El señorito de Torrealba en una burda imitación de Groucho Marx

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Después de haber repasar mentalmente toda su desacertada vida, Alejandro Neblí, el matón que ha de acabar con la vida del señorito de Torrealba, atraviesa la puerta de la mansión y se da de narices con una puesta en escena esperpéntica en la que el señorito está imitando a Groucho Marx.

Así concluía la semana pasada El juego del chasco, quinta entrega de El esclavo de los nueve espejos: 

«Sintió asco de sí mismo. Pensó, incluso, que sólo era un jorobado sarmentoso enfrentándose a la burda tarea de existir. ¡Qué simple era todo! Conocer era aprender a engañarse a uno mismo siendo cada vez más tolerante. Y vivir… Vivir era el juego del chasco. Sin reglas, sin metas, sin razón ni premio, actos a cara o cruz, recuerdos que desdibuja el tiempo, mentiras que se suceden y superponen sin cesar hasta que la verdad de la muerte las esteriliza»

En esta entrega…


«Andaba imitando a Groucho Marx y, cuando usted ha llamado, me estaba diciendo lo contrario de lo que él sentenciaba, eso de que tenía la intención de vivir para siempre o morir en el intento. Yo en cambio, señora, quiero morir o viviré eternamente si no lo intento»


«–Señor –corrigió Neblí, sorprendido–. Señor Neblí.
–Es igual –replicó el hombre burdamente disfrazado–. No importa el sexo como da lo mismo que lleve o no guadaña. Pero pase usted, señora. Y deme su chaqueta. »

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

SEXTA ENTREGA. IMITANDO A GROUCHO MARX.

ESPEJO CERO

Se estaba riendo de su pretenciosidad cuando le abrió la puerta, con lentitud de Igor, un caballero de corto y moderno smoking que portaba gafas y bigotes falsos, de plástico. Era evidente que los quevedos no tenían cristal y el pelo belfo parecía arrancado de una brocha de afeitar usada. No se lo creía ni él. Pero tampoco parecía interesado en hacerlo creíble.

Antes de entrar, Neblí miró al suelo y, sonriendo sin sonreír, mintiendo sin mentir, más que resuelto, masculló pensando en sí mismo: “¡Vamos allá, hijo de puta!”.

Dio las buenas noches conteniendo las ganas de reírse, pero el hombre le ofreció la mano sin firmeza, aunque no desganadamente, y le respondió con sequedad:

–Buenas noches, señora.

–Señor –corrigió Neblí, sorprendido–. Señor Neblí.

–Es igual –replicó el hombre burdamente disfrazado–. No importa el sexo como da lo mismo que lleve o no guadaña. Pero pase usted, señora. Y deme su chaqueta.

Neblí no dijo ni “no, gracias” porque llevaba la pistola en el bolsillo. Abotonó la prenda y se limitó a insistir, acentuando la palabra: “Neblí, señor Neblí”.

Su anfitrión se quitó el burdo remedo de máscara y, endulzando el tono, se justificó: “Me ha pillado gastándome una broma a mí mismo”. Y, sonriendo, dijo: “Andaba imitando a Groucho Marx y, cuando usted ha llamado, me estaba diciendo lo contrario de lo que él sentenciaba, eso de que tenía la intención de vivir para siempre o morir en el intento”. “Yo en cambio, señora, quiero morir o viviré eternamente si no lo intento”, añadió enigmáticamente. “Y créame; no es plato de buen gusto”, remató. Pero, aunque sonrió forzadamente, pareció molesto consigo mismo por haber hecho un juego de palabras tan vulgar.

Sonrió sibilinamente. “Ya lo entenderá”, dijo con brusquedad. Y retomó el gesto serio. Luego, le pidió que se sentase en uno delos sillones del enorme tresillo situado frente a la chimenea y le dio la espalda para ir a por una botella de Oporto. El verdugo aprovechó para prestar atención a la blancura de sus manos, la pulcritud de sus dedos largos. Y, por sus cuidadas uñas, comprendió que era un hombre que se concedía el lujo de despilfarrar el tiempo.

Admiró después su cabeza. Pese a contemplarla en escorzo, apreció perfectamente su nariz unamuniana, altanera, un auténtico pabellón de proa en un barco de guerra romano que tenía como ariete su barbilla. El pelo abundante, largo, peinado hacia atrás en oleaje de canas, flotaba sobre su cuello, indiferente a la diminuta calva de cura viejo, una crecida coronilla que apenas alcanzaba a vislumbrar por su estatura.

Cuando volvió con un Niepoort Garrafeira del setenta y siete, Neblí se cayó de culo sobre el cuero bruno del sillón. Aquel vino era la hostia. Siempre quiso probarlo, pero nunca supo dónde ni le dio de sí el bolsillo cuando lo encontró una tarde que fue al Ritz para controlar los movimientos de una madame de lujo a la que Antzara, contratado por un constructor, ordenó que le rompiese una pierna. ¡Un Garrafeira del setenta y siete!, gritó su mudez. ¡Y enterita!

El hacendado le confundió un poco más. Pero Neblí intuyó lo importante. Si quería que lo matase y lo trataba así sólo podía ser por una razón muy especial. Aquel hombre de sienes limpias y cejas unamunianas, de mirada sin azogue, transparente, parecía saberse dueño del mundo y poseedor de nada.

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

UNA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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