Arnaldo en el rincón de los cuerdos locos

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Otra vez Gudea de Lagash nos devuelve al rincón de los cuerdos locos, ese lugar entrañable lleno de gente real y como ella dice, “auténtica”. Si os gustaron Lola y Carlota, Arnoldo os conquistará: “ellas se lo pasaban todo porque su sonrisa era de las que quitaban el sentido”.

En esta entrega…

 


«Le gustaba sentarse al hombre, con ojos de gacela o demonio de Tasmania, según pintara, en un rincón de la terraza a desayunar mientras ojeaba el periódico. Hombre de buen comer, aficionado al vil metal y con la mala costumbre de amar los libros, de la misma manera que había amado y amaba a quien se dejaba querer….»

LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash

DÉCIMOPRIMERA ENTREGA. El rincón de los cuerdos locos: ARNOLDO

Arnaldo en el rincón de los cuerdos locos

Ilustración original de JESÚS RUIZ FUENTES, para los relatos dormidos de La Escribidora. “El rincón de los cuerdos locos: Arnoldo”.

A primera hora de la mañana, en la glorieta de La Golondrina Azul, era difícil aspirar el perfume de los arcos de jazmineros, ni la fragancia de las rosas de primavera porque de El Grano de Café, se escapaba un penetrante aroma a café ¡El mejor, el de Colombia! como decía Arnoldo haciendo patria, fuera de la patria que lo vió nacer. Y es que tuvo que abandonar la playa caribeña de Santa Marta, por un jaleo de pantalones que casi le cuesta la misma vida. Porque Arnoldo era único para enamorarse de quien no debía y así vivía en un perpetuo mal de amores, como el que estaba sufriendo desde hacía un tiempo a causa de un muchacho joven al que doblaba la edad. De natural verborrea, tenía una pasmosa facilidad para encandilar a la sección femenina del pleistoceno, que se hubiesen dejado cortar la cabeza, si él lo hubiera pedido. Por el contrario, tenía una cierta animadversión al sector más joven de las féminas, a las que, tras soltarle cualquier frase desacertada, las miraba como si les perdonara la vida, pero ellas se lo pasaban todo porque su sonrisa era de las que quitaban el sentido. Le gustaba sentarse al hombre, con ojos de gacela o demonio de Tasmania, según pintara, en un rincón de la terraza a desayunar mientras ojeaba el periódico. Hombre de buen comer, aficionado al vil metal y con la mala costumbre de amar los libros, de la misma manera que había amado y amaba a quien se dejaba querer…

Y Arnoldo soñaba con su Colombia natal, esa de la que salió sin ganas y con urgencia…

Y Arnoldo soñaba con los atardeceres en la playa de Santa Marta.

Con sus noches estrelladas y las mañanas pintadas de azul.

Y el arrullo de las olas al morir en esa arena de esa playa, que sabía de sus noches de pasión con aquel mulato joven, que conoció en un bareto junto a la plaza Mayor.

Y Arnoldo soñaba que soñaba… ¿Con qué sueñas Arnoldo?

¡Dímelo tú!

(Basado en hechos reales)

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