Dos violaciones sin castigo, entrega de El esclavo de los nueve espejos, una novela de Raimundo Castro

Emiliano Suárez ha desbocado su lujuria, y decide violar y preñar a su mujer, y forzar brutalmente a la hija de la comadrona. Todo en un solo día. Dos violaciones sin castigo, ya que nadie en el pueblo denunciará al dueño y señor de Torrealba. Pero aquí se fragua la maldición de los espejos…

Así concluía la semana pasada La hija de la comadrona, décimo primera entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición:

«Estaba harto de respetar a doña Anastasia, se dijo. Y también de pensar que, entre tantas propiedades, no había por ahí ninguna de carne que llevara su sangre. Así que, por señorear el tiempo, acordó consigo mismo forzar a la hija de la comadrona y preñar a su mujer»

 

En esta entrega…

«Sin embargo, la indignación le duró lo que tardó la guardia civil en amenazarla con somanta de palos si no abandonaba el pueblo de inmediato. Y entonces sí. Volvió a sentir la paliza que le dio el rufián y a recordar las nalgas sangrantes de su hija. Y lloró la inevitable pérdida de esa casa a la que un día llegó un hombre hermoso que no dijo una sola palabra hasta que se fue, pero le dejó un enjambre en el cuerpo, unas tripas risueñas que se llenaron de miel y que engendraron a esa niña del alma y de la noche»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

DÉCIMO SEGUNDA ENTREGA. DOS VIOLACIONES SIN CASTIGO.

Lo hizo en una sola jornada. Ese aciago día no sólo violentó a su mujer, que no quería, sino que, acompañado de un criado rufián, desvencijó las puertas del caserío de doña Anastasia. Y mientras su bruto acompañante mantenía encerrada a la anciana en su alcoba tras darle una paliza, el muy canalla arrastró a su hija hasta la cama y la forzó brutalmente.

La joven se descompuso al despertar. Se miró en un ajado espejo que arrancó de la pared, lo rompió a cabezazos y se introdujo algunos trozos de vidrio en la boca para molerlos a dentelladas. Confiaba, así, en olvidar el dolor y la vergüenza. Pero no lo consiguió.

Nadie presentó en el cuartelillo de la Guardia Civil, sabiendo que era inútil, ninguna denuncia escrita. Pero todo el mundo pensó que don Emiliano, esa vez, se había pasado de la raya. Y que pronto lo pagaría caro.

Se equivocaron. La vieja comadre se tragó el orgullo. No podía huir del pueblo porque no tenía con qué ni sabía cómo vengarse sin que su hija pagase las represalias que conllevaría la revancha. Se limitó a apartarse de la gente y a castigar a todos negándose a recomponer virgos y, sobre todo, a traer sus hijos al mundo. Le dolió hacerlo porque no había médico en el pueblo ni otras comadronas y pensó en los inocentes que no verían la luz. Pero no tenía ni ánimo ni fuerzas para ayudar a los miserables, por resignados, habitantes del pueblo.

Con todo, no hubiera pasado nada más si no hubiese mediado, como aconteció, el pánico que experimentó la esposa de don Emiliano cuando supo que estaba embarazada. La señora temió el día de su parto como sobrecoge la llegada del invierno cuando se siente ajado el corazón. Y, como sabía lo que su marido le había hecho a doña Anastasia, no se fio de ella.

Cuando por fin parió, aunque estaba más flaca que el meñique de un jornalero y anduvo con fiebres de ni se sabía, la presencia de un médico traído de Montánchez no bastó para extraerle del caletre la certidumbre largamente asentada de que la comadrona le había maldecido y el fruto de su vientre moriría o nacería con rabo. Y, aunque su hijo llegó sano al mundo, optó por la peor de las soluciones. Le exigió a su marido que echara del pueblo, como fuera, a las dos Anastasias.

Cuando la anciana se enteró de su extrañamiento, además de lamentar su mala suerte, estalló en improperios. Y se entregó a Satanás.

Lo había rumiado desde el malhadado día en que don Emiliano inoculó en su casa la desgracia. Y había querido olvidar. Pero no pudo conseguirlo, ni siquiera cuando logró que su hija recuperase la templanza e incluso fantasease con la posibilidad de encontrar un marido que le ayudase a enterrar el pasado. No hubo manera.

Sin embargo, la indignación le duró lo que tardó la guardia civil en amenazarla con somanta de palos si no abandonaba el pueblo de inmediato. Y entonces sí. Volvió a sentir la paliza que le dio el rufián y a recordar las nalgas sangrantes de su hija. Y lloró la inevitable pérdida de esa casa a la que un día llegó un hombre hermoso que no dijo una sola palabra hasta que se fue, pero le dejó un enjambre en el cuerpo, unas tripas risueñas que se llenaron de miel y que engendraron a esa niña del alma y de la noche.

Entonces, también, hizo memoria de todos sus conjuros, desde aquel que conducía a los hechizados donde la locura hasta los que arrastraban a las víctimas a un suicidio humillante o la muerte provocada por puses pestilentes. Pero ninguno le pareció tan requetemalo. Tuvo que esperar a que su hija le mirase a los ojos con la densidad del vacío, preguntándole en silencio por qué era así su vida, para recordar la maldición de los espejos. Y ese día, reventó. Ese sí que sí, se dijo. Ese sí que podía joderle como se merecía.

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