Pantaleón, un relato de la escribidora para La Sombra del Egombe Egombe

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Pantaleón y la niña blanca Gelinda, dos personajes entrañables y una tierna, mágica y misteriosa despedida. Bueno, personajes, no; son de carne y hueso, tan reales como la vida misma. El relato es una joyita de esas que mejor leer que ignorar. Un pasaje incluido en ese otro libro maravilloso de Gudea de Lagash: La sombra del Egombe Egombe.

En esta entrega…

 


«Tú esperar…— le dice, levantándose sin dejar de rebuscar en el bolsillo — Toma. Tú guardar siempre niña blanca Gelinda, para protección. Mami Watá siempre contigo. — En la palma de la mano, un pequeño colgante de la diosa de los ríos y los mares, con forma de sirena y melena alborotada, ensartada en una fina cinta de piel de mono, esperaba la reacción de la niña.

—Para tí… Si señora no querer que tú llevar Mami, tú llevar siempre en bolsillo… protección para tí… bueno para tí… »

LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash

DÉCIMO QUINTA ENTREGA. PANTALEÓN (De La Sombra del Egombe Egombe)


Ilustración original de JESÚS RUIZ FUENTES, para los relatos dormidos de La Escribidora. “PANTALEÓN (De La Sombra del Egombe Egombe) ”.

Niña blanca Gelinda…— llamó Pantaleón, el niñero, sentándose en un escalón más abajo, por no caber los dos en el mismo. Desde donde estaban se veía toda la bahía punteada de cargueros y remolcadoras — Niña blanca Gelinda… — llamó de nuevo. Pero ella no se giró. No quería que la viera llorar, así que cerró los ojos con fuerza y secándose las lágrimas con el dorso de la mano, se volvió hacia él dejando escapar un suspiro.

—¿Qué quieres?— le preguntó mirándole a los ojos. Unos ojos extrañamente despiertos. Y su olor… ¿Donde había dejado esa mezcla de olor a mueble bar y puromoro?

Le vió meterse la mano en uno de los bolsillos, peleándose con el pequeño espacio entre la balaustrada, y el recodo de la escalera.

Tú esperar…— le dice, levantándose sin dejar de rebuscar en el bolsillo — Toma. Tú guardar siempre niña blanca Gelinda, para protección. Mami Watá siempre contigo. — En la palma de la mano, un pequeño colgante de la diosa de los ríos y los mares, con forma de sirena y melena alborotada, ensartada en una fina cinta de piel de mono, esperaba la reacción de la niña.

—¿Es para mí? — le preguntó asombrada.

—Para tí… Si señora no querer que tú llevar Mami, tú llevar siempre en bolsillo… protección para tí… bueno para tí…

—Gracias…— dijo cogiendo el amuleto. No podía mirarle a la cara sin llorar, así que no le miró, pero se colgó de su cuello dejando escapar un nunca te olvidaré, que hicieron que el hombre se tambaleara como si hubiera bebido — Pantaleón… ¿Por qué no hueles raro hoy?

—Hoy no — Dijo empezando a bajar los escalones.

—Pantaleón…

—¿Qué?

—Toma. Para tí… — le dice alargándole el horrible gorro de tela, color garbanzo.

—Gracias niña blanca Gelinda — y guardándolo en el bolsillo, acabó de bajar los escalones cruzando la carretera, para perderse bajo el arco de entrada del campamento. Ni una sola vez se volvió a mirarla, en cambio ella no le quitó los ojos hasta que lo perdió de vista.

* * * *

—Papá…

—Dime Gelinda.

—¿Por qué siempre que hago amigos luego acabo perdiéndolos? Siempre los tengo que dejar…

—Ese es el inconveniente del trabajo de tu padre. Alguno tenía que tener, pero no te preocupes que algún día os encontrareis de nuevo.

—Siempre me dices lo mismo… además no creo que a este amigo me lo encuentre en otro sitio.

—Ya verás como en otro destino os volveréis a ver —contesta pellizcándole la cara, sin imaginar que a quien ella estaba echando de menos era al desastre de Pantaleón.

—Si tú lo dices papá… Mira, me lo ha dado Pantaleón — el pequeño amuleto bailaba entre los dedos de su mano.

—Un bonito colgante de Mami Watá.

—¿Crees que mamá dejará que me lo ponga?

—No lo creo. Mejor guárdalo cariño. Vamos a entrar en casa, que mañana tenemos que madrugar porque nos esperan tiempos de cambios…

Esta vez no hubo huevo de pato, eso era algo de tierra a dentro, pero si una emoción apenas contenida al escuchar de labios de Pantaleón, Masa, tú mejor Masa. Tú volver, a lo que solo acertó a responder con un rutinario hasta pronto, porque sabía que como siempre, era difícil que sus vidas se cruzaran de nuevo…

Tiempo de amar… tiempo de sentir… tiempo de soñar… tiempo para el adiós.

(Basado en hechos reales: La Sombra del Egombe Egombe)

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