El juego del chusco, quinta entrega de el esclavo de los nueve espejos

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Últimas reflexiones de Neblí a la puerta del señorito. Aún no lo sabe, pero el sicario que ha contratado no ha matado todavía a nadie. Es un farsante con principios, un amoral, ex drogadicto, ex policía  y ex suicida, un tahur del juego del chasco.

Así concluía la semana pasada El crimen “perfecto de una anciana”, cuarta entrega de El esclavo de los nueve espejos: 

«Se presentó ante el matón y le contó la historia del barón sin abundar en detalles no fuera a ser que le birlase el negocio. Y Antzara le dio el visto bueno. Ya era hora de que matase a alguien, de que le echara huevos al oficio. Sin remilgos. Además, concluyó, estaba más chupado que casarse con la fea del pueblo que encima era pobre»

En esta entrega…


«Vivir era el juego del chasco. Sin reglas, sin metas, sin razón ni premio, actos a cara o cruz, recuerdos que desdibuja el tiempo, mentiras que se suceden y superponen sin cesar»


«No le había contado al Íncubo que también era un ex suicida porque esas cosas no se dicen cuando se tiene un oficio como el de asesino profesional. Mellan la categoría. Había sido una buena persona del mismo modo que era, ahora, un amoral»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro

QUINTA ENTREGA. EL JUEGO DEL CHASCO.

Acomodado en el asiento del conductor, Neblí apreció que la oscuridad había caído sobre el automóvil y eran, coche y noche, burda cacofonía, pardos como gatos nocherniegos. Los contornos muscos hacían que las chispas del pitillo brincaran sobre el cristal delantero convertido en espejo por el azogue de las sombras. En la fachada del palacete colonial que tiempo atrás, según supo después, fue una venta que destruyeron los carlistas en el diecinueve, se iluminó un ventanal bajo, de rejas negras y sólidas como las de un convento, y los visillos transparentaron luz de calabaza. El marqués, pensó Neblí, le estaría esperando allí y él, como un señor, iba a ser distinguidamente puntual. Para conseguirlo, se fumó otro cigarrillo antes de entrar. Y afrontó la última reflexión sobre sí mismo.

“El Íncubo”, pensó, se reía de él diciendo que nunca dejaría de ser un “ex” inmaculado. Y era verdad. Desde que se recuperó del disparo, había andado de “ex” en todo. Pasó de los asuntos comunes de la gente. Salvo en una cosa, cuando menos. No perdió la curiosidad por la estupidez humana. Se dijo que, quizás, ese fisgoneo morboso le libraba de pensar en su propia necedad. Pero, en fin, barruntó, eso era lo que tenían las curas extramedicinales. Porque es imprescindible que, para ser normal, incluso superior a lo normal, el loco no sepa que lo está.

Había sido un isócrata puro, un policía íntegro y hasta un evadido de la droga sin un solo reparo. Lo había hecho todo con  intensidad, absolutamente entregado, con rigurosa fe. Y menos mal que no le había contado al Íncubo que también era un ex suicida porque esas cosas no se dicen cuando se tiene un oficio como el de asesino profesional. Mellan la categoría. Había sido una buena persona del mismo modo que era, ahora, un amoral incoercible, irreductible, neto. Algo así.

Sintió asco de sí mismo. Pensó, incluso, que sólo era un jorobado sarmentoso enfrentándose a la burda tarea de existir. ¡Qué simple era todo! Conocer era aprender a engañarse a uno mismo siendo cada vez más tolerante. Y vivir… Vivir era el juego del chasco. Sin reglas, sin metas, sin razón ni premio, actos a cara o cruz, recuerdos que desdibuja el tiempo, mentiras que se suceden y superponen sin cesar hasta que la verdad de la muerte las esteriliza.

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Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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