Un cacique despreciable, 10ª entrega de El esclavo de los nueve espejos

Alejandro Neblí, hechizado, se enfrenta al primero de los espejos. Comprueba que el reflejo es el suyo, hasta que una voz le llama Rogelio, pero él no era Rogelio y no sabía nada de lo que la imagen le contaba… Se halla frente a frente al padre del anfitrión, un cacique despreciable…

Neblí acaba de entrar por primera vez en la sala de los espejos. Así concluía la semana pasada Una maldición heredadada, novena entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«Cuando entró, le zozobraron los sentidos. Flotaba al andar por la ménsula especular y se veía infinitamente reflejado por doquier. Era como navegar por un mar de imágenes que le emborrachaban la mirada reproduciendo su figura desde puntos de vista que nunca hubiera podido ni siquiera imaginar»

En esta entrega…


«Don Emiliano Suárez, el padre del anfitrión, detalló Abel Ruiz, fue un hombre encanallado y necio. Era militar, hijo y nieto de militares. Barón, con “b” de bellaco. Rico, por supuesto. Y poderoso e intolerante como sus antepasados. También abyecto como él solo»



«Tenía mujer y mujeres. Como caballos, cerdos y gallinas. Como tierras y pozos. Como casas y muebles. Dinero y joyas. Todo por escrito y por herencia. Era tan vilipendiador como vilipendiado porque infringía tanto desprecio  como resultaba despreciado por los otros»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

DÉCIMA ENTREGA. UN CACIQUE DESPRECIABLE.

Tardó en sosegarse porque no conseguía dar un paso sin que la sensación de hundirse le descompusiera el equilibrio. Y ni siquiera pudo girarse cuando escuchó que la puerta gemía y se cerraba a su espalda. Supo, sin darle importancia, que su anfitrión le había dejado solo. No se asustó. Estaba hechizado porque respiraba el aire perturbador e inquietante de lo mágico. Había reparado en que los cristales de los espejos carceleros, quizás impregnados por la pátina de sus muchos años, brillaban con más opacidad que el vidrio del conjunto. Y olfateó sus efluvios misteriosos.

Fue a mirarse en el primer pozo de luz. Y era él. Tenía, invertidas de izquierda a derecha, y viceversa, las mismas facciones. Aquella era su cara morena. Los mismos ojos grises, de ceniza sin rescoldos, sin asomo de brasas. La misma ceja diestra, ahora siniestra, sesgada por aquella cicatriz que le infirió una faca de entorpecida hoja. Esa mueca burlona, despectiva para con el mundo y para consigo mismo, invertida en la comisura de los labios. La idéntica barbilla mal rasurada. Aquel pelo rancio, alborotado y bruno…

Alzó el antebrazo y lo introdujo en las tripas de la luna. Movió los dedos y su mano derecha, rasgando una guitarra invisible, fue la de estribor. Dio el paso. Pero oyó una voz y no supo. No tenía su mismo tono, aunque sí el timbre despectivo y contundente. El otro movía los labios y él no tenía conciencia de hacerlo. Le dijo: “Tú, Rogelio, eras…”. Y él nunca fue Rogelio ni sabía nada de lo que su imagen, reflejada en el espejo, empezaba a contarle.

ESPEJO UNO

(La rama de ajedrea)

Don Emiliano Suárez, el padre del anfitrión, detalló Abel Ruiz, fue un hombre encanallado y necio. Era militar, hijo y nieto de militares. Barón, con “b” de bellaco. Rico, por supuesto. Y poderoso e intolerante como sus antepasados. También abyecto como él solo. Elaborar un cóctel con sus deméritos produciría, añadió el atocinado periodista cerrando los ojillos y moviendo los carrillos como si degustase vino peleón, un sabor pestilente en boca y acibarado en alma. Ni el más leve aroma de bondad o inteligencia lenificaba su hediondez, aseguró.

Tenía mujer y mujeres. Como caballos, cerdos y gallinas. Como tierras y pozos. Como casas y muebles. Dinero y joyas. Todo por escrito y por herencia. Era tan vilipendiador como vilipendiado porque infringía tanto desprecio  como resultaba despreciado por los otros. En Torrealba desdeñaba a los demás o los mataba de hambre. Exceptuando, por supuesto, a su amigo don Alejandro de Génova y Carrasco, el marqués de Valdencina, a quien mostraba su entera pleitesía. Y aunque los plebeyos le maldecían, él les veía besar, en su presencia, el suelo por donde pisaba. Y consideraba que ellos, también, eran unos miserables.

Como mal guerrero, estimaba que, exceptuando al marqués, era superior a los demás. Gran parte de los habitantes del pueblo se lo debían todo. Y pensaba que eran suyos. Salvo, quizá, sus conciencias. Pero, cuando menos, tampoco eran de Dios.

Eso sí. Cuando se cruzaba con el cura se arrodillaba a su paso como si el tonsurado fuera el obispo de Coria. Pero no era baladí. A cambio, el sacerdote animaba la postración de los vecinos. Y hasta le preparaba a las mozuelas, en confesión, para que, cuando les tocase, se dejaran hacer e incluso hiciesen. “Convénzales, padre, de que por el culo es menos pecado porque, aunque les duela, les reconfortará la penitencia”, le había pedido una vez. Y el cura les decía: “Si algún día don Rogelio… —y hacía una pausa porque ellas ya sabían—, pues eso, dejaros por el trasero, que es pecado venial y se evitan los partos”. Pero él, el barón, se inventaba el pecado y medio y les daba por delante y por detrás.

De no ser por la partera, doña Anastasia, su comadrona bruja, la epidemia de sus rasgos se habría extendido por el pueblo como plaga de sanguijuelas. Pero ella remedaba los hímenes maltrechos, después de los abortos provocados, con el mismo tino que don Emiliano reventaba las barrigas de las infortunadas y, como por ensalmo, los convertía en virgos ilusorios.

A pachas por lo que le interesaba y el temor que le inspiraba, el acaudalado militar se había cuidado siempre de dar un trato privilegiado a la comadre. Algo influyó también que, cuando era adolescente, se sintiese singularmente atraído por su hermosura y, aunque madura de buen ver, ansiase hacerla suya. Pero sus propios padres le introdujeron a palos el respeto por ella y tuvo que limitarse a poseerla oníricamente mientras descubría por cuenta propia las delicias de Onán.

—Entregas anteriores—

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

UNA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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