El escape, segunda entrega de Qué día el de aquella noche

Juan de Dios comienza a leer el libro de su vida. Lo han escrito para él, y su familia se lo ha entregado ceremoniosamente. Todo comienza en el Hospital Psiquiátrico Nacional con la llegada de un nuevo y joven director cuyo ascenso ha sido meteórico. Un desvencijado tubo de escape llama la atención de los guardias de seguridad…

Así concluía la semana pasada Los ancianos, primera entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

«A ella, la impaciencia y la ilusión le hicieron exclamar con delicadeza, a la vez que apoyaba la cabeza en el hombro masculino:

—¡Vamos! ¿A qué esperas, viejo decrépito? Comienza a leer!

Él descansó la suya en la de su mujer un breve instante. A continuación, le pasó el brazo por el hombro y la estrechó contra su pecho. Fue un segundo. Rápidamente la soltó, y enseguida abrió el libro, entonándolo con voz grave y profunda»

En esta entrega…


«Desde las garitas no podían dar crédito a tan inusual espectáculo, y mucho menos al ver como el conductor maniobraba para estacionarlo en la plaza reservada al director.

Una vaharada de humo, a pesar de la considerable altura del puesto de vigilancia, se introdujo en la garganta del que parecía mayor. La carraspera no le permitió ponerse en contacto con la garita de al lado, y se vio obligado a hacerle una seña al compañero para que acudiera a pedir explicaciones al automovilista»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

SEGUNDA ENTREGA. EL ESCAPE.

2. El escape.

Un excelente historial académico, junto al aval de una corta trayectoria como especialista en casos agudos de paranoias y esquizofrenias en un pequeño hospital de provincias, fue el motivo de su rápido ascenso.

Había conseguido a pesar de su extremada juventud, pues no pasaba de los treinta, obtener el puesto de máxima responsabilidad en el Hospital Psiquiátrico Nacional.

Antonio Hidalgo Buenaventura se dirigía a él en su desvencijado coche. Nada más entrar en el aparcamiento exterior del centro, el escape comenzó a explosionar como una traca, a causa de la mala combustión del deteriorado motor. El tufo, mezcla de gasolina y aceite requemado, se elevó y molestó a los centinelas que, en vano intento, trataron de protegerse de la pestilencia con un pañuelo.

Desde las garitas no podían dar crédito a tan inusual espectáculo, y mucho menos al ver como el conductor maniobraba para estacionarlo en la plaza reservada al director.

Una vaharada de humo, a pesar de la considerable altura del puesto de vigilancia, se introdujo en la garganta del que parecía mayor. La carraspera no le permitió ponerse en contacto con la garita de al lado, y se vio obligado a hacerle una seña al compañero para que acudiera a pedir explicaciones al automovilista.

Un joven de cara aniñada y cuerpo hercúleo se dirigió hacia él con la mano apoyada en la porra. Sin brusquedad, pero con firmeza, solicitó el permiso para poder aparcar en esa plaza. Sin titubeos, Antonio se lo mostró.

Después de cerciorase, el joven se comunicó con la garita. En el micrófono, a pesar de las interferencias, se escuchó con claridad:

—¡Todo en regla…!

Su colega, que mientras tanto había llamado al jefe de seguridad y había sido informado del cambio de director, no demoró la respuesta. En el receptor del joven se oyó alto y claro:

—Está bien, acompáñalo hasta la puerta y déjalo pasar.

A Antonio Hidalgo, le gustó el celo mostrado por los guardias. Pensó, que si en el interior eran igual las cosas, todo marcharía sobre ruedas.

En la escasa distancia que les separaba de la entrada, el cambio en la actitud del lozano vigilante fue patente. No rayaba en la sumisión pero sí en una excesiva amabilidad, para el gusto de Antonio.

El mozo, cuando se hallaron frente a la puerta, desplazó la tapa del interruptor de intemperie alojado en el pilar de piedra de la izquierda. En él se encontraban dos botones: uno rojo y otro verde. Presionó el verde y, con pasmosa lentitud, sobre un raíl bien engrasado, se deslizaron las hojas de una enorme puerta de hierro macizo, adornada con filigranas de forja, cada una hacia un lado.

Desde allí se accedía, por una vía empedrada a modo de calzada romana, al recinto hospitalario. El camino acababa justo en la entrada principal.

Antonio no había contado con el retraso que le había ocasionado tener que acreditar su cargo en la recepción; por eso, ahora iba muy justo de tiempo.

Nada más iniciar el paseo no pudo resistirse a contemplar cómo la delicadeza de los jardineros, en el desarrollo de su oficio, hacían resaltar la meticulosidad de los detalles. El conjunto formaba un prodigioso vergel en cuya trayectoria se evidenciaba la perfecta simetría de la división del jardín en dos zonas que se espejeaban. Se podían apreciar justo en los centros, rodeadas por sendos círculos de rosas multicolores, unas ostentosas fuentes.

Mientras se acercaba, le hizo prestar atención un susurrante y agradable soniquete.

Descubrió que era originado por la variable proyección del agua mediante caños de diferentes calibres; pero no era solamente esa la causa del ritmo. Ante él se reveló que dicho sonido era también consecuencia de la forma en que las aguas se precipitaban por su propia inercia en el remanso de las pilas, que fluían alegres hasta verterse en cascada por un pequeño muro artificial del que se surtían unos pequeños, cantarines y escalonados estanques.

Una estudiada disposición de aberturas con formas dispares hacía que el vertido de unos a otros se convirtiese de un gota a gota monótono, en el compás de cada burbuja, chorro y filtración.

Era esta simultaneidad la que daba origen a la sugestiva melodía que elevaba el espíritu.

Vigilados estrechamente por un grupo de seguridad repartido en puntos estratégicos del jardín, vio aparecer en escena a un nutrido grupo de enfermos.

El tiempo apremiaba, pero no se resistió a contemplar el gracioso y repentino espectáculo. Le resultó simpático advertir como cada uno de ellos, a su manera, practicaba inconcebibles pantomimas entre lúgubres sombras desnudas de melancolía.

Abatidos, pero sin desaliento, mostraban sin pudor el júbilo de verse al aire libre.

Las increíbles contorsiones, los aspavientos exagerados, así como un sinfín de monerías indescriptibles efectuadas entre setos de aligustres, lavandas y romeros le resultaron de una comicidad extrema. A punto estuvo de echarse a reír, si no hubiese sido por lo disparatado de los ademanes.

El reloj corría en su contra. Cuando le echó un vistazo, no tuvo más remedio que avivarse.

Los enfermos, al darse cuenta de su presencia, lo siguieron con ojos desorbitados asemejándose a una agrupación de búhos.

Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

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