Soñaba con divorciarse, el coleccionista y los traficantes de arte, octava entrega

Echelar y Eleonora viven un matrimonio de conveniencia. Ella incluso ha pensado en divorciarse. Pero Eleonora además encierra un gran secreto. Una llamada misteriosa nos deja la intriga. Por el momento, anuncia a su marido que se va unos días a Europa.

Así terminaba la semana pasada Matrimonio de conveniencia,  séptima entrega de El coleccionista, traficantes de arte:

«Eleonora frunció los labios y miró hacia el suelo. Diego supo que ella quería decir algo y no se animaba. La tomó del hombro y le preguntó:

—¿Qué pasa?»

 

En esta entrega…


«Tantos años de vivir para complacerlo y jamas lograr sentirse querida, protegida. Se preguntó si sabría que ella últimamente soñaba con divorciarse.»


«—Llamó papá. Me voy a Europa unos días. Tiene algunas reuniones y quiere que lo acompañe.

—¿Justo ahora? —preguntó él entre dientes»

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

OCTAVA ENTREGA. SOÑABA CON DIVORCIARSE.

—Nada… nada… —y ella volvió a moverse, incómoda, como si las palabras que tenía en la garganta estuvieran revolviéndose en busca de una salida.

—Es claro que algo pasa.

—Esa nota… la de las obras de arte destruidas y perdidas… la quiero escribir yo.

Diego frunció el ceño, esperando ver si ella reía después de revelarle semejante locura. No quería apresurarse a responder algo que podía ser una broma.

—No —respondió finalmente—. De ninguna manera. Es una locura, una estupidez y no voy a permitirlo.

—¿Por qué no?

—Porque nunca escribes…

—Nunca escribo en el periódico pero estoy perfectamente capacitada para…

—Porque estás acostumbrada a viajar a sitios del Primer Mundo y alojarte en hoteles 5 estrellas —continuó él sin escucharla—. Es una locura. Una verdadera locura.

—Veremos que opina mi padre —lo desafió.

—La decisión ya está tomada Eleonora.

Eleonora volvió a acomodarse en el sillón y se mantuvo en silencio cinco minutos. Finalmente miró a su esposo y con lentitud, paseó su dedo índice por su escote. No necesitó volver a mirarlo para saber qué él ya le prestaba atención. Un segundo después, Diego la besaba, más excitado por el cambio que él sentía había logrado en su mujer que por ella misma.

Un rato más tarde el teléfono los sobresaltó cuando estaban a punto de quedarse dormidos. Eleonora abrió los ojos y buscó instintivamente algo para cubrirse. Encontró la camisa de su esposo hecha un bollo en el suelo y se vistió con ella. El aparato seguía sonando y Diego ya roncaba como si hubiera estado durmiendo por horas. Ella arqueó las cejas y, haciendo malabares para no despertar a su esposo, atendió.

Escuchó en silencio cerca de un minuto. Abría y cerraba los ojos de manera intermitente. Luego dejó caer los párpados y bostezó. Asintió con la cabeza mientras que casi al mismo tiempo emitió un gemido desganado que del otro lado interpretaron, ya que inmediatamente cortaron la comunicación.

La mujer se sentó al lado de su marido y le acarició la cabeza. Pasó sus dedos por su enrulada cabellera y luego olió su mano por un instante. Se preguntó si realmente él era sincero. Si valía la pena el sacrificio que ella había hecho para evitar que él se fuera de su lado. Tantos años de vivir para complacerlo y jamas lograr sentirse querida, protegida. Se preguntó si sabría que ella últimamente soñaba con divorciarse. Con empezar de nuevo, sola, fuerte, sin él. Cerró los ojos y estaba a punto de quedarse dormida cuando Diego se movió y apoyó la cabeza sobre su regazo.

Y entonces Eleonora escuchó que él estaba hablando de dormido. Cómo tantas veces. Pero esta vez ella lo entendió perfectamente.

—Tranquila… Ana, tranquila.

Eleonora se movió con brusquedad y se levantó del sillón. La cabeza de Diego cayó hacia atrás y él pareció volver a la realidad.

—Hola —le dijo y le sonrió con los ojos entreabiertos.

Ella le devolvió una sonrisa sin mostrarle los dientes y se alejó unos pasos. Luego se detuvo en seco y giró sobre sus talones.

—Llamó papá. Me voy a Europa unos días. Tiene algunas reuniones y quiere que lo acompañe.

—¿Justo ahora? —preguntó él entre dientes y ella no estuvo segura de que la estuviera escuchando realmente.

—Sí, justo ahora —repitió ella y lo miró fijo— ¿Qué tiene de malo que sea justo ahora?

—Nada, nada… quería aprovechar un poco a mi esposa, nada más.

 

—Entregas anteriores—

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El coleccionista, de Cecilia Barale

El coleccionista

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