Otra vez había dicho que si, 10ª entrega de El coleccionista

Continúa la partida de ajedrez a tres bandas. Diego Echelar no va a permitir que su ex amante renuncie y le deje plantado. Hará cualquier cosa para conseguir su objetivo, hasta que Ana se encuentre frente así diciéndose que «otra vez había dicho que sí» y no sabía cómo.

Así terminaba la semana pasada Ajedrez a tres bandas,  novena entrega de El coleccionista:

«El teléfono volvió a sonar y él con una rápida mirada pudo ver que era Ana. (Diego) Apartó el móvil con el pie y volvió a acariciar a su esposa. Lo hizo con lentitud para que Eleonora pudiera observar de reojo la pantalla del móvil y ver quién llamaba. Sonrió. Como si acabara de ganar una partida de ajedrez»

En esta entrega…


DIEGO ECHELAR:

«Eleonora sospecha. Te quería echar. Logré salvar tu trabajo, y no creas que no me trajo dolores de cabeza, pero realmente creo en tu calidad profesional y si vas a Irak harás un trabajo espectacular. Toda la Argentina leerá tus artículos. No desperdicies tu carrera por un capricho… »

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

DÉCIMA ENTREGA. OTRA VEZ HABÍA DICHO QUE SÍ.

Capítulo 5

28 de Abril de 2003.

Ana miró hacia un costado, el avión se sumergía en las nubes y las azafatas paseaban amablemente ofreciendo un refrigerio a los pasajeros. Sabía que el vuelo iba a ser largo. Reclinó el asiento y negó con la cabeza cuando la azafata le ofreció una bebida. Bajó la vista y cerró los ojos. El vuelo a Estados Unidos duraría alrededor de diez horas y luego tendría que tomar un avión a Jordania. Desde su capital, Amman, cruzaría a Bagdad por la “Autopista del miedo”. Había escuchado historias demasiado terribles sobre ese camino como para querer pensar que en poco tiempo ella misma lo estaría transitando. Todavía no entendía por qué estaba allí. Con los ojos cerrados, revivió sus últimas horas en las oficinas de El Argentino.

* * *

Ya tenía lista la carta de renuncia cuando se levantó y se dirigió a la oficina de Echelar. Allí se encontraba él, hablando por teléfono y sonriendo. Levantó la mirada y al verla, le hizo un gesto con la mano indicándole que se sentara. Ana sintió ganas de irse de allí; observar a su ex amante tan distante y tratándola como una simple empleada le partía el corazón. Pero sobre todo la llenaba de ira. Como si no hubiera significado nada para él. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no iba a demostrarle que lo extrañaba, que sentía ganas de abrazarlo. Después de todo, Echelar había sido muy sincero al aclararle, desde el primer momento, que él jamás iba a dejar a su esposa. De editor de una revista semanal de espectáculos había ascendido a director del periódico de mayor tirada de la Argentina, casamiento mediante. Obviamente, ese era un progreso que no podía descuidarse.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el hombre apenas colgó el tubo y notó como ella se revolvió en el asiento y contuvo las ganas de insultarlo.

—No creo que viaje —respondió Ana con la voz entrecortada sin entender por qué había elegido esas palabras cuando estaba convencida de que no viajaría.

—Escúchame, Ana —dijo Echelar mientras se levantaba y se acercaba a la mujer—, no volvamos otra vez con lo mismo. Las cosas se terminaron y desde un principio sabías cómo era la situación. Ahora te pido que te ubiques y cumplas con tu rol profesional.

—No es eso, lo que pasa es que…

—Lo que pasa es que nada —interrumpió el hombre—, Eleonora sospecha. Te quería echar. Logré salvar tu trabajo, y no creas que no me trajo dolores de cabeza, pero realmente creo en tu calidad profesional y si vas a Irak harás un trabajo espectacular. Toda la Argentina leerá tus artículos. No desperdicies tu carrera por un capricho… estamos hablando de una oportunidad por la que otros periodistas matarían… Ana… —la tomó del brazo— tengo toda mi fe en esto. Por favor… —hizo un silencio y cerró los ojos—, yo también te extraño. Quizás dentro de un tiempo, cuando Eleonora esté más tranquila, podamos volver a vernos. Sé que es difícil de creer pero no fuiste una aventura más. —Hizo silencio—. Pero sé que jamás dejarías todo por un hombre. Esa no es la Ana que… la que conocí. Lo más importante siempre fue tu profesión. Que un enojo conmigo no te haga tirar tu carrera por la borda. —Le acarició la mejilla—. Para mí también va a ser duro tenerte lejos. Pero sé que es lo mejor para un periodista. Y frente a mí tengo una de las mejores periodistas que conozco.

—Está bien —Ana suspiró. Una vez más, él había logrado lo que buscaba. Claramente la estaba manipulando y ella lo sabía pero ocultó ese pensamiento tan rápido como pudo.

Por un breve instante habría querido gritarle que no viajaría, que ella decidiría sobre su futuro, pero de su boca salió una respuesta afirmativa. Otra vez había dicho que sí.

—Entregas anteriores—

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