Secretos inconfesables, primera entrega de En el fin de la tierra

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Una joven en busca de sus orígenes. Un hombre aplastado por la losa de la culpa. Un viaje al Fin de la Tierra. La fragilidad del ser humano. El engaño. La voz de la conciencia.
Un cuarto de siglo después, el pasado vuelve para cambiar el rumbo del presente. Vidas edificadas sobre secretos inconfesables sin calibrar sus consecuencias:

Aquí comienza En el fin de la Tierra, una novela de la autora de Ellas y el sexo y Una mansión en Praga:

En esta entrega…


«—¡Hola! ¿Eres Bernardo Castro, autor de “El bosque animado de las palabras”?

—Sí. ¿Quién eres tú?

—Ana Alvedro, tu hija. Llevo varios años buscándote y por fin te encuentro. Puede que no quieras saber nada de mí, pero me encantaría conocerte»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

PRIMERA ENTREGA. SECRETOS INCONFESABLES.

1.El mensaje

Feria del Libro de Madrid. Junio de 2015. Un escritor desconocido para el gran público sobrevivía al trauma de firmar un solo libro en dos horas de calor y tedio. Aún le quedaba otra más de esa tarde aciaga en la que el sol abrasaba el parque de El Retiro. Escuchó el sonido del wasap. Cogió el móvil y leyó el siguiente mensaje:

—¡Hola! ¿Eres Bernardo Castro, autor de “El bosque animado de las palabras”?

—Sí. ¿Quién eres tú?

—Ana Alvedro, tu hija. Llevo varios años buscándote y por fin te encuentro. Puede que no quieras saber nada de mí, pero me encantaría conocerte.

Guardó el teléfono y se levantó. Gotas de sudor cruzaban su frente y sus ojos se tornaron acuosos. La autora que firmaba a su lado notó que algo no iba bien y acudió en su ayuda.

—¿Qué te pasa? ¿Quieres agua? Hace demasiado calor…

—Acompáñame fuera, por favor—, le pidió él.

Salieron de la caseta y caminaron unos pasos en silencio. Bernardo señaló el árbol más próximo y se sentaron en la hierba, al cobijo de su sombra. Sacó el móvil del bolsillo de su pantalón, abrió la aplicación wasap y mostró el mensaje a su compañera.

—No sabía nada, de verdad. Es la primera noticia que tengo.

—Pues la cara que has puesto me dice que el apellido te suena.

—Sí. De hace veinticinco años, más o menos.

—¿No vas a contestarle? Sabe que has visto su mensaje.

—Ya, aunque no sé qué ponerle. ¿Qué le dirías tú?

—Necesito más datos —le pidió su colega, periodista de profesión.

—A finales de los años 80 entablé mucha amistad con una cantante de la movida llamada Libertad A Secas. Estaba pasando un mal momento y me pidió que la dejara quedarse unos días en mi casa. Ese tiempo se alargó a siete meses. En una ocasión vino a visitarla una amiga que, a su vez, era hermana de Mercedes Alvedro, una compañera mía de la Universidad con la que había perdido el contacto. Ella se llamaba Ana. Ana Alvedro, igual que mi supuesta hija.

—Doy por hecho que tuvisteis lío —puntualizó la periodista con una sonrisa pícara.

—Sí, claro. Algo hicimos… Solo fue una noche —precisó.

—Suficiente —aclaró ella.

—¿Por qué no me lo dijo nunca? ¿Cómo he podido tener una hija sin saberlo durante tantos años?

—Esas cosas pasan, Bernardo. Hay mujeres que se quedan embarazadas y prefieren que el padre no lo sepa. Tienen al hijo y deciden criarlo solas.

—¿Por qué, por qué? —repitió el escritor, entre la crispación y el enfado.

—Si no lo sabes tú, a lo mejor te lo cuenta ella. Tu hija. Escríbele algo similar a: “no sabía que tenía una hija. Nadie me había dicho nada, así que tendrás que explicármelo”.

—Sí, tienes razón. Eso pensaba ponerle. Ahora no. Lo haré esta noche, que estaré más tranquilo —indicó.

Pasaron dos días sin que se atreviera a responder a quien aseguraba ser su hija. Los dedos le temblaban cada vez que se proponía hacerlo. Ana, por su parte, no tenía intención de rendirse y volvió al ataque con otro mensaje de wasap.

—¿Por qué no me contestas, después de tanto tiempo buscándote?

Bernardo, confundido, dudaba y no se decidía a enfrentar ese oscuro y remoto episodio de su pasado. Le dolía haber mentido a su compañera. Aunque la consideraba una buena persona, el hecho de que fuera periodista le provocaba mucha desconfianza. Su angustia se incrementaba hasta internarse en su pecho como una losa que lo aplastaba y dificultaba su respiración. Poco después de conocer la noticia reunió a su única hija legítima, a la madre de esta y a su esposa actual. Necesitaba compartir con ellas sus temores. Presumía de llevarse bien con todas las mujeres que formaron parte de su vida. Salvo con Ana Alvedro, la única abandonada a los vientos del olvido…

—La situación económica está muy mal, Bernardo. La crisis ha hecho estragos y hay demasiada gente pasando necesidad. Esa chica te ha visto en la tele con tu último libro. Pensará que eres millonario y querrá pedirte dinero. Una aprovechada, como tantas —aventuró Patricia, su primera esposa.

—Puede que Patricia tenga razón —aseveró Lola, la pareja actual del escritor.

—No me ha dado esa impresión, pero quién sabe… Es posible que yo esté equivocado y vosotras en lo cierto —respondió él, lacónico y a media voz.

El sonido del wasap interrumpió la conversación y despejó las dudas.

—No es eso lo que ella dice —aclaró a ambas mujeres, al tiempo que les mostraba la pantalla del dispositivo.

—No quiero nada de ti, solo una respuesta —insistía Ana.

—Contéstale, papá. Si lo que dice es verdad, lo debe estar pasando muy mal. ¿No te da pena?

—No pongas a tu padre en un compromiso, Martina. Sea verdadero o falso, es ella la que tendrá que aclararlo, ¿no te parece?

—No, mamá. Esa chica no miente. Estoy segura.

—Martina, creo que hablas así porque eres tú la que está ilusionada por tener una hermana —apuntó Lola.

—Eso era antes, de pequeña. Ahora, con treinta y ocho años y dos hijos, no necesito una hermana —sentenció la aludida, malhumorada.

—Hija, te has pasado la vida pidiendo un hermano —le recordó su madre. ¿No será que confundes tus deseos con la realidad?

—Basta —cortó Martina.

Se levantó y les dijo que se marchaba.

—¿Por qué te has enfadado de esa manera? Os he reunido para discutir un asunto familiar que nos incumbe a todos, de una u otra forma. Quédate, Martina, por favor —le rogó su padre.

—¿Cómo quieres que no me enfade? Tu actitud me parece fatal. Tienes una hija que ha conseguido localizarte después de varios años de búsqueda y ni siquiera te dignas a contestarle. Me pongo en su lugar, imagino lo que ha pasado y lo que estará sufriendo. ¡Qué decepción, la pobre!

—Ya vale, Martina. No he dicho que no vaya a contestarle. Lo haré, pero antes necesito pensar sobre las consecuencias de este embrollo. No es normal que de repente te salga una hija desconocida. Dame tiempo, es lo único que te pido.

—Tiempo. ¿Cuánto tiempo? ¿El mismo que ha tardado ella en encontrarte? —inquirió a su padre con la mirada rebosante de cinismo.

—Bernardo, será mejor que respondas a tu supuesta hija. La auténtica no te va a dejar en paz hasta que consiga su propósito. Es experta en insistir y suele salirse con la suya. Soy su madre y la conozco mejor que nadie.

El escritor permaneció callado. Sus ojos se posaron, lentamente, en cada uno de los rostros femeninos que lo acompañaban en esa tarde veraniega. La madre de su hija, amor de juventud, belleza madura y serena; su pareja actual, joven y apasionada, racial, posesiva y celosa. Y su hija, temperamental, insistente, con las ideas claras. Le había dado dos nietos y era varios años mayor que su esposa. Evocó el momento en que le comunicó la noticia de su segundo embarazo, seguida de un “estoy feliz. No podía permitir que mi hijo sufriera el vacío y la soledad de crecer sin un hermano”.

Tomó su mano derecha y la miró de frente. Necesitaba saber que era capaz de hacerlo. Como tantas veces ocurriera a lo largo de su vida, la culpa erizaba su piel y lo dejaba paralizado, sin capacidad de reacción. Se esforzaba por contener dos lágrimas silenciosas que enturbiaban su mirada clara. Intentaba tragar saliva para combatir la sequedad de su garganta y de su lengua.

—¿Qué pasa, papá? ¿Por qué me miras así? ¿Tienes algo más que decirme?

—Nada importante —mintió, agobiado. Respiró hondo y se dirigió al grupo.

—Está bien, queridas mías. Acabo de decidirlo. Esta noche, antes de irme a dormir, contestaré a Ana. Prometo manteneros al tanto de todo.

—Espero que lo cumplas —le advirtió Martina.

Salieron de la cafetería de la Glorieta de Bilbao donde se citaron. Bernardo se despidió de las tres mujeres con la excusa de que tenía unos asuntos que resolver. No había gestiones, sino necesidad de estar solo. De pasear por las calles que fueran el escenario de su vida veinticinco años atrás. De rememorar lo acontecido con Ana Alvedro y con la hija de ambos. Esa hija del silencio que aparecía para explosionar un secreto inconfesable, escondido durante años en el más recóndito rincón de su cerebro.

El pasado vuelve…

—En el fin de la Tierra—

UNA NOVELA DE ROCÍO CASTRILLO

El pasado vuelve… Para cambiar el presente

“Vidas edificadas sobre secretos inconfesables sin calibrar sus consecuencias.”

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