Todas le gustaban, segunda entrega de En el fin de la Tierra

Bernardo Castro, autor de El bosque animado de las palabras, acaba de enterarse por WhatsApp que tiene una hija de 25 años. Un encuentro casual y nada apasionado dio como fruto a Ana Alvedro, su hija desconocida. Eran días en que todas le gustaban aunque una era el amor de su vida…

Así terminaba Secretos inconfesables, primera entrega de la novela de Rocío Castrillo En el fin de la Tierra:

«Salieron de la cafetería de la Glorieta de Bilbao donde se citaron. Bernardo se despidió de las tres mujeres con la excusa de que tenía unos asuntos que resolver. No había gestiones, sino necesidad de estar solo. De pasear por las calles que fueran el escenario de su vida veinticinco años atrás. De rememorar lo acontecido con Ana Alvedro y con la hija de ambos. Esa hija del silencio que aparecía para explosionar un secreto inconfesable, escondido durante años en el más recóndito rincón de su cerebro»

En esta entrega…


«Hicieron el amor lentamente, en un derroche de ternura que pasaba por alto la pasión. A Bernardo, la joven que acababa de entrar en su vida no le provocaba deseo, sino una especie de compasión. Desde los primeros momentos de esa relación inesperada supo que no podría enamorarse de ella»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

SEGUNDA ENTREGA. NO ME DEJES MORIR.

2. La evocación

Con el paso lento y la memoria en estado de efervescencia plena, Bernardo enfiló la calle de Fuencarral en dirección a la Gran Vía. En un cuarto de siglo, el escenario de sus recuerdos había experimentado una visible transformación. Se restauraron las viejas fachadas de los edificios y desaparecieron los antiguos comercios y bares de paredes alicatadas y suelos llenos de colillas, servilletas de papel usadas, cáscaras de frutos secos o restos de comida. Ahora solo se veían modernas tiendas de diseño y amplias cafeterías con aire acondicionado en las que estaba prohibido fumar. Los pies del escritor pisaban las mismas calles que recorrieran aquella tarde otoñal y lluviosa de 1990 en que conoció a Ana Alvedro. Estaba citado en el café Comercial con Libertad A Secas, la estrella en declive que acogió en su casa. Al llegar la encontró junto a Ana. Empezaron a hablar y los hilos del destino enredaron a Bernardo en la madeja de esta última, que resultó ser hermana de Mercedes, su compañera de estudios en la Facultad de Filosofía y Letras. La complicidad entre ambos se incrementaba en el transcurso de la noche. Sin embargo, él no percibió que la química estuviera haciendo su trabajo. Al menos, en lo referente a su acompañante. Respecto a sí mismo, se consideraba poco selectivo con las mujeres: todas le gustaban.

Realizaron el circuito habitual de copas y música por la calle de Fuencarral y las estrechas travesías que comunican Gran Vía con Alonso Martínez, hasta que la llegada del alba los invitó a terminar la juerga y volver a casa. Al hogar de Bernardo. Se daba la circunstancia de que una de las tres habitaciones que tenía la vivienda ya estaba ocupada por un amigo del autor y su hijo adolescente. Además, el trío que empezó la fiesta aumentó a cuarteto. Libertad A Secas ligó en uno de los muchos locales por los que pasaron en la larga madrugada y no estaba dispuesta a separarse de su flamante conquista. Bernardo pensaba en dicha situación mientras caminaba en silencio junto a Ana y la nueva pareja por las calles mojadas del rocío de amanecida. Poco antes de alcanzar el edificio le propuso a su acompañante que durmiera en la amplia cama de su habitación.

—Puedes quedarte en el sofá, aunque estarás más cómoda en mi cama. Te prometo que no pasará nada si tú no quieres —apostilló.

—Resulta que sí quiero —espetó ella con una frialdad impropia del deseo o del amor.

—En ese caso, arreglado —asintió distraído, entretanto abría el portal del edificio e invitaba a pasar a Libertad y a su amigo.

Cogió a Ana de la mano, besó su cuello con delicadeza y la animó para emprender la subida al ático por unas escaleras angostas que parecían no tener fin. Alcanzaron la cima al son de la voz y los compases de la guitarra de Libertad, que dejó la puerta de la vivienda abierta y entonaba «Bésame, bésame mucho…» para su nueva conquista. Entraron en la habitación y se tumbaron en la amplia cama. Siguiendo la letra de la canción que salía de la garganta desgarrada de Libertad A Secas, Bernardo y Ana se besaron mucho, como si esa primera noche de intimidad fuera la última de sus vidas. Sin saber que, en efecto, lo sería…

Hicieron el amor lentamente, en un derroche de ternura que pasaba por alto la pasión. A Bernardo, la joven que acababa de entrar en su vida no le provocaba deseo, sino una especie de compasión. Desde los primeros momentos de esa relación inesperada supo que no podría enamorarse de ella. Más que una mujer con la que aliviar su tensión sexual, la sentía cual pajarillo desvalido, ser que necesitaba percibirse querido para seguir respirando. Dejaron de amarse cuando sus estómagos les anunciaron la necesidad imperiosa del alimento. Salieron de la alcoba. La casa estaba en un extraño silencio. La puerta de la habitación que ocupaba Libertad A Secas permanecía cerrada, dando a entender que la cantante dormía en su interior tras el desgaste físico que deja una pasión recién estrenada. Vieron abierta la puerta del cuarto vacío de Alfredo, el amigo de Bernardo que se alojó allí con su hijo de quince años. En la cocina no había nada para comer. En el frigorífico solo encontraron un yogur caducado. Decidieron tomar un café en el bar de la esquina y hacer la compra en un supermercado cercano.

Poco después caminaban de vuelta por la plaza de Santa Bárbara y se toparon de frente con Alfredo. Bernardo sintió que su pulso se aceleraba a una velocidad de vértigo y un latigazo le fustigaba con fuerza el corazón. Ni una palabra salió de su boca cuando Alfredo presentó a Helen, una hermosa rubia de nacionalidad sueca a la que acababa de conocer en una exposición de pintura. El escritor se quedó pasmado y sin reacción. El escritor se quedó pasmado y sin reacción. Se trataba de la misma mujer con la que se cruzó meses atrás en ARCO, la Feria de Arte Contemporáneo que era cita obligada para todo aquel que buscara su hueco en el grupo de creadores que convirtió a la capital de España y a su movida en uno de los puntos neurálgicos de la actividad cultural europea. Su memoria retrocedió hasta la fría tarde de febrero en que visitaba ARCO junto a su hija, entonces una jovencita de doce años. Salían de la galería Leo Castelli, epicentro del arte pop y conceptual, cuando un rayo de luz en forma de esbelta rubia apareció frente a ellos. Bernardo suspiró y sus ojos se hundieron en el mar azul de la mirada serena y profunda de aquella diosa vikinga.

—Ella será mi próxima mujer. Nos casaremos pronto, ya verás —aseguró convencido a su hija.

Sin embargo, nada reseñable ocurrió en el breve encuentro. Solo el fulgor de un fuego que se apagó al instante para que cada uno siguiera su camino.

—Tú y tus locuras, papá —le contestó la jovencita, sin dar mayor importancia a tamaña aseveración.

Volvió al presente y se vio a sí mismo en medio del bulevar como un pasmarote, al lado de la mujer dulce y tímida con la que había pasado la noche y embobado en la impresionante figura de pelo amarillo que le cortaba el habla y anulaba sus sentidos.

—¿Os conocíais de antes? —interpeló Alfredo, más con la intención de romper el silencio que por el interés de la respuesta.

—Sí, conozco a Helen. Y la amo —anunció Bernardo.

 

El pasado vuelve…

—En el fin de la Tierra—

UNA NOVELA DE ROCÍO CASTRILLO

El pasado vuelve… Para cambiar el presente

“Vidas edificadas sobre secretos inconfesables sin calibrar sus consecuencias.”

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