El deseo me llena, segunda entrega de A tres pasos de Luna

No me dejes morir. Aunque no quieras reconocerme, soy tu verdad. De esta manera arranca el prólogo de A tres pasos de Luna, en una atmósfera asfixiante donde el encuentro de dos amantes parece inevitable y con una narración en primera persona que te deja aún más si cabe sin aliento.

Precisamente No me dejes morir,  era el título que escogíamos para la primera entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón. Así concluía la semana pasada:

«Tan solo cedo por un instante para, a continuación, recorrerla con movimientos lentos centímetro a centímetro. Puedo sentir cada una de sus vértebras, una a una, bajo la presión de mis dedos de la misma forma que si estuvieran subiendo una escalera. Y sé perfectamente cuál es su final. Mi delirio.»

En esta entrega…


«Su boca.
No puedo pensar. El deseo me llena por entero.
Entre pequeños gemidos, me ha abierto la chaqueta con dedos temblorosos por la emoción y ha desabrochado mi camisa botón tras botón.
¡Es tan condenadamente joven!»

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

SEGUNDA ENTREGA. EL DESEO ME LLENA POR ENTERO.

Disperso mis manos y me detengo en la parte inferior de sus omoplatos que se asoman y esconden bajo mis caricias, debatiéndose en su propio frenesí.

Soy incapaz de alejarme de la trampa de esos labios y me aferro a ellos con verdadera pasión; aunque mis manos prosiguen su trayectoria hasta detenerse en la línea de sus hombros.

¡Qué piel tan suave!

Sonrío al recordar cómo le he desgarrado la camiseta al quitársela de un tirón. Tiene la suavidad de un mar de seda, cálido y hermoso como la belleza de la juventud. En su interior esconde la promesa palpitante del comienzo, de ser ese lugar en dónde nadie ha dejado su huella, de lo que se abre igual que un libro en blanco. Y sus páginas, ansiosas, esperan la llegada de las palabras cargadas de hambre por la vida.

Un suspiro de placer se me escapa a la altura de su cuello. Me estremezco. Mis manos siguen incansables recorriendo su piel sudorosa y, de nuevo, su boca.

Su boca.

No puedo pensar. El deseo me llena por entero.

Entre pequeños gemidos, me ha abierto la chaqueta con dedos temblorosos por la emoción y ha desabrochado mi camisa botón tras botón.

¡Es tan condenadamente joven!

Pensar así todavía consigue que desee más que no pare su roce. Recorre, beso tras beso, todo el contorno de mi pecho con avidez y cada uno de ellos deja una pequeña huella de labios encendidos que como brasas traspasan mi piel dejándome sin aliento.

Sus manos se detienen en mi cinturón. Me lanza una mirada maliciosa al juguetear con la hebilla, y contengo la respiración cuando la desabrocha. Se arrodilla ante mí y me baja los calzoncillos con suavidad. Sus ojos azules se detienen en mi miembro y no es capaz de parpadear. Lo observa por unos segundos antes de rodearlo con sus dedos y de introducírselo en la boca.

Siento el poder de un rayo atravesándome por entero enloqueciendo a mis sentidos que, enfervorecidos, solo me permiten respirar a través de gemidos.

Le sujeto la cabeza.

Su lengua.

Su ardiente lengua, me recorre inicialmente despacio y con suavidad, para poco apoco aumentar su velocidad y arrastrarme en mi propio frenesí. Cada vez me aferro a su cabeza con más ansiedad y muerdo mis labios con desesperación para no hacer ningún ruido. Lo único que me faltaba es que nos puedan oír.

Lo sujeto con tanta ansiedad que al estallar se retuerce intentando escapar, igual que si fuera un animal encerrado en su propia trampa. No cedo la intensidad de mi agarre. Lo atrapo con todas mis fuerzas hasta que angustiado empieza a toser atragantado con mi semen.

Es cuando regreso a la realidad, y suelto la presión.

Al hacerlo, cae hacia atrás por el impulso con los pantalones bajados.

—¡Estás loco! ¡Has podido matarme! —logra decir entre tos y tos, intentando recuperar el aliento. Toda la sangre del cuerpo se le ha quedado atrapada en la cara y provoca que el azul de sus ojos resalte con la misma intensidad que dos gemas, dos piedras brillantes en la oscuridad que nos rodea. En vano, intenta recobrar la respiración con aspiraciones cortas y superficiales, pero parece una tarea inútil.

Algo que no es de extrañar al encontrarnos en el interior de un submarino y, para agravarlo un poco más si cabe, en el interior de su quilla justo al lado del fondo principal.

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Prepárate, porque va a coger tu corazón y lo va a estrujar

—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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