Una maldición heredada, novea entrega de El esclavo de los nueve espejos

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Neblí está más preocupado por la prima millonaria del encargo, que por las consecuencias y peligros que tiene el enfrentarse a los espejos. Los subestima. Aún desconoce el poder que encierran, fruto de una maldición heredada del padre de su cliente.

Así concluía la semana pasada ¡Tiene que matarme!, octava entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«–¿Es por eso por lo que quiere que le mate? –preguntó Neblí.

–Por eso –replicó. Y sus pupilas se le dilataron. Y era él quien poseía con su mirada todos los espejos inventados o por inventar, los que nacieron con el agua y morirán con ella–. ¡Tiene que matarme! –gimoteó alzando la voz–. Es la única solución»

En esta entrega…


«–Interpreto bien si le digo que lo que usted pretende de mí es que le pegue un tiro para librarle, así, de la esclavitud a que le tienen sometido sus espejos… –dijo acabando de incorporarse sobre la mesa. Y don Rogelio, reconcentrando su espíritu disuelto por todo el salón, se irguió lentamente y asintió. »

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

NOVENA ENTREGA. UNA MALDICIÓN HEREDADA.

Pareció desesperarse más allá de su profundo desaliento. Y se le hundieron los hombros, se le distendieron las facciones, rindió los brazos y sus manos huyeron entre los muslos hasta tocar el suelo. Luego suspiró lastimeramente y dijo: “¡Ay, los espejos!”. Y cosió los ojos a las baldosas para no desparramar la mirada sobre algo más que un vacío profundo que parecía contemplar mientras se perdía por un pozo abierto hacia el infierno.

Pese al endurecimiento de su carácter, Neblí se estremeció cuando le vio tan impotente, tan rendido, resignado. Se puso en pie y habló como si le comprendiese, pero no entendía nada.

–Interpreto bien si le digo que lo que usted pretende de mí es que le pegue un tiro para librarle, así, de la esclavitud a que le tienen sometido sus espejos… –dijo acabando de incorporarse sobre la mesa. Y don Rogelio, reconcentrando su espíritu disuelto por todo el salón, se irguió lentamente y asintió.

–¿Le parece bien que le entregue ahora mismo el dinero? –dijo yendo al grano. Y añadió sin esperar respuesta: “¿Son suficientes algo más de trece millones de pesetas? Es todo el cash que he podido reunir desde que hablamos”.

Se acercó a la chimenea y tomó un cabás escolar que estaba en la repisa. Lo abrió. Sacó varios billetes usados. De mil. De cinco mil pesetas. A Neblí le sorprendió que tanto dinero cupiera en tan poco espacio. Pero no hizo ningún comentario mientras, tras apartar las copas vacías del vintaje, su ¿podía decir ya víctima? depositaba los fajos verdes y violáceos sobre la gruesa lámina de pórfido rojo. Sólo se le aceleró un poco más el corazón.

Neblí tenía una última duda que necesitaba resolver antes de aceptar el trato. Quiso saber por qué y cómo habían esclavizado los espejos a su triste anfitrión. El atormentado señorito se limitó a decirle que era una maldición. Y que si quería conocerla a fondo, había un espejo, sólo uno, en el que el apresado era siempre el mismo: su padre, el hombre que dio origen a la abominación. Pero en lugar de explicárselo, concluyó, era preferible que él mismo contemplase, desde dentro, lo sucedido.

En ese momento, Neblí no se percató de la dimensión del reto. Sólo le importó la trófica prima que el asunto supondría para sus intereses. Era la única oportunidad que tenía de nutrir provechosamente sus bolsillos vacíos y decidió no pensar en la naturaleza del encargo. Si podía convencer a ese desquiciado marqués de que debía seguir viviendo su ignoraba si interesante o estúpida vida, lo haría con satisfacción y sin tener que matar a nadie. En cambio, si se empeñaba no obstante en morir, esos  trece millones de “calas” le despejarían cualquier duda cuando ejecutase su petición. El confuso universo del trastornado personaje y sus hambrientos espejos no le distraerían. De ninguna manera.

El náufrago le acompañó hasta la puerta de cristal, la abrió y le cedió el paso a la estancia de los nueve espejos. El aposento era esférico y los espejos colgaban de la pared redonda, elaborada con diminutos e imperceptibles espejuelos, donde una bombilla gigantesca que parecía una sicodélica bola de discoteca, iluminaba el infinito desde el epicentro abovedado de la sala. Un largo pasillo, a modo de repisa por la que podía pasearse cualquier fornido visitante, circunvalaba la pieza y permitía mirarse en cada uno de los nueve óvalos incrustados en la cintura del pozo de cristal. Cuando entró, le zozobraron los sentidos. Flotaba al andar por la ménsula especular y se veía infinitamente reflejado por doquier. Era como navegar por un mar de imágenes que le emborrachaban la mirada reproduciendo su figura desde puntos de vista que nunca hubiera podido ni siquiera imaginar.

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

LA ÚLTIMA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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