No queda tiempo para pensar, 12ª entrega de El coleccionista

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Ana se dirige resuelta hacia una guerra y se introduce poco a poco en un camino de hambre y miseria, en dirección a Bagdad. El calor resulta insoportable pero viajan con las ventanillas del coche subidas: no desea respirar el aire viciado de la muerte. Ya no queda tiempo para pensar y mucho menos en Echelar.

Así terminaba la semana pasada Volando hacia una guerra,  11ª entrega de El coleccionista:

«Ana se acercó y el hombre, que hablaba un trabado español, se presentó como Edward. Sería quien la llevaría hasta Bagdad. Ana sintió que le faltaba el aire. A medida que se acercaba al automóvil, comenzó a caminar con más lentitud y de repente se detuvo.

—No se preocupe —dijo Edward al ver a la mujer tiesa—. Nunca ha estado en una guerra, ¿verdad? Es una reacción lógica. Después de todo… —el hombre se detuvo y se acarició la mejilla—, no se preocupe. Estará bien»


En esta entrega…


«Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar a destino, una caravana de varios autos y ambulancias pasó raudamente a su lado. Ana divagó sobre a quién o a quiénes estarían trasladando con tanta prisa. Si estaban dispuestos a cruzar los 650 kilómetros que separaban Bagdad de Amman, debía ser algo muy grave. »

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

DÉCIMOSEGUNDA ENTREGA. NO QUEDA TIEMPO PARA PENSAR.

A medida que avanzaban por la autopista Amman-Bagdad los rastros de la guerra se hacían más evidentes. Viejos tanques del ejército iraquí abandonados, quemados o destrozados decoraban el inmenso desierto. Pasaron dos puesto de control del ejército sin problema y siguieron viaje. Varios campamentos de beduinos parecían estar exentos del miedo y la barbarie del conflicto. Sus tiendas estaban intactas y su andar lento los hacía merecedores de otra realidad. Ana pensó que quizás ellos no habían escuchado jamás las bombas que los sobrevolaban, aunque sabía que eso era imposible.

Edward se ponía tenso cada vez que se acercaban a un puesto de control. El chófer sabía que cualquier movimiento extraño podía hacer caer una ráfaga de balas sobre el vehículo. Ana no dejaba de mirar hacia todos lados cada vez que disminuían la velocidad; entre el hecho de transitar sin compañía y el estado de la ruta, sabía que eran presa fácil.

***

Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar a destino, una caravana de varios autos y ambulancias pasó raudamente a su lado. Ana divagó sobre a quién o a quiénes estarían trasladando con tanta prisa. Si estaban dispuestos a cruzar los 650 kilómetros que separaban Bagdad de Amman, debía ser algo muy grave.

Ese mismo día Bush anunciaba el fin de los ataques a gran escala, aunque este dato parecía anecdótico en este lugar azotado por las bombas.

Edward miró las ambulancias que lo dejaban atrás y las contempló hasta que desaparecieron, haciendo un gesto de fastidio con la boca. Ana no dijo nada por un buen rato. Sabía lo que el chófer estaba pensando, allí podían estar trasladando a alguien de su familia.

El calor se había tornado insoportable pero el chófer insistió en que viajaran con las ventanillas altas y Ana obedeció. De todas formas, ella no estaba segura de querer respirar ese aire viciado de muerte.

A pesar de todos los pronósticos contrarios, el viaje fue inusualmente tranquilo. La joven pensó que eso era una señal de que todo saldría bien.

***

Una vez en Bagdad, Ana se despidió de Edward apenas llegaron a su destino. El hombre la miró y sonrió. Le colocó una mano sobre el hombro y le deseó suerte. Ana le devolvió el saludo y se bajó del automóvil.

Al darse vuelta observó al hotel Palestine que, enclavado sobre la margen oriental del río Tigris, se recortaba en el cielo con precisión. El hotel de diecisiete pisos estaba en condiciones paupérrimas. Sus ventanas hexagonales despintadas le daban un aspecto de lugar abandonado. En el hotel se encontraba el Centro de Prensa y desde allí se transmitía la información que el mundo recibía sobre el conflicto.

Ella observó el cartel que rezaba el nombre del lugar en inglés y miró a su alrededor antes de cerrar los ojos por un instante.

No sabía cómo había sido Irak en tiempos de paz, pero en ese instante no tuvo duda de que una infernal maquinaria bélica había caído en la ciudad con la intensidad de un tsunami. Parecía un lugar arrasado por un maremoto. Solo dos edificios altos permanecían de pie, el hotel Palestine y el Sheraton. A los lejos, varios niños jugaban al fútbol como si estuvieran exentos de su destino y una mujer vestida de negro de pies a cabeza pasó a su lado caminando con desgano. Parecía que ya los grupos que abogaban por la instalación de una teocracia al estilo iraní estaban teniendo éxito. La periodista suspiró y entró.

En el vestíbulo, decenas de periodistas paseaban de un lado para el otro. Ana se camufló entre los corresponsales y empezó a sentir que la adrenalina corría nuevamente por sus venas, después de tanto tiempo. Con la guerra tomando por el cuello a la ciudad, la joven aceptó que había llegado el momento de comenzar su tarea… ya no habría tiempo de pensar en Echelar. Le pidió a Dios que la protegiera de la muerte y del sufrimiento. No sabía que su calvario comenzaría cuando dejara Bagdad.

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