Una partida de ajedrez a tres bandas

La noticia de que Eleonora viaje a Europa, le ha sentado como un tiro a Echelar. Sobre todo porque esta vez su suegro no le ha avisado antes y ya ha destinado a su amante a Irak. Echelar intenta también evitar la renuncia de Ana. Están jugando una partida de ajedrez a tres bandas.

Así terminaba la semana pasada Soñaba con divorciarse,  octava entrega de El coleccionista:

«—Llamó papá. Me voy a Europa unos días. Tiene algunas reuniones y quiere que lo acompañe.

—¿Justo ahora? —preguntó él entre dientes y ella no estuvo segura de que la estuviera escuchando realmente.

—Sí, justo ahora —repitió ella y lo miró fijo— ¿Qué tiene de malo que sea justo ahora?

—Nada, nada… quería aprovechar un poco a mi esposa, nada más»

En esta entrega…

ECHELAR vs ELEONORA
«No tenía intención de entrar en un juego de poder con su esposa. Después de todo, pensó, todos los cambios tienen su lado negativo. Un año atrás ella no se hubiera atrevido a enfrentarlo. Parecía que no solo eran kilos lo que se había sacado de encima últimamente.»

ECHELAR vs ANA
«Él la maldijo por lo bajo y revoleó el teléfono que cayó a la alfombra con un sonido apenas perceptible. Al menos no había vuelto a hablar de renunciar, pensó. Eso ya era un avance. Aunque sabía que le iba a traer algún dolor de cabeza.»

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

NOVENA ENTREGA. AJEDREZ A TRES BANDAS.

Unos meses atrás habría festejado que su suegro se la llevara varias semanas de viaje y le diera una ocupación así no sentía su respiración en la nuca mientras él perseguía otras mujeres. Sabía que Máximo lo hacía como una forma de darle un respiro para hacer su vida y también como forma de proteger a su hija. Pero siempre le había avisado con semanas de anticipación cuando viajaría su mujer. Y él odiaba no tener el control de las cosas. Odiaba las sorpresas. Aun cuando eso significaba tener carta abierta para hacer lo que quisiera por varios días y no tener que pensar ni siquiera en una excusa idiota. Por otro lado, quizás ese viaje le ahorrara seguir discutiendo con ella sobre el artículo que quería escribir. Sabía que Máximo no dejaría bajo ningún punto de vista que su hija viajara a una zona de guerra. Así que ese frente estaba cubierto. Pero también podía intuir que ella no iba a aceptar un no sin pelear. Y él no tenía intención de entrar en un juego de poder con su esposa. Después de todo, pensó, todos los cambios tienen su lado negativo. Un año atrás ella no se hubiera atrevido a enfrentarlo. Parecía que no solo eran kilos lo que se había sacado de encima últimamente.

—¿Le dijiste que sí?

Ella no le respondió y Diego pudo ver en sus ojos un destello diferente. Enojo. Bronca. Ira. Se incorporó y se acomodó el cabello.

—A veces creo que quiere retirarse y dejarme al frente —dijo ella y lo miró a los ojos.

Él asintió con la cabeza e hizo un gesto casi imperceptible con la boca que Eleonora entendió perfectamente.

—¿Qué pasa? ¿Crees que no puedo hacerlo? ¿O que él no va a ser tan tonto de dejarme al frente a mí?

—Nada, solo que no tienes experiencia y es un trabajo muy estresante.

—No veo a mi padre muy estresado —sonrió.

—Él sí tiene mucha experiencia y sabe con quién rodearse para que ese estrés lo sufran otros. —Él también sonrió tratando de sonar gracioso y terminar con la conversación.

Cuando estuvo a punto de levantarse para abrazarla, ella giró sobre sus talones y se retiró de la habitación. Se pasó la mano por el cuello y negó con la cabeza. Lo que le faltaba era que su suegro fuera a dejar a Eleonora al frente del conglomerado de medios. No, imposible, pensó. Sacudió la cabeza y apartó ese pensamiento de inmediato. Le resultó evidente que por algún motivo, Eleonora aquel día quería molestarlo. Y lo estaba logrando.

Tomó su móvil y se fijó si tenía alguna llamada perdida. Nada. Buscó entre sus contactos a Ana. Sonrió. Sabía que no debía llamarla pero siempre se había sentido tentado por hacer lo que no debía. También estaba seguro de que ya no le sería tan fácil engañar a Eleonora. Ella estaba más atenta que nunca, por algún motivo la infidelidad con Ana no había sido como las otras. Diego jamás dudó de que lo perdonaría, pero su esposa ya no digería con liviandad sus aventuras. Llamar a Ana se le hacía increíblemente tentador, solo por saber que iba a tener que esconderse con mucha precisión de su mujer.

Tomó el teléfono y marcó su número. Nadie atendió. Diego suspiró y se pasó la mano por los labios. Volvió a marcar. Del otro lado la voz de Ana sonaba molesta.

—¿Qué pasa?

—Nada, solo quería saber cómo estabas. Estaba pensando en ti.

—Basta, basta, por favor basta —respondió ella con un tono de voz que no solía usar con él—. ¿Es que no tienes límites? Pretendes enviarme a Irak. Me enviaste al interior sin siquiera preguntarme. No quiero hablar más. Todo está dicho. Lo que tenías que decir ya lo dijiste en la redacción. Esta manía tuya de ir cambiando de opinión cada diez minutos la debería soportar tu esposa, no yo.

Diego cambió su postura. De repente estaba a la defensiva. ¿Quién se creía que era Ana para tratarlo así?

—Solo te estoy llamando para avisarte que cuando llegues tendrás que ponerte el contacto con unas personas. Te enviaré por correo electrónico sus nombres. —Tomó de la mesilla el papel con los nombres que le había dado su mujer hacía un rato y lo miró. Sabía que Eleonora no iba a tomar a bien que su idea sobre la cobertura de la destrucción de obras de arte terminara en manos de Ana, pero poco le importó—. Ana, esto es trabajo. Hay que tomarlo con seriedad. Necesito que hagas una serie de notas y tengo que pasarte los datos de las fuentes. Les informaré a ellos que irás…

—Podrías haberme enviado un correo directamente —respondió ella y cortó la comunicación.

Él la maldijo por lo bajo y revoleó el teléfono que cayó a la alfombra con un sonido apenas perceptible. Al menos no había vuelto a hablar de renunciar, pensó. Eso ya era un avance. Se felicitó por haber pensado en una mentira tan rápido como notó la mala predisposición de Ana. Aunque sabía que le iba a traer algún dolor de cabeza.

Eleonora se asomó a la puerta y le preguntó si todo estaba bien.

—Muy bien —dijo él mientras ella se acercaba con lentitud.

Se sentó a su lado y la abrazó. Ella colocó la cabeza en su hombro y cerró los ojos. Diego le pasó la mano por el cabello y sonrió. El teléfono volvió a sonar y él con una rápida mirada pudo ver que era Ana. Apartó el móvil con el pie y volvió a acariciar a su esposa. Lo hizo con lentitud para que Eleonora pudiera observar de reojo la pantalla del móvil y ver quién llamaba. Sonrió. Como si acabara de ganar una partida de ajedrez.

—Entregas anteriores—

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