Hiciste-bien,-Yemayá!, relato de La Escribidora

El miedo acorrala a una niña de ojos verdes y piel canela, mientras le pide a la diosa Yemayá que la defienda del terror que le acosa. Al igual que la semana pasada con la negra linda, Gudea de Lagash nos introduce en ese ambiente colonial que tan bien controla, comprende y expresa.


En esta entrega…

 

«Una mano grande en el cuello endeble, la otra bajo la falda del vestido raído. Y de nuevo el imposible dolor en el vientre ¡Le odiaba! ¡Como le odiaba! una oleada de arcadas le subió hasta la garganta, al sentir esa carne bruta en su interior ¡Le odiaba! ¡Como le odiaba! cuando la dejaba tirada como un escupitajo de tabaco mascado, resbalándole por las piernas su repugnante esencia ¡Le odiaba! ¡Como le odiaba! por esa carne desgarrada, por la inocencia perdida, porque no tenía presente…»

LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash

DÉCIMOCUARTA ENTREGA. HICISTE BIEN, HICISTE BIEN, ¡YEMAYÁ!


Ilustración original de JESÚS RUIZ FUENTES, para los relatos dormidos de La Escribidora. “HICISTE BIEN, HICISTE BIEN, ¡YEMAYÁ! ”.

Tras la puerta del granero, la niña de ojos verdes y piel canela, contenía el aliento. El corazón pedaleando en su interior en un intento de escapar del miedo: —No, otra vez no. —murmuró. — No tengas miedo, aguanta… No respires, no te muevas… y si puedes piérdete entre esos sacos de algodón, esfúmate en el aire, pero que no sepa que estás aquí. La voz le hablaba con esa calma, que tanto necesitaba, mientras ese aire en el que hubiera dado cualquier cosa por fundirse, traía el olor a ternero asado, a música de banyo y armónica de ese mundo de barracones que tan bien conocía, junto con las notas del piano de la casa grande, que el aire ignorante de razas y clases, barría hasta ella. Se acurrucó cuanto pudo y cerró los ojos esperando que ese aroma a colonia, y ese aliento a licor se alejaran de allí. Un claro de luna se filtraba por la puerta y las botas de piel de búfalo relucieron como el alabastro marrón de la cómoda del cuarto del ama. Se apretó el vientre a la vez que se llevaba una mano a la boca, ahogando el grito desesperado, que la llevaría de nuevo al amo. Le dolía, aún le dolía ese vientre, con un mucho de niña y ese apenas de mujer. Había rogado a Yemayá su protección e invocado el poder de la muerte, de Ikú, para el amo de la casa grande, pero ni sus ruegos de candonblé ni las tortas de miel, ni el perfume, que robó de la cómoda de alabastro de la señora, ni el pesado peine de plata de púas largas y afiladas, con el que cada noche debía deshacer el peinado del ama, hasta dejar su melena lacia y oscura libre de lazos y horquillas, como la de Yemayá. Ni tan siquiera las hermosas flores blancas de los magnolios, que bordean el camino a la casa grande, habían surtido efecto. Todo lo había depositado en el río, con la esperanza de que ese hombre la dejara en paz; todo menos el peine de plata, que guardó bajo una tabla suelta bajo el jergón, que compartía con dos hermanos más y que ahora lleva en uno de sus bolsillos apretándolo tanto, que le han sangrado los dedos. El amo ha vuelto, ni siquiera hoy, que la casa está de fiesta por el nacimiento de su primer hijo varón, se ha olvidado de su vientre ¡Yemayá! Aclama desde lo más profundo de su corazón.

¡Ayúdame Yemayá!

En la oración desesperada ha puesto alma y corazón, mientras escucha los pasos del hombre blanco, del amo de todos, y todas las cosas que abarca la plantación. Un gemido se escapa de su garganta, alertando al dueño y señor de su frágil vida, que la arranca de su escondite con fuerza, y la tira sobre los sacos de algodón. Una mano grande en el cuello endeble, la otra bajo la falda del vestido raído. Y de nuevo el imposible dolor en el vientre ¡Le odiaba! ¡Como le odiaba! una oleada de arcadas le subió hasta la garganta, al sentir esa carne bruta en su interior ¡Le odiaba! ¡Como le odiaba! cuando la dejaba tirada como un escupitajo de tabaco mascado, resbalándole por las piernas su repugnante esencia ¡Le odiaba! ¡Como le odiaba! por esa carne desgarrada, por la inocencia perdida, porque no tenía presente, ni futuro, porque había destrozado su triste vida hasta el punto en que, nunca encontraría a nadie que quisiera compartir esa mísera vida con ella, por ser un juguete más del amo ¡Le odiaba! ¡Como le odiaba! por tener sus mismos ojos y el mismo color de pelo; por llevar su sangre…

… Han cubierto el río con una colcha de flores de un blanco azulado y los cestillos de mimbre salpican el agua llevando con ellos, perfumes, abalorios de cristal y tortas de miel. Todo para Yemayá. Hasta el peine de plata va con el río. La niña camina despacio, hacia atrás, con la esperanza de ver a la diosa recoger su ofrenda. Y se aleja despacio y sin volverle la espalda a esas aguas, el hogar de Yemayá. La voz amiga le habla en su interior: hiciste bien, hiciste bien

Bajo las soberbias columnas que guardan la casa al caer el día, el amo contempla, sin ver, los magnolios que bordean el camino. No hay nadie con él, solo sus botas de piel de búfalo y la botella de alcohol. No se escucha el piano, ni el balbuceo de un niño. No llega hasta allí la risa clara de la señora del peine de plata. Solo él y sus ojos cerrados, por esa cicatriz que los cruza.

Hiciste bien, hiciste bien escucha en su interior mientras mece al pequeño de ojos verdes. Hiciste bien, hiciste bien…

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