El más rotundo de los cobardes

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Tras la esperpéntica escena de la semana pasada, el ex policía y sicario Alejandro Neblí, y el cacique don Rogelio Suárez, se ven cara a cara. El cacique confiesa al matón su cobardía y su incapacidad para destruir los espejos malditos, su esclavitud. 

Así concluía la semana pasada Imitando a Groucho Marx, sexta entrega de El esclavo de los nueve espejos: 

«Si quería que lo matase y lo trataba así sólo podía ser por una razón muy especial. Aquel hombre de sienes limpias y cejas unamunianas, de mirada sin azogue, transparente, parecía saberse dueño del mundo y poseedor de nada»

En esta entrega…


«—Sólo usted –dijo don Rogelio con solemnidad apacible– puede librarme de la peor maldición que le puede caer a un ser humano.

Pareció dudar un momento sobre el modo en que expondría su relato. Neblí pensó que quizás esperaba que le preguntara: “¿Una maldición?”. Así que dijo: “¿Una maldición?”. Pero don Rogelio Suárez ya estaba exponiéndole la razón por la que deseaba que le matase.

–Soy un cobarde. El más rotundo de los cobardes  –dijo.»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

SÉPTIMA ENTREGA. EL MÁS ROTUNDO DE LOS COBARDES.

Se dijo que, pronto, él mismo le desvelaría el misterio. De modo que, mientras el contratante se acercaba a colocar sobre la mesa baja de andesita púrpura las dos copas labradas de Swarosky, dejó caer la cabeza sobre el colodrillo y contempló el enorme salón. Le recordó vagamente al de Ciudadano Kane. Por su gigantismo. Le llamó la atención, especialmente, la chimenea larga y combada, aunque comprendió enseguida que respondía al estilo de la tierra extremeña, tan parecido al castellano viejo y, sin embargo, tan singular por el aire sarraceno de su factura. Cuadros y tapices antiguos salpicaban por doquier los muros de la gran sala y las ventanas habían sido cegadas con enormes cortinas de terciopelo bermejo. Una lámpara descomunal que colgaba del techo abovedado, imitación ampliada de las medievales en rueda que antaño sostenían los cirios, iluminaba por completo la estancia con sus poderosas bombillas invisibles. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue la enorme escalera de piedra, sin barandilla, cuyos escalones se elevaban hasta perderse en el espejo de la puerta que se abría en el corazón de una pared transformada por completo en otro gran espejo. Las diminutas láminas de cristal, cuadriculadas, encajaban entre sí de tal manera que no estorbaban para nada la excitante sensación de que podría intentar saludarse a sí mismo sin alcanzarse nunca. Aquella estancia, pensó, parecía más grande que toda la casa junta vista desde fuera.

—Le impresiona, ¿eh? –dijo el anfitrión agachándose para servir los generosos. Pero chascó la lengua cuando comprobó que su referencia a las afecciones humanas no modificaba el gesto huraño del matón profesional.

Entonces, volvió a darle la mano sin apretar y se presentó secamente. “Soy Rogelio Suárez”, dijo. Y añadió de inmediato, sin esperar a que Neblí le dijera su nombre: “¿Sabe usted lo que ha venido a hacer?”. “Más o menos”, le replicó con el timbre átono que ya le era habitual.

Y es que Alejandro Neblí, explicó Abel Ruiz, aplicaba la clandestinidad a todo, sin excluir el habla. Podía gemir sin que, al transcribir su queja, pudiera colocársele admiración alguna. Y se expresaba oralmente como se dolía, sin estridencias, con gravedad profunda, como si todo lo que decía lo prescribiera el Papa y fuera a misa.

—Sólo usted –dijo don Rogelio con solemnidad apacible– puede librarme de la peor maldición que le puede caer a un ser humano.

Pareció dudar un momento sobre el modo en que expondría su relato. Neblí pensó que quizás esperaba que le preguntara: “¿Una maldición?”. Así que dijo: “¿Una maldición?”. Pero don Rogelio Suárez ya estaba exponiéndole la razón por la que deseaba que le matase.

–Soy un cobarde. El más rotundo de los cobardes  –dijo.

Esa era, añadió, la razón fundamental por la que no se atrevía a suicidarse. Pero había otro elemento más. Quería que, una vez muerto, le garantizase la destrucción de los espejos que albergaba una estancia contigua al salón. Antes de empezar, debía jurárselo por Dios. Porque él,comentó amedrentado, no había podido hacerlo. Quiso hacerlo, pero nunca se atrevió.

–¿Que no se atrevió a romper unos espejos que quería destruir? –le preguntó Neblí, entre sorprendido y extrañado.

–Desde luego no fue por el dicho de que romper espejos da mala suerte. Es que soy su esclavo. Y estoy condenado a alimentarlos.

–¿Cómo dice? –le había replicado el ex policía, evidenciando el tono de quien empezaba a temerse el trato con un loco.

Aparentemente abstraído, con los ojos derrotados por el suelo, el terrateniente se explicó:

–Mire usted. Ahí al lado, donde acaban esas escaleras que parece que no dan a ningún sitio, hay una puerta que, como puede apreciar, es un espejo dentro del gran espejo de la pared. Da a una sala circular, esférica más bien, donde hay nueve espejos. Y cada uno de ellos contiene la existencia de personas que se encarnan en quienes los contemplan.

—Entregas anteriores—

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

LA ÚLTIMA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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