Amargas experiencias, tercera entrega de Qué día el de aquella noche

Primera ronda oficial del nuevo director al Psiquiátrico donde se encuentra internado Juan de Dios… Lúgubres muros que esconden negras confidencias. «La peor de las locuras sería aquí como un rayo de luz», piensa. Amargas experiencias…

Así concluía la semana pasada El escape, segunda entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

«Las increíbles contorsiones, los aspavientos exagerados, así como un sinfín de monerías indescriptibles efectuadas entre setos de aligustres, lavandas y romeros le resultaron de una comicidad extrema. A punto estuvo de echarse a reír, si no hubiese sido por lo disparatado de los ademanes.

El reloj corría en su contra. Cuando le echó un vistazo, no tuvo más remedio que avivarse.

Los enfermos, al darse cuenta de su presencia, lo siguieron con ojos desorbitados asemejándose a una agrupación de búhos»

En esta entrega…


«El semblante irradiaba afabilidad, poseía calidez en su mirada y transmitía cordialidad. Igualmente, carecía de los típicos signos del padecimiento de algún tipo de patología.
En conjunto, parecía de lo más normal. Interesado por él, pidió información a Julia.
Ésta, que aún no se había recuperado del abandono sentimental del antiguo director, a modo de resarcimiento, comentó sin poder disimular el resquemor del recuerdo:
—Si el paciente aún está aquí, es debido solo y exclusivamente al empecinamiento de José María»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

TERCERA ENTREGA. AMARGAS EXPERIENCIAS.

3.Amargas experiencias

Una vez asumida la posesión del cargo, mostró interés en conocer al conjunto de trabajadores. Más tarde quiso ponerse al corriente de las situaciones patológicas de los enfermos, pero de forma anónima. Para ello, a eso de media mañana, se hizo acompañar por la responsable de enfermería.

Cuando se dirigían a visitar los distintos departamentos, iba vestido con ropa de calle, obviando la bata de uso reglamentario para todo el cuadro médico y personal sanitario.

Caminaron juntos cincuenta metros o tal vez cien, hasta llegar al pie de una angosta escalera donde nacía un largo corredor. Las innumerables capas de pintura no eran capaces de ocultar los reveladores cercos de una rancia humedad en las apáticas paredes.

Alzó la vista y, asombrado, contempló la altura desmedida del techo del que pendían, aquí y allá, unos pobres fluorescentes cuya incierta y mortecina luz se manifestaba encubridora de secretos y amargas experiencias.

Su imaginación se agitó. «A juzgar por su aspecto, los lúgubres muros tienen que tener sus negras confidencias, al lado de los cuales, la peor de las locuras sería aquí como un rayo de luz». Le dieron escalofríos solo de pensarlo.

El conjunto en sí le pareció más la desembocadura de una cloaca, que una galería hospitalaria.

La acústica del lugar amplificaba el taconeo acompasado de la acompañante desde que iniciaron su andadura. Sonaba extrañamente rítmico, y daba la impresión de los andares cadenciosos de una jaca jerezana cuando se la hace bailar.

Al fondo apareció un ramal a la izquierda. El eco de unos desagradables gritos trapeando por el pasillo, intercalados por vacías y estridentes muestras de fingida hilaridad, llegaron hasta él con total nitidez. Mientras recorrían el largo pasadizo, mudo como una tumba, se limitaba a escuchar los comentarios de la acompañante al paso de cada uno de los habitáculos.

De regreso al punto de partida, ella dio por concluida su tarea. Con la excusa del trabajo por hacer hizo ademán de retirarse. No había iniciado la retirada cuando la voz de Antonio la detuvo, ya que le indicó que aún le faltaba por visitar el recinto donde coincidían los internos menos irremediables.

Sin exteriorizar que le parecía una soberana tontería, dado que poco o nada se podía diferenciar de los del resto de psiquiátricos, se puso en marcha hacía el sitio indicado sin replicar, pero resignada.

No le sorprendió la ingente cantidad de juegos para el desarrollo mental alojados en mesas equidistantes. Pero sí sufrió una impresión dolorosa al acusar el impactante tufillo amargo que se cernía como una pesada losa en un ambiente desalentado y depresivo.

No había acabado de recuperarse y de observar a los pacientes uno por uno, cuando se conectaron unas pantallas.

Ante su atónita mirada, los internos se apiñaron como hipnotizados alrededor de una de las televisiones colgadas en las paredes.

Jamás había sido testigo del insólito hecho de que la acaparadora de toda la atención fuese solo una pantalla que proyectaba una maraña de puntos y rayas en blanco y negro. Por ello, lo anotó en la agenda de trabajo para su posterior consulta y estudio.

No bien hubo terminado, cuando ya iba a dar por finalizada la inspección, un hombre de mediana edad, grande, fuerte, de rostro delicado, con una expresión algo astuta quizá, pero en el que todos los rasgos revelaban su capacidad y bondad, captó su curiosidad. El semblante irradiaba afabilidad, poseía calidez en su mirada y transmitía cordialidad. Igualmente, carecía de los típicos signos del padecimiento de algún tipo de patología.

En conjunto, parecía de lo más normal. Interesado por él, pidió información a Julia.

Ésta, que aún no se había recuperado del abandono sentimental del antiguo director, a modo de resarcimiento, comentó sin poder disimular el resquemor del recuerdo:

—Si el paciente aún está aquí, es debido solo y exclusivamente al empecinamiento de José María.

No le pasó desapercibido el tono de la alusión, al palpar cierto aire emponzoñado. Alguna turbia historia debía de encerrar; pero en todo caso, a él —pensó—, bien poco le importaba. No así la situación del interno.

Esto le llevo a pedirle que le hiciese llegar, cuando dispusiera de un momento, todos y cada uno de los informes que hubiese sobre el caso.

Como una saeta salió de la boca de Julia, sin pensárselo dos veces, una precipitada confesión:

—Es imposible. Su colega los destruyó nada más saber de su traslado.

Nada más acabar de hablar, se mordió la lengua en un acto reflejo al evidenciarse la pérdida total de color en el semblante de Antonio.

Su imprudencia podía costarle caro a su antiguo amor. Pensaba en esto porque donde hubo llama, aunque se negase a reconocerlo, aún quedaba rescoldo. La cabeza le giraba como un torbellino buscando el modo de arreglar la indiscreción. De sopetón, así como una chispa centelleante, se le iluminó la cara al sobrevenirle el recuerdo del estrecho vínculo que unía al paciente con Alejandra, y expuso con una sonrisa de oreja a oreja:

—No tiene ninguna importancia. No debe alarmarse. Si quiere información de primera mano de los avances y retrocesos del enfermo, quien mejor lo conoce es Alejandra, en la que parece depositar toda su confianza.

—¿Quién es Alejandra? Si puede saberse —se interesó Antonio.

—Entregas anteriores—

«1, «2…

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Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

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