A solas con la muerte, séptima entrega de A tres pasos de Luna

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El padre de Luna ha abandonado a sus dos criaturas en una cueva, muy lejos de su casa, llevado por la desesperación. Sin ni siquiera una palabra. Ahora, las dos pequeñas, Cara y Luna, sin agua, sin comida, se enfrentan a solas con la muerte…

Así terminaba la semana pasada La Cueva del León Marino, sexta entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que te partirá el corazón:

«Hasta yo misma lo noté, aun siendo una niña. En el pueblo en el que vivíamos, Massara del Vallo, que no era más que un pequeño puerto marinero situado al sur de Italia, el hambre hizo verdaderos estragos. Así que decidió arriesgarse e intentarlo en su desesperación.

Nada en su rostro me hizo sospechar. No hizo ningún gesto extraordinario que pudiera advertirme de cuáles eran sus intenciones reales.

Tras un corto abrazo, se marchó sin más.

Jamás lo he vuelto a ver»

En esta entrega…


«No había comida. No había agua.
Mi pequeña Cara temblaba sin parar y yo, impotente, no podía hacer nada para evitarlo. Me quité la poca ropa que llevaba puesta para ponérsela a ella, pero ni aun así conseguí que dejara de hacerlo.
Continué gritando hasta que mi voz se rompió»

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

SÉPTIMA ENTREGA. DOS NIÑAS, A SOLAS CON LA MUERTE.

No es difícil imaginar lo que sucedió a continuación. No recuerdo cuántos días pasaron, ni tan siquiera puedo evocar las horas en las que grité pidiendo auxilio hasta caer rendida.

No había comida. No había agua.

Mi pequeña Cara temblaba sin parar y yo, impotente, no podía hacer nada para evitarlo. Me quité la poca ropa que llevaba puesta para ponérsela a ella, pero ni aun así conseguí que dejara de hacerlo.

Continué gritando hasta que mi voz se rompió.

Y Cara, un amanecer plomizo en el que las nubes parecen querer caerse del cielo, un amanecer en el que no sopla ni una pequeña brisa y el mar está tranquilo igual que si fuera una simple sábana, mi Cara, mi pequeña Cara, no se despertó.

La observé una eternidad.

Sus preciosos rizos rubios se le descolgaron sobre su carita. Me pareció que dormía plácidamente. Así que sin pensármelo, me tumbé junto a ella y la abracé.

Me despertaron la fuerza de unos brazos al cogerme. Asustada, me revolví pataleando. Esos brazos eran los de Juan que me estaba salvando la vida. El pobre hombre entró en la cueva para coger erizos y pescar lo que se dejara. Era un día de muy mala mar, por eso se quedó en tierra y eso propició que el azar quisiera este encuentro. Cuando entró en la cueva no se imaginaba con qué se iba a topar. De lejos le pareció que el bulto que hacían nuestros cuerpos era otra cosa y casi pasa de largo. Aun así, algo lo detuvo y volvió a mirar con más atención.

El azar es una circunstancia muy difícil de entender.

No era consciente de la situación y solo quería seguir durmiendo al lado de Cara. Juan ignoró mi absurda lucha, puesto que era demasiado evidente que no tenía nada que hacer. Estaba al borde de la inanición, y terminé desmayándome por el esfuerzo.

Nunca he podido saber cuánto tiempo estuve ausente. No consigo recordarlo, y tampoco quiero. Solo sé que un molesto rayo de sol fue el responsable de atraerme hacia la realidad cuando se coló por las rendijas de aquella pared hecha con tablones de madera. Me incorporé en el camastro sobre el que estaba tumbada antes de taparme los ojos con la mano al molestarme la luz.

Observé el habitáculo sin parpadear. Resultó que aquel camastro estaba adosado a una de las paredes de aquella habitación rectangular. El techo, también de tablones de madera, formaba un pico a dos aguas. En el rincón de una de sus esquinas todavía desprendían calor unos escasos rescoldos de lo que seguramente habría sido una pequeña hoguera y sobre la que reposaba un perol oscuro y ennegrecido por el humo.

Justo delante de ella vi lo que me pareció que era una silla que se balanceaba por su propia inercia. Nunca había visto una con esa extraña forma curvada en las patas y como no fui capaz de identificarla, me encogí de hombros y llegué a la conclusión de que sería eso, una silla.

Me levanté despacio al ver que mis piernas no conseguían sostenerme y me di cuenta de que estaba vestida. Aquella ropa no era mía; me quedaba tan holgada que con la inercia se resbaló por mi cuerpo hasta rozar el suelo y me asusté por el mareo que me entró al agachar la cabeza, así que volví a apoyarme en el camastro. 

Me impresionó el frío del suelo. Se trataba de una superficie de tierra prensada que permitía a la humedad entrar libremente impregnándolo todo. Mis pies descalzos sintieron la fuerza de aquella tierra a través de mi propia piel. Tuve la sensación de que era su forma de decirme que no debía sentir temor aunque me pareciera fría e inhóspita. Aquella tierra era real y tangible. Instintivamente, cerré los ojos para poder percibir mejor su propia firmeza.

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—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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