No me dejes morir, primera entrega de A tres pasos de Luna

Luna siendo una niña es salvada por Juan, viudo y anciano pescador de la isla de Tabarca. Con el tiempo se convierte en una bella mujer, pero con temor al contacto humano.

Bastián es un atractivo y culto soldado alemán. A pesar de que nunca ha pretendido ser un héroe, se verá obligado por las circunstancias. Una vez fue un hombre de honor, pero ahora es capaz de acabar con quien se interponga en su misión. 

Bastián y Luna, dos personas a las que el destino no tiene previsto que se crucen sus caminos.

Con el título No me dejes morir comienza la primera entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón:

En esta entrega…


«Un escalofrío me ha recorrido la espalda al apoyar la cabeza sobre los tubos que rodean todo el perímetro de los paneles laterales..

No puedo respirar»


«Aunque respiro el aire con pequeños sorbos para conseguir controlar mi agitación, mi mente continúa atrapada en lo que acaba de suceder.

Su boca sobre la mía. La puedo sentir recorriendo mi interior suave y dulcemente con la calidez de su lengua.»

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

PRIMERA ENTREGA. NO ME DEJES MORIR.

PRÓLOGO

No me dejes morir.

Aunque no quieras reconocerme, soy tu verdad.

Beatriz Cáceres.

—Pero, ¿qué es lo que he hecho?

Apenas logro formularme la pregunta por lo impresionado que estoy. Soy incapaz de centrar la mirada sobre mi mano. No creo que sea el momento idóneo para mostrar debilidad. Aun así, parpadeo sin cesar en un intento de alejar de mí esa visión horripilante con desesperación. Como mi enojo crece por momentos por mi absurda reacción, no puedo más que comprobar que mis ojos actúan en contra de mi voluntad y efectúan un recorrido angustioso y errático sobre ella. Tengo que hacer un verdadero esfuerzo para poder visualizarla en esta asfixiante penumbra. No puedo evitar que la sangre se deslice, todavía caliente, entre mis dedos. Ni tampoco sentir como cae, gota a gota, en dirección a este suelo de hierro repleto de pequeñas rendijas por la que parece querer huir para terminar de mortificarme.

Menos mal que este angosto pasillo está lleno de recovecos, una circunstancia que no deja de estar marcada por su propia ironía. Siempre suelo quejarme por las trabas que puede encontrar una persona tan corpulenta como yo para poder pasar, a pesar de que no puedo dejar de reconocer su utilidad. Ya que me sirven para apoyarme en este momento de angustia en el que mi respiración agitada no ayuda en nada.

¡Dios! Me van a reventar los pulmones. Qué dolor.

Con cada inspiración siento como si una barra incandescente fuera capaz de atravesarme el pecho, y me sacude una angustia indescifrable porque los paneles laterales van acercándose cada vez más junto con el techo.

Se ciñe todo a mi alrededor.

El espacio se reduce.

Pausadamente, despacio y lentamente se va estrechando en una espiral sin control. Me ahogo como lo podría hacer una persona a la que se le entierra viva.

Ante mis ojos, y para mi desesperación, se contraen vertiginosamente hasta convertirse en un embudo minúsculo y angosto en el que me encuentro acorralado.

No me puedo mover. No puedo. ¡Estoy bloqueado!

Tengo que conseguir tranquilizarme. No encuentro la forma de lograr frenar a mi corazón, que ha decidido ignorarme y cabalgar desbocado en el interior de mi pecho desde hace un rato. Lo que produce una respuesta exagerada de mi organismo y activa su mecanismo de defensa, es decir, decide sudar copiosamente a través de cada uno de sus poros. Expulsando la adrenalina en forma de gotas de angustia, de la misma forma que si fueran minúsculos géiseres.

No puedo resistir el contacto del uniforme empapado sobre la piel. Me provoca más sofocación  y se me ponen los pelos de punta.

No hay quién lo pueda entender. Y no es difícil hacerlo, puesto que no hace más de diez minutos estaba tan feliz que hasta había logrado olvidar en qué lugar me encuentro.

¡Sheiße![1]No puedo perder así los estribos.

Un escalofrío me ha recorrido la espalda al apoyar la cabeza sobre los tubos que rodean todo el perímetro de los paneles laterales.

No puedo respirar.

El aire está tan viciado que, aunque intento aspirar pequeñas bocanadas de aire, parece que pesa más que el plomo al entrar en mis pulmones. 

Estoy al borde de mi límite, tan desesperado que alzo la vista esperando encontrar una salida en una estúpida e inútil búsqueda imaginaria. Esta sensación claustrofóbica me está arrastrando a un estado de pánico alarmante producido por mi absurda ansiedad. Resulta ser un gesto ineficaz, ya que no puedo dejar de sentir como todo se oscurece y como el techo se va acercando más a mí. Cada vez está más cerca de mi cara, puedo visualizarlo rozando la punta de mi nariz por momentos.

Tengo la impresión de que el corazón se me va a parar. ¡Qué angustia!

Cierro los ojos a la vez que intento aplacar mis latidos con un gran esfuerzo y, aunque respiro el aire con pequeños sorbos para conseguir controlar mi agitación, mi mente continúa atrapada en lo que acaba de suceder.

Su boca sobre la mía. La puedo sentir recorriendo mi interior suave y dulcemente con la calidez de su lengua. Hasta que gradualmente me dejo arrastrar en un arrebato más fuerte que la razón, a un ritmo más rápido al ser impulsado por un deseo intenso.

No existe nada más.

Nada.

Un calor profundo, igual que llamas insaciables, se adueña de mis entrañas y me empuja a aferrarme con fuerza. Me duelen los dedos al clavarlos sobre su espalda. Tan solo cedo por un instante para, a continuación, recorrerla con movimientos lentos centímetro a centímetro. Puedo sentir cada una de sus vértebras, una a una, bajo la presión de mis dedos de la misma forma que si estuvieran subiendo una escalera. Y sé perfectamente cuál es su final. Mi delirio.



[1] ¡Mierda!

Prepárate, porque va a coger tu corazón y lo va a estrujar

—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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