Un último homenaje, 13ª entrega de El coleccionista

Mientras Ana vuelve a sentir la adrenalina correr por su cuerpo, conocemos a Michel, enviado por la Unesco en representación del Museo Británico. Su trabajo consiste en verificar la destrucción del patrimonio histórico en Bagdad. Conoce lo que va a encontrar, pero le debe un último homenaje a su amigo Ibrahim, asesinado en el asalto de la biblioteca

Así terminaba la semana pasada No queda tiempo para pensar,  décimosegunda entrega de El coleccionista:

«Ana se camufló entre los corresponsales y empezó a sentir que la adrenalina corría nuevamente por sus venas, después de tanto tiempo. Con la guerra tomando por el cuello a la ciudad, la joven aceptó que había llegado el momento de comenzar su tarea… ya no habría tiempo de pensar en Echelar. Le pidió a Dios que la protegiera de la muerte y del sufrimiento. No sabía que su calvario comenzaría cuando dejara Bagdad»


En esta entrega…


«Se calculaba que en el reciente atraco al Museo Nacional se habían perdido alrededor de 200.000 objetos, entre ellos, un arpa de oro de la época sumeria, considerado el primer instrumento musical conocido»

«La quema de la Biblioteca no hacía más que empeorar una situación horrorosa. Michael pensó en las tablillas del Código de Hammurabi, el primer sistema de leyes del mundo. No se lo habían confirmado, pero él estaba seguro de que también habían desaparecido»

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

DÉCIMOTERCERA ENTREGA. UN ÚLTIMO HOMENAJE.

Capítulo 6

10 de Mayo de 2003.

En Irak, el día se ceñía sobre los edificios semi destruidos. La barbarie de las bombas ya era moneda corriente en la otrora ciudad de oro de Medio Oriente.

El tránsito de la ciudad era solo una muestra más de la falta de orden que reinaba desde la caída de Saddam. Cuando el atasco que producían los automóviles se hacía insoportable, algún ciudadano comenzaba a dirigir el tránsito por su cuenta. Increíblemente, los conductores le obedecían.

***

Michael Swornby caminaba junto a su comitiva por el centro de Bagdad. El horror dominaba su mirada. La ciudad aún no se había recuperado de la guerra de 1991 y de los esporádicos bombardeos ordenados por la administración Clinton cuando fue atacada nuevamente. Las bombas que habían soltado las fuerzas de la coalición durante los primeros días de la guerra superaban en número a todas las utilizadas durante la primera guerra del golfo. Dos meses después de comenzado el enfrentamiento, Bagdad parecía una nube de polvo. Intentó recordar cómo se veía la ciudad quince años atrás. Le pareció que la distancia era enorme. Irak parecía un lugar condenado a la ruina eterna.

Michael dominaba el árabe a la perfección e intentaba escuchar las conversaciones de los transeúntes, pero el silencio en las calles era cada vez más intenso. La gente pasaba a su lado y solo levantaba la vista al observar su rubia cabellera. Su aspecto de extranjero lo hacía más vulnerable a las inquisidoras miradas de los ciudadanos. Era imposible pasar desapercibido. En Bagdad, Basora y otras ciudades del país se veían entonces casi tantos extranjeros como nativos. La reconstrucción de Irak estaba enteramente en manos de hombres que habían nacido en el otro lado del mundo y que poco o nada entendían del pueblo al que pretendían remodelar. Guardaespaldas, ejércitos privados, mercenarios, ingenieros y empleados de las empresas que estaban trabajando allí eran ya parte del paisaje de la Irak post Saddam Hussein.

Michael, que había visitado varias veces el país, sentía que era la primera vez que lo recorría. Siempre tenía esa extraña sensación allí. Pero entonces, más que nunca, sintió que esa impresión ahora tenía razón de ser. Bagdad aún tenía una magia especial para él. Adoraba la ciudad a pesar de Saddam y seguiría adorándola a pesar de la Coalición Anglo-Americana.

Las más de mil estatuas de Saddam que anteriormente adornaban la ciudad habían sido removidas, pero él todavía podía recordar la sonrisa del derrocado tirano enclavada en los edificios gubernamentales. Ahora solo veía marines y cuantos más veía, más temor sentía. Los atentados ya eran cosa cotidiana. No había lugar donde sentirse seguro. Y los iraquíes eran completamente conscientes de eso.

Michael había sido enviado por la UNESCO en representación del Museo Británico para verificar las denuncias sobre la destrucción de varios sitios históricos. El hombre sabía perfectamente que había poco por hacer mientras la nación siguiera gobernada por el caos, pero aun así aceptó ir ya que a pesar de todo, lo poco que se pudiera salvar sería importante. Y también le debía ese último homenaje a su gran amigo Ibrahim, asesinado durante las sucesivas revueltas que habían arrasado con la Biblioteca, el Museo Nacional y varios otros lugares.

Su comitiva estaba compuesta por tres hombres y una mujer. Hacía años que el grupo trabajaba junto y ya habían visto tanta tradición arruinada que estaban convencidos de que luego de esa inmensa cantidad de libros y objetos antiguos destruidos, la historia que se contaba era una parte tan pequeña que era un abuso llamarla “historia”. El hombre corriente no tenía idea de todo lo que había sido engullido por las guerras y los enfrentamientos. Millones y millones de obras destruidas, perdidas, olvidadas.

El saqueo había comenzado durante la primera guerra del golfo. Durante años, miles de objetos de incalculable valor fueron sacados del país de forma clandestina. Se calculaba que en el reciente atraco al Museo Nacional se habían perdido alrededor de 200.000 objetos, entre ellos, un arpa de oro de la época sumeria, considerado el primer instrumento musical conocido. Varias tablillas con escritura cuneiforme que aún no habían sido traducidas también se extraviaron. La quema de la Biblioteca no hacía más que empeorar una situación horrorosa. Michael pensó en las tablillas del Código de Hammurabi, el primer sistema de leyes del mundo. No se lo habían confirmado, pero él estaba seguro de que también habían desaparecido junto al millón de obras que se estimaban perdidas. Sabía que varios objetos habían sido retirados de los museos y la Biblioteca y depositados en las residencias privadas de Saddam. Pero las últimas noticias indicaban que estos lugares también habían sido atacados.

Michael caminaba con lentitud. Sabía que cada paso que daba podía ser el último, pero esa era otra sensación que no podía separar de Irak. Durante la dictadura de Saddam, era moneda corriente ser detenido e interrogado sin motivo alguno. Y ser detenido e interrogado era ser torturado y no había ciudadano que no lo supiese. El hecho de poder ser arrestado por la simple mala suerte de cruzar una mirada con algún integrante del partido oficial Baas, hacía de la vida en Irak una cotidiana cuestión de suerte.

—Entregas anteriores—

«1, «2, «3, «4, «5, «6, «7, «8, «9, «10, «11, «12…

Suscríbete a Libretería y no te pierdas ninguna entrega

TRAFICANTES DE ARTE

Nadie confía en nadie. Todos son sospechosos. Pero… ¿quién mueve realmente  los hilos?

El coleccionista

UNA NOVELA DE CECILIA BARALE

El coleccionista, de Cecilia Barale

El coleccionista

Una novela de Cecilia Barale

Un coleccionista, una periodista y un restaurador persiguen el mismo tesoro, aunque por motivos diferentes: el mapa que lleva a la tumba de Alejandro Magno. Nadie confía en nadie. Todos son sospechosos. Pero, ¿quién mueve realmente los hilos?

3,95 3,39Añadir al carrito

EL FOLLETIN

NOVELAS POR ENTREGAS

HISTORIAS QUE HAY QUE LEER


El esclavo de los nueve espejos

Por Raimundo Castro

Preso de una maldición echada por una aojadora, permanece esclavo de los 9 espejos. El señorito de Torrealba busca la muerte y  contrata para ello a un sicario.

Un sicario desesperado, segunda entrega de El esclavo de los nueve espejos

COMIENZA A LEER

La Escribidora

Por Gudea de Lagash

46 relatos basados en hechos reales. Gudea te hará bailar al son de sus emociones o de sus locuras de madrugada, con una humanidad que salta todas las alarmas.

COMIENZA A LEER

 

 

A tres pasos de Luna

Por Beatriz Cáceres

En esta vida todo tiene un precio y, el precio de mi libertad, me convierte en una mujer tozuda, valiente, arbitraria, espontánea, e intrépida. 

COMIENZA A LEER