Una muerte sin honores, quinta entrega de A tres pasos de Luna

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La homosexualidad no tiene cabida en el pensamiento nazi. Así lo cree el segundo oficial de a bordo de un submarino alemán, casado con una auténtica madre alemana, con seis hijos… Acaba de asesinar a su amante y ahora puede ser descubierto. Solo le queda un camino: una muerte sin honores.

Y así con una decisión dramática, concluye el Prólogo de la novela de Beatriz Cáceres. Con esta reflexión del oficial alemán, terminaba la semana pasada Una vergüenza para mi familia, cuarta entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón:

«Mi mujer ha sido comprensiva conmigo. No puedo tolerar que un polvo sin importancia con un desgraciado lo tire todo por la borda. Ingrid jamás ha puesto inconvenientes en nuestra vida sexual si a cambio le daba hijos. Ella cree ciegamente en el papel que dicta la doctrina hitleriana dentro del matrimonio. Basado firmemente en poder desempeñar al máximo el cometido de ser esposa y madre abnegada»

En esta entrega…


«Llegado a este punto, tengo que añadir que solo pensar en el sexo de la mujer, en su textura y en su olor, me estremezco. La sensación de asco es tan brutal que no puedo controlar las arcadas. Sé que al casarme tapé muchas bocas que empezaban a hacerse oír sobre mi condición a pesar de mi esfuerzo por mantener mi doble vida lo más en secreto posible. La homosexualidad no tiene cabida en la ideología nazi, aunque no tengo más remedio que reconocer que soy víctima de mi propia lujuria. Si hubiera pensado más en mis seis hijos no estaría en esta situación»

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

QUINTA ENTREGA. UNA MUERTE SIN HONORES.

Mi mujer se ha esforzado por hacerme feliz, siempre que yo realizase su deseo de tener hijos, aunque le exigiera posturas inverosímiles y tuviera que lidiar con que estuviera sumido prácticamente en un coma etílico para poder acostarme con ella. Ya que en ocasiones, promovido por la angustia a la que me sometía el momento, he sido capaz de explotar con una violencia inusual. Hecho que lamento profundamente. Sobre todo en las que con mis arrebatos casi he podido llegar a matarla. Nunca debo de olvidar que ante todo, es la madre de mis hijos. Llegado a este punto, tengo que añadir que solo pensar en el sexo de la mujer, en su textura y en su olor, me estremezco. La sensación de asco es tan brutal que no puedo controlar las arcadas. Sé que al casarme tapé muchas bocas que empezaban a hacerse oír sobre mi condición a pesar de mi esfuerzo por mantener mi doble vida lo más en secreto posible. La homosexualidad no tiene cabida en la ideología nazi, aunque no tengo más remedio que reconocer que soy víctima de mi propia lujuria. Si hubiera pensado más en mis seis hijos no estaría en esta situación.

Me niego en rotundo a aparecer ante sus ojos como un degenerado.

Cuando más intensa es mi desesperación, más me inunda toda esa vorágine de pensamientos histéricos, y es cuando mi mirada se fija en un punto determinado. Rápidamente llego a una conclusión. Me levanto y camino decidido hasta llegar al lugar donde está el volante del fondo principal.

Qué estúpido puedo llegar a ser. ¿Por qué no se me ha ocurrido antes? La solución es morir en acto de servicio con todos los honores.

No puedo ser más inútil. ¡La solución ha estado todo el tiempo delante de mí!

Solo tengo que girar el volante y todo habrá terminado en cinco minutos. Abrir el fondo principal significa hundir la nave, y es tan fácil como darle vueltas a la llave que, en términos náuticos, se llama volante.

 En este momento es de noche y el submarino está en la superficie. La tripulación aprovecha la oscuridad para darse un baño mientras en el puente se mantienen los del turno de guardia. Me imagino que el capitán descansará en su camarote y que el oficial de radio estará sin moverse de su puesto a la expectativa de algún sonido.

¡Es ahora o nunca!

No voy a ser juzgado por esto. Estamos en guerra. Un soldado siempre lo está. ¡Qué más me da que vayan a morir cuarenta y dos personas conmigo!

No me importa. No siento ningún respeto por la vida humana y, si tengo que ponerlo en la balanza, no existe ninguna alternativa. Salvaguardar mi buen nombre y la posibilidad de que mi familia reciba honores, bien merece ese precio.

Sujeto el volante con ambas manos con decisión e intento hacerlo rodar con todas mis fuerzas. El sudor continúa recorriéndome el rostro al apoderarse de mí una tranquilidad extraña. A pesar de ser un soldado, nunca me he planteado la muerte y, justo en este momento, viene a mi mente un párrafo de la biblia escrita por mi Führer, El Mein Kampf[1]:

«Dios todopoderoso bendice nuestras armas cuando llegue el momento, sé justo, siempre lo has sido, juzga por ti mismo si hemos sido dignos de nuestra libertad. ¡Señor, bendice nuestra lucha!».

—¡Heil, Hitler!

Hago el saludo con tanto fervor que parece que el brazo se me sale de su sitio. Durante unos breves instantes, no soy capaz de pensar en nada. Tengo la mente en blanco al intentar girar el volante con todas mis fuerzas. A duras penas consigo que se desplace un par de milímetros, al mismo tiempo que observo atónito cómo las primeras gotas de agua empiezan a entrar, y es cuando caigo en la cuenta de que va a ser más lento de lo que pensaba.

No hay marcha atrás.


[1] Traducción: Mi Lucha. Autor: Adolf Hitler. Temática: Combinación de experiencias personales con una exposición de ideas propias de la ideología del nacional socialismo. 1ªEdición: 18/07/1925. 

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«1, «2, «3, «4…

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—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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