Los ancianos, primer capítulo de Qué día el de aquella noche

Probablemente el dios Narciso hubiera vivido extasiado estos tiempos de «tronismos» sin escrúpulos. Los selfies, los egos y los espejos, y los medios que los facilitan y los multiplican son numerosísimos. No es extraño por tanto que Juan de Dios, el protagonista de ¡Qué día el de aquella noche!, se sienta, como popularmente se dice, como un pulpo en un garaje.

Tienes delante de tus ojos la primera entrega, el primer capítulo completo, de una novela que no puedes consumir con prisa. Su autor, Ignacio León, no la tiene, ni tampoco es un novelista convencional. Tiene un estilo propio: realismo ensoñado, y una manera muy personal de entretejer historias. El tema de la novela, el tema de toda su vida, la libertad.

En esta entrega…


«En cualquier extracto social, desde el más humilde al más esplendoroso, puede surgir de entre sus coetáneos algún sujeto que, por instinto, y con enorme afán de superación, llegue a crear un mundo totalmente distinto desligándose del arquetipo general. Bien entendido, Juan Mari, dicha desvinculación no tiene por qué ser revolucionaria, ni antisocial»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

PRIMERA ENTREGA. LOS ANCIANOS.

1. Los ancianos

Es difícil imaginar una tierra tan excelsa como la que pisaban aquellos octogenarios…

La estrecha y compenetrada relación de los ancianos se había cimentado en el juego del encuentro mutuo.

Sucedió un día de un año cualquiera. Se encontraban en el mejor restaurante de la ciudad, juntos como siempre, sin saber muy bien por qué.

El caso era que nada más acomodarse, con la excusa de ir a recoger a su mujer, su hijo los había dejado allí en compañía de su nieto Juan Mari.

—Por terrible que pueda resultar —habló el abuelo, dirigiéndose al chaval, a la vez que le acariciaba la nuca—, en cualquier extracto social, desde el más humilde al más esplendoroso, puede surgir de entre sus coetáneos algún sujeto que, por instinto, y con enorme afán de superación, llegue a crear un mundo totalmente distinto desligándose del arquetipo general. Bien entendido, Juan Mari, dicha desvinculación no tiene por qué ser revolucionaria, ni antisocial. Sólo se precisa realizar una reestructuración de las premisas y conceptos tradicionales.

Un repentino golpe de tos le cortó la parrafada.

Al nieto, que había escuchado con atención, le vino al pelo para preguntar:

—¿Cómo podría llevar a cabo eso que dices?

Los clientes de las mesas más cercanas, con mal disimulado interés, no perdían pormenor del comentario de aquel viejo.

No le pasó por alto la observación, pero al entender que la explicación debía ser privada, la dio con el tono justo para hacerse oír tan solo por el muchacho:

—El pretexto debe ser: quererte a ti mismo.

El chico miró a la abuela, que sonreía a su esposo. Habían pasado la friolera de cincuenta años desde que se conocieron, y cuarenta, a partir de que él hubiese puesto en marcha una empresa dedicada a la fabricación de equipos de uso hospitalario. Los principios fueron muy duros ya que los beneficios eran tan escasos que a duras penas, y con mucho esfuerzo, conseguían llegar a fin de mes.

Ella había demostrado poseer unas excelentes dotes de representación, amén de un gran conocimiento del área sanitaria debido a su larga trayectoria como enfermera.

Gradualmente, con arduo trabajo y buen hacer, la empresa llegó a ser líder en el suministro de equipos de alta tecnología a nivel nacional.

José María —Chema, para los más allegados, e hijo del primer matrimonio de Juan de Dios—, quedó al cargo de la empresa cuando su padre se retiró.

Este, por cuestión de genética, no le iba a la zaga en deseo de superación lo que, unido a la inmejorable preparación proporcionada por la madre, fue el motivo de hacer realidad el íntimo deseo de elevarla a ser líder en el suministro a toda Europa.

A pesar de la absorbente dedicación para mantenerla en el primer puesto, en los escasísimos ratos libres de que disponía, dedicaba una buena parte de ellos a escribir el relato de la vida de sus padres. Para conseguirlo, tuvo que rehacer y remover los recuerdos de las conversaciones mantenidas con cada uno de ellos por separado a lo largo de los años. El esfuerzo realizado con tanta dedicación, tesón y cariño por fin dio su fruto. Estaba deseoso de ofrecer a sus padres la recopilación de su historia en su aniversario. Después de todo el trabajo invertido, había llegado el momento. Con el obsequio quería de algún modo expresarles todo su amor y respeto, de tal modo que tras haber empaquetado el libro en fino y elegante papel de regalo, José María se dirigía en compañía de Laura, su mujer, al restaurante.

Laura imaginaba, maduraba, e incluso componía la escena y la reacción de sus suegros cuando tuviesen entre las manos la historia de su pasado. Parecía como si los estuviera contemplando, y no pudo resistirse a tirar de la mano del esposo y caminar presurosa en busca de ver si se hacía, o no, realidad su presentimiento, ya que los ancianos nunca habían celebrado aquello por lo que su hijo había invertido tanto tiempo en crear para la pareja. Así pues, de ninguna manera se podrían imaginar el contenido ni razón del presente. Y así se lo hizo saber a su esposo.

José María apuntó:

—Creo que ni siquiera llevan la cuenta.

Faltaba muy poco para llegar y, sin poder contenerse, exteriorizó lo ansiosa que estaba por ver sus caras cuando lo recibiesen.

A su entrada en el restaurante, vieron a la pareja sentada en la terraza, en una de las zonas más acogedoras que el jardín del restaurante poseía. Una mesa ubicada entre las luces y sombras de una abundante vegetación, a modo de cascadas de pequeñas hojas verdes, que colgaban desde bellas cestas de mimbre, delimitando el perímetro del comedor exterior.

Se aproximaron a la mesa; Laura saludó efusivamente a sus suegros, mientras José María se mostraba en cierto modo asombrado por la reacción de su mujer.

En el transcurso de la velada se narraron mil y una anécdotas graciosas que amenizaron la comida. Se notaba perfectamente que los ancianos obviaban hablar de los sinsabores que la vida les había deparado.

Llegados los postres, la madre se interesó del porqué de la invitación.

No hubo necesidad de palabras. La ojeada interrogante de Juan Mari a su padre fue suficiente para conseguir su aprobación. Así que, recogiendo el paquete que la madre le pasara por debajo de la mesa, se lo ofreció a sus abuelos.

—¿A qué se debe el regalo? —preguntó el abuelo, sorprendido y curioso al mismo tiempo.

—Papá —dijo José María—, estoy seguro de que no recordáis que hoy hace cuarenta años que mamá y tú estáis unidos.

La respuesta se hizo patente por la cara de pasmo de los ochentones.

—Muchas gracias, hijos, por acordaros —dijo el padre.

—Pero, no había hecho falta nada de todo esto —se pronunció la madre.

La nuera, ansiosa por ver su reacción, los apremió a abrirlo. Al viejo, el nerviosismo se le proyectó en las manos, que, temblorosas, no acertaban a desempaquetarlo, y necesitó la ayuda de la abuela para conseguirlo.

No sabían qué hacer, ni qué decir. No pudieron evitar emocionarse cuando los hijos y el nieto los abrazaron tras felicitarlos. Tardó en calmárseles el ánimo. Nada más mitigarse, como en una extraña y perfecta sincronía, afirmaron a dúo:

—Esta misma noche empezaremos a leerlo.

Tras una breve pero intensa sobremesa, salieron los cinco del restaurante en la mayor de las armonías que en ese momento se podía nadie imaginar. Acompañaron a los abuelos a su casa y luego emprendieron el camino hacia la suya. Juan Mari se hallaba cogido de la mano por cada uno de sus progenitores, cosa que normalmente no le caía demasiado en gracia, pero en estos momentos el joven caminaba con una imperturbable sonrisa.

Acomodados en el sofá del salón, los ancianos se fijaron en la rosa del estante que se les antojó más esplendorosa que nunca.

A ella, la impaciencia y la ilusión le hicieron exclamar con delicadeza, a la vez que apoyaba la cabeza en el hombro masculino:

—¡Vamos! ¿A qué       esperas, viejo decrépito? Comienza a leer!

Él descansó la suya en la de su mujer un breve instante. A continuación, le pasó el brazo por el hombro y la estrechó contra su pecho. Fue un segundo. Rápidamente la soltó, y enseguida abrió el libro, entonándolo con voz grave y profunda.

Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

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