Olor a carne quemada, 14ª entrega de El coleccionista

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Michel, experto del Museo Nacional de Londres, pasea por la misma ciudad en la que se encuentra Ana Montecasino. Bagdad se torna más gris a medida que avanza. De repente, un fuerte estallido le deja sordo. Después, un olor a carne quemada invade la ciudad…

Así terminaba la semana pasada Un último homenaje,  décimotercera entrega de El coleccionista:

«Michael caminaba con lentitud. Sabía que cada paso que daba podía ser el último, pero esa era otra sensación que no podía separar de Irak. Durante la dictadura de Saddam, era moneda corriente ser detenido e interrogado sin motivo alguno. Y ser detenido e interrogado era ser torturado y no había ciudadano que no lo supiese. El hecho de poder ser arrestado por la simple mala suerte de cruzar una mirada con algún integrante del partido oficial Baas, hacía de la vida en Irak una cotidiana cuestión de suerte»


En esta entrega…


«Desde los veintidós años (Michel) trabajaba en el Museo Nacional de Londres. Con el tiempo, se convirtió en un experto en conservación de obras de arte. La literatura era su otra pasión y los libros se convirtieron en su obsesión. Estaba seguro de que algún día alguien encontraría los libros perdidos de Aristóteles, Platón, Aristófanes… y ese sería el día más importante para la humanidad»

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

DÉCIMOCUARTA ENTREGA. OLOR A CARNE QUEMADA.

Michael había sido criado en un clima de profundo respeto a las diferentes culturas. Había nacido en Londres, pero debido a las tareas diplomáticas de su padre había pasado su infancia entera en varios países de Asia y África. Fue educado por sus padres y concurrió a algunos colegios en los lugares adonde su familia se mudaba. Desde pequeño, los libros habían sido su mundo. Jugaba a ser Alejandro Magno y reconstruía sus batallas con bestial precisión. Estaba seguro de que el destino de la humanidad hubiese sido otro si Alejandro Magno no hubiese muerto tan joven. “Otra sería la historia”, solía reflexionar frente a su madre. “Es imposible saberlo, afirmar eso es hacer literatura”, respondía con paciencia la mujer ante los ataques helénicos de su hijo.

Cuando Michael cumplió diecisiete años decidió ir a la universidad. Se graduó en Antropología y Letras. Su conocimiento era abrumador hasta para sus profesores. Su tesis tuvo como eje la cultura griega. “Todo, absolutamente todo, primero lo pensaron los griegos”, repetía ante sus amigos con frecuencia.

Desde los veintidós años trabajaba en el Museo Nacional de Londres. Con el tiempo, se convirtió en un experto en conservación de obras de arte. La literatura era su otra pasión y los libros se convirtieron en su obsesión. Estaba seguro de que algún día alguien encontraría los libros perdidos de Aristóteles, Platón, Aristófanes… y ese sería el día más importante para la humanidad.

A medida que se acercaba al Museo Nacional de Irak, la piel se le iba erizando. Los hombres y la mujer que lo acompañaban sabían que articular cualquier palabra en ese momento sería inútil. Michael estaba embebido de Irak. John, Tim, Allen y Mayra sabían que no era momento de interrumpir sus pensamientos. Aún faltaban varias cuadras para llegar al lugar. Michael había insistido en caminar y rechazó de forma casi agresiva el ofrecimiento de los militares para llevarlo hasta allí.

Bagdad se iba tornando más gris a medida que avanzaban. El color de los viejos edificios se mezclaba con el amarillo y ocre de los uniformes militares. Había un olor particular, una mezcla de pólvora y suciedad que emanaba de los edificios abandonados. Michael no dejaba de mirar hacia todos lados. Se sentía como un animal salvaje encerrado en una jaula. A pesar de que le habían avisado que la Biblioteca estaba prácticamente en ruinas, él no se resignaba. Aunque apenas había puesto un pie en la ciudad, comprendió que la situación seguramente sería mucho peor de lo que su imaginación le permitía predecir.

Cuando solo faltaba una cuadra para llegar, un intenso ruido sacudió al grupo que circulaba en silencio. Todos se agacharon. Michael miró hacia un costado y observó cómo se iba elevando un gran hongo de polvo negro. Los marines a su alrededor comenzaron a correr en forma caótica hacia el lugar del estallido. Michael no podía entender lo que decían. Escuchaba voces agudas que parecían de niños y los veía correr, tan rubios y tan pálidos, en un Irak que nunca había sido tan gris.

Un soldado se detuvo a su lado y les preguntó algo. Michael asintió con la cabeza sin comprender. El ruido de la bomba lo había dejado atontado. Ahora, la ciudad emanaba olor a carne quemada. Sentía náuseas y se le revolvió el estómago. No se había percatado, pero a su alrededor los iraquíes corrían y gritaban, llorando. Los gritos en árabe y las respuestas en inglés le parecieron a Michael una escena de una mala película de los setenta. Sintió una puntada en la cabeza pero logró incorporarse mientras el dolor se cruzaba a su lado en cámara lenta. Las ambulancias tardaron en llegar y los heridos se arrastraban ensangrentados por las calles. De repente sintió una mano pesada en su hombro. John y el resto de sus compañeros estaban de pie con el horror plasmado en el rostro.

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