La cueva del leon marino, sexta entrega de A tres pasos de Luna

Todo empezó aquí, en este lugar donde todo sabe a mar, en la Cueva del León Marino. En una pequeña isla del Mediterráneo. En Tabarca. Y aquí parece que desea terminar una historia, cuando Luna se enfrenta a la muerte, una palabra muy asumida que ya no le asusta…

La semana pasada concluía el Prólogo de una manera trágica. Este es el último párrafo de Una muerte sin honores, quinta entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón:

«—¡Heil, Hitler!

Hago el saludo con tanto fervor que parece que el brazo se me sale de su sitio. Durante unos breves instantes, no soy capaz de pensar en nada. Tengo la mente en blanco al intentar girar el volante con todas mis fuerzas. A duras penas consigo que se desplace un par de milímetros, al mismo tiempo que observo atónito cómo las primeras gotas de agua empiezan a entrar, y es cuando caigo en la cuenta de que va a ser más lento de lo que pensaba.

No hay marcha atrás»

En esta entrega…


«Aunque, ahora que lo pienso, sería bastante curioso que mi vida terminara aquí, precisamente en el lugar en el que todo empezó. Más allá de ese pensamiento solo tengo imágenes borrosas y puntuales de mi vida hasta que llegué aquí»



« De mi padre, mi verdadero padre, más que un recuerdo conservo una percepción. Visualizo unas manos ásperas y rudas con ese olor a mar que se incrusta en cada huella dactilar tras años y años de lucha por poder alimentarse a través de redes sumergidas y elevadas con esas mismas manos»

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

SEXTA ENTREGA. LA CUEVA DEL LEÓN MARINO.

PRIMERA PARTE

Nada nos puede asombrar más que nuestro propio descubrimiento. Ante ese espejo interior no existen las verdades a medias, ni tan siquiera la opción de poder ignorarlas.

Beatriz Cáceres

Nueva Tabarca. (Alicante).

España.

6 de Diciembre de 1936.

04.00 am.

Si existiera una pregunta que pudiera resumir el verdadero sentido de la vida, sin duda sería…

¿Se puede hacer algo para cambiarla?

Sinceramente, creo que no.

Se puede intentar una y otra vez sin descanso, pero ella se trenzará de la misma forma que una poderosa e infranqueable tela de araña. Forjada con un hilo invisible con la dureza del hierro a la vez. Se mantendrá firme y no recapitulará, al tratarse del hilo capaz de enlazar nuestro destino y darle la pauta a nuestra vida.

Mi vida hasta ahora se puede resumir con una sola palabra. Mar.

El primero de los recuerdos me ubica en este mismo lugar, en esta cueva. La Cova del Llop Marí.[1]

No tengo ninguna posesión salvo mi propia existencia. Siempre pienso que la pequeña porción de tierra que puede llegar a ocupar mis pies, no es más que un regalo precioso y único que me ofrece la naturaleza, que por supuesto devuelvo en el mismo instante en que avanzo o retrocedo.

Es el mar en su inmensidad, el que pulsa con la fuerza de mareas el ritmo de mis latidos. No puedo dejar pasar los días sin observarlo al mismo tiempo que permito que roce la punta de los dedos de mis pies con suaves caricias.

No existe el horizonte. No puedo entender la necesidad del ser humano por conocer los límites y su tendencia a acotar su propia pequeñez, respecto a un mundo que no reconoce fronteras ni banderas ni religión ni guerras.

La naturaleza en sí misma es salvaje. Una cuestión en la que parece ser que queramos superarla.

No quiero pensar con tristeza. Tengo muy asumida la palabra muerte, lo que conlleva, y no me asusta. No pienso en ella de la misma forma en que podría hacerlo si se tratara de una liberación ni tampoco como una extensión de la vida que ahora respiro. Soy puro instinto y, en él, no hay lugar para teologismos ni dudas existenciales. No espero de la vida nada y, en consecuencia, de la muerte tampoco. Y ya que quiero ser sincera, hasta hace unas horas tampoco creía en el amor.

No sé por qué pienso en todo esto. Bueno, sí lo sé. Este es uno de esos momentos que se consideran cruciales, en el que me acecha un enorme peligro y no puedo hacer otra cosa que esconderme. Lo que viene a por mí es tan grande que no dudo ni un segundo al pensar que la situación va a ser peligrosa. El problema es que vivo en una isla del Mediterráneo, Tabarca, y es un escollo en sí mismo. Es imposible desaparecer en una isla y mucho menos cuando se trata de una de pequeñas dimensiones. No existe ningún lugar donde esconderse o simplemente desvanecerse.

Aunque, ahora que lo pienso, sería bastante curioso que mi vida terminara aquí, precisamente en el lugar en el que todo empezó. Más allá de ese pensamiento solo tengo imágenes borrosas y puntuales de mi vida hasta que llegué aquí.

De mi padre, mi verdadero padre, más que un recuerdo conservo una percepción. Visualizo unas manos ásperas y rudas con ese olor a mar que se incrusta en cada huella dactilar tras años y años de lucha por poder alimentarse a través de redes sumergidas y elevadas con esas mismas manos. No son manos que me transmitan calidez y ternura. Son manos frías y cortantes. Manos que no te llenan el alma.

Por el contrario, de mi madre no recuerdo nada. Mi mente la ha borrado por completo y no consigo encontrar una razón. Simplemente, no existe. Ni manos ni olor, ni tan siquiera el eco de una voz lejana, dulce y cariñosa.

Nada.

La primera vez que pisé esta cueva creo que tendría unos siete años, y no lo hice sola.

Lo recuerdo perfectamente.

El atardecer creaba reflejos dorados sobre el techo y sus paredes húmedas. Me dio la sensación de no poder distinguir dónde empezaba uno y acababa el otro.

Era una noche fría de finales de marzo. Algo extraño en esta zona, pues con los años he podido comprobar que el clima es demasiado cálido. Pero en ese momento, era la primera vez que pisaba este lugar y sentí el peso de la humedad como algo frío e inhóspito.

Mi pequeña hermana, Cara, se aferraba a mí bastante asustada, ya que mi padre había reducido la velocidad de la pequeña embarcación para poder entrar en el interior de la cueva. Llevábamos muchos días en el mar y esa era una circunstancia excepcional. En la última fase del viaje, mi padre apagó el motor y soltó el velamen para que nos empujara la fuerza de la corriente sin dejar de supervisar continuamente el mapa con una pequeña brújula para asegurarse de que manteníamos el rumbo.

Lo extraño es que en ese viaje mi madre no nos acompañaba. Lo hicimos los tres solos. Cuando se cercioró de que estábamos cerca de la isla encendió el motor y fue acercándose a la orilla rocosa para atracar con precaución.

Nos observó un instante antes de coger a mi hermana en brazos y de indicarme que bajara a tierra. Lo hice sin pensar, seguida por él. Nos condujo hasta el fondo de la cueva. Se arrodilló delante de nosotras y, sin variar el tono de voz, me pidió que cuidara de mi hermana porque no tardaría en volver. No podía llevarnos al ser un lugar peligroso. Nos comentó que otros pescadores le hablaron de un lugar en el que la pesca era muy abundante y le resultaba imposible hacerse cargo de nosotras. El invierno resultó ser más duro de lo que se recordaba. Hasta yo misma lo noté, aun siendo una niña. En el pueblo en el que vivíamos, Massara del Vallo, que no era más que un pequeño puerto marinero situado al sur de Italia, el hambre hizo verdaderos estragos. Así que decidió arriesgarse e intentarlo en su desesperación.

Nada en su rostro me hizo sospechar. No hizo ningún gesto extraordinario que pudiera advertirme de cuáles eran sus intenciones reales.

Tras un corto abrazo, se marchó sin más.

Jamás lo he vuelto a ver.


[1] Traducción: Cueva del León Marino.

—Entregas anteriores—

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—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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