La hija de la comadrona, el esclavo de los nueve espejos 11ª

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Neblí, ante el segundo espejo. Allí está Emiliano Suárez, un cacique despreciable dueño y señor de tierras y personas por igual. El padre del señorito vive obsesionado con la partera Anastasia. Hasta que su cuerpo se marchita. La lujuria vuelve a apoderarse del cacique de Torrealba cuando conoce a la hija de la comadrona…

Así concluía la semana pasada Un cacique despreciable, décima entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«Algo influyó también que, cuando era adolescente, se sintiese singularmente atraído por su hermosura y, aunque madura de buen ver, ansiase hacerla suya. Pero sus propios padres le introdujeron a palos el respeto por ella y tuvo que limitarse a poseerla oníricamente mientras descubría por cuenta propia las delicias de Onán»

En esta entrega…


«…Aunque fuera engendro de su imaginación, el flujo imaginario le provocó un cosquilleó insoportable que le invadió la entrepierna y se extendió por todo el cuerpo, como plaga de hormigas caribeñas, hasta que acabó desbordándose por la totalidad de los poros, incontinente, transformado en un laxante sudor blanquecino… »

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

DECIMOPRIMERA ENTREGA. LA HIJA DE LA COMADRONA.

En la palpitante penumbra de sus siestas dibujó mil veces sus senos para refugiar en ellos su lujuria mientras se le iba el alma por los poros. Y aunque pasaron los años y el cuerpo de doña Anastasia se marchitó, su aspiración carnal no se diluyó ni se quedó enquistada en su memoria. Don Emiliano nunca abandonó el anhelo de rendirla a su incontinencia.

Desafortunadamente, contó Abel Ruiz, la eficaz comadrona tenía una hija que, con el tiempo, acabó reproduciendo el juvenil retrato de su madre. Doña Anastasia ocultó a su niña cuanto pudo, siempre temerosa de que pasara lo que acabó pasando. Incluso puso un velo candeal sobre su rostro cuando hizo la primera comunión. Pero más tarde, entronada sobre sus quince primaveras, la joven acudió a la iglesia para ser confirmada y, aunque continuó tapándose el rostro con su cendal de seda, no tuvo más remedio que desnudar su frente para permitir que el obispo de turno le ungiese con sus óleos sagrados.

Emiliano Suárez se estremeció de talón a coronilla cuando vio su rostro. Los pensamientos le hirvieron en la olla de los sesos y sintió que el escroto segregaba su líquido lechoso con tanto desenfreno que, además de estimular la danza de sus espermatozoides, le arrastraba a la ensoñación del éxtasis. Aunque fuera engendro de su imaginación, el flujo imaginario le provocó un cosquilleó insoportable que le invadió la entrepierna y se extendió por todo el cuerpo, como plaga de hormigas caribeñas, hasta que acabó desbordándose por la totalidad de los poros, incontinente, transformado en un laxante sudor blanquecino. Era tan hermosa, se dijo enajenado, como sólo había alcanzado a soñar que lo fue su madre antes de que él naciera. 

Para entonces, don Emiliano era un hombre maduro, de matrimonio infeliz. Su fama de crápula, de abanderado de la más desmedida obscenidad y de ser, con desmesura, el adalid de la depravación, hizo que su esposa se negase a tener hijos con él. Pero don Emiliano no fue tan tonto como apuntaba. Pese al efecto eruptivo que le causó la contemplación de la hija de doña Anastasia, supo contenerse durante un tiempo prudencial por temor a la brujería de la madre y por respeto a su singular habilidad como remendadora de hímenes maltrechos, oficio en el que no tenía competencia.

Pero fue sólo eso. Cuestión de tiempo. Al final, las ansias pudieron más que la razón y el deseo doblegó a la sensatez.

Cuando la joven Anastasia pregonó sus senos de membrillo y cimbreó la brisa con sus contoneos, la ligereza fue adueñándose del sátrapa hasta que acabó cayendo, finalmente, en el acotado territorio de la incontinencia. No pudo soportar la convicción repetida de que, poseyendo a la muchacha, desharía el tiempo y satisfaría su anhelo más remoto. Y, un día de borrachera, aunó la rumiada tropelía al desafuero pendiente de ser padre.

Estaba harto de respetar a doña Anastasia, se dijo. Y también de pensar que, entre tantas propiedades, no había por ahí ninguna de carne que llevara su sangre. Así que, por señorear el tiempo, acordó consigo mismo forzar a la hija de la comadrona y preñar a su mujer.

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

UNA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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