estaba feliz con el nuevo destino de la periodista.

—Sí. Creo que va a hacer un buen trabajo allá. ¿No recuerdas que la semana pasada te comenté que necesitaba enviar a alguien a Bagdad y me dijiste que ella era la indicada?

Ella miró hacia arriba y asintió de una forma casi imperceptible.

—Claro —dijo. Volvió a sonreír y él creyó ver que sus ojos se apagaban de alguna manera—. Seguramente hará un buen trabajo. Es buena en lo que hace.

—Mi amor —repuso él—, sabes que no significa nada para mí. Sabes que solo fue…

—Espera —dijo ella y se levantó de un respingo del sillón. Fue hasta la mesita baja y buscó entre unos periódicos. Por primera vez Diego notó que había perdido varios kilos en los últimos meses. Observó cómo el pantalón negro que vestía se deslizaba ligeramente por su cadera y ella se lo acomodó en un movimiento que a Diego lo habría encendido de inmediato si ella no hubiera sido su mujer. Finalmente tomó una hoja y se acercó con rapidez a su marido—. Mira, en las clases de Historia del Arte estamos hablando de esto. —Golpeó con un dedo el título de un artículo. Diego la miró sorprendido. Tanto entusiasmo de su mujer le hizo sonreír. Le gustaba pensar que él era quien estaba logrando hacer de Eleonora una mujer mucho más deseable—. La destrucción de las obras de arte… es increíble lo que está ocurriendo. Sería genial que pudiéramos hablar sobre este tema en el periódico. ¿No crees? Van a enviar de la UNESCO a un grupo para evaluar los daños… ya conseguí los datos para contactarlos —dijo ella entusiasmada mientras sostenía un papel en su mano—. Las ventajas de tener mi apellido.

Él la miró sorprendido y abrió los ojos como platos.

—Debería contratarte, eres más eficiente para conseguir fuentes que varios de mis periodistas —dijo y tomó el papel. Lo puso sobre la mesilla y siguió hablando.

—Puede haber algo interesante detrás de todo esto.

Diego hizo silencio por un minuto mientras escudriñaba el artículo y asintió con la cabeza.

Eleonora frunció los labios y miró hacia el suelo. Diego supo que ella quería decir algo y no se animaba. La tomó del hombro y le preguntó:

—¿Qué pasa?

—Entregas anteriores—

«1, «2, «3, «4, «5, «6…

TRAFICANTES DE ARTE

Nadie confía en nadie. Todos son sospechosos. Pero… ¿quién mueve realmente  los hilos?

El coleccionista, de Cecilia Barale

El coleccionista

Una novela de Cecilia Barale

Un coleccionista, una periodista y un restaurador persiguen el mismo tesoro, aunque por motivos diferentes: el mapa que lleva a la tumba de Alejandro Magno. Nadie confía en nadie. Todos son sospechosos. Pero, ¿quién mueve realmente los hilos?

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