Tiene que matarme, El esclavo de los nueve espejos 8ª

El señorito explica abatido al ex policía los oscuros secretos de los espejos. Tienen retenidos a infinitos seres malditos, personas condenadas a contemplarse. Pero también confiesa a Neblí, por un lado, su íntima esperanza y por el otro, la única salida: «¡Tiene que matarme!»

Así concluía la semana pasada El más rotundo de los cobardes, séptima entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición. El señorito, Rogelio Suárez, enseñaba a Neblí la sala de los espejos malditos: 

«Ahí hay una puerta que, como puede apreciar, es un espejo dentro del gran espejo de la pared. Da a una sala circular, esférica más bien, donde hay nueve espejos. Y cada uno de ellos contiene la existencia de personas que se encarnan en quienes los contemplan»

En esta entrega…


«Comprobará lo que le digo cuando cumpla su no sé si desagradable tarea de matarme. Por eso le pido que destruya los espejos. Y, a qué engañarle, porque cabe la posibilidad de que si no lo hace, para su desgracia, sea usted mismo quien me sustituya como esclavo suyo. Porque, ¿sabe?, los espejos nos necesitan, se alimentan de nosotros. »

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

OCTAVA ENTREGA. ¡TIENE QUE MATARME!.

El marqués miró detenidamente a Neblí pero, al no apreciar la menor alteración en su rostro, continuó despistando su mirada hacia rincones inaccesibles a otros ojos que no fueran los suyos.

–Usted puede no creerme, pero comprobará lo que le digo cuando cumpla su no sé si desagradable tarea de matarme. Por eso le pido que destruya los espejos. Y, a qué engañarle, porque cabe la posibilidad de que si no lo hace, para su desgracia, sea usted mismo quien me sustituya como esclavo suyo. Porque, ¿sabe?, los espejos nos necesitan, se alimentan de nosotros. Sin nosotros, sin nuestros rostros, nuestras ansias, no son nada.

Hizo una pausa y volvió a mirar a Neblí, sonriendo con un deje de amarga ironía, como si adivinara que lo que iba a añadir desconcertaría a su interlocutor.

–Esos nueve espejos no son como los demás. Tienen retenidos a infinitos seres que son sus prisioneros. Personas que están condenadas a contemplarse siempre ante el cristal desde el otro lado del azogue y a contar sus singulares existencias como si hablasen consigo mismos. A ellos les da igual. No tienen escapatoria. Incluso creo que desearían liberarse sólo para desaparecer. Para olvidar y ser olvidados. Pero los malditos espejos no les dejan escapar. Y a mí no me permiten renunciar a seguir mirándome en ellos porque me necesitan para que les dé vida.

–¿Vida?

–Sí. Yo materializo el espíritu de los presos. Soy yo quien alimenta el vientre de los espejos. Cuando me miro en ellos, los activo. Mi presencia física ante cada uno de ellos les permite seguir existiendo y mantener su misteriosa función de carceleros.

Mientras lo decía, se le hundieron los hombros, volvió a perder la mirada y las palabras adquirieron un tono agónico. Para retomar su discurso, tuvo que apretar los puños hasta hincarse las uñas en las palmas.

–¡No sabe lo insufrible que puede llegar a ser! Me refiero a encarnar vidas que me destruyen. Vidas generalmente cochambrosas, ridículas y aburridas. Sólo a veces, en muy contadas ocasiones, descubro sorprendentes hallazgos de la inteligencia o experimento sensaciones desconocidas que me reconfortan. Aunque, con el tiempo, todo me da igual. Y ya no sé quién soy.

El ex policía intuyó en don Rogelio Suárez una lucidez profunda, una clarividencia que no colindaba con la enajenación que cualquier mortal le atribuiría en ese estado. Miraba más allá de los muros. Y parecía estar burlándose de lo que más amaba. Entendió, fuera de sus palabras, que aquel hombre apasionado, de ademanes señoriales y conversación parsimoniosa, sentía en su interior lo que la razón nunca puede alcanzar por sí sola. Sin duda, vivía emotivamente lo que el discernimiento había acrisolado en su cabeza tras incontables meditaciones. Lo sufría.

–¿Es por eso por lo que quiere que le mate? –preguntó Neblí.

–Por eso –replicó. Y sus pupilas se le dilataron. Y era él quien poseía con su mirada todos los espejos inventados o por inventar, los que nacieron con el agua y morirán con ella–. ¡Tiene que matarme! –gimoteó alzando la voz–. Es la única solución.

—Entregas anteriores—

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

UNA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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