Condenada al silencio, octava entrega de A tres pasos de Luna

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Luna ya se encuentra a salvo. Juan la ha rescatado de la Cueva del León Marino, aunque no han podido salvar a su hermana. Ahora Luna despierta en un lugar extraño. Juan, un humilde pescador de Tabarca, espera paciente con un plato caliente en el fuego. Le dice algo, pero Luna… está condenada al silencio.

Así terminaba la semana pasada Dos niñas, a solas con la muerte, séptima entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón:

«Mis pies descalzos sintieron la fuerza de aquella tierra a través de mi propia piel. Tuve la sensación de que era su forma de decirme que no debía sentir temor aunque me pareciera fría e inhóspita. Aquella tierra era real y tangible. Instintivamente, cerré los ojos para poder percibir mejor su propia firmeza»

En esta entrega…


«De repente, me di cuenta de que no podía oír nada. La sensación de ausencia de sonido llenó por completo el vacío. Mi respiración se agitó como un resorte y, nerviosa, empecé a tomar aire más deprisa de lo que mis pulmones eran capaces asimilar. ¿Por qué no era capaz de oír? Me preguntaba una y otra vez desesperada. »

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

OCTAVA ENTREGA. CONDENADA AL SILENCIO.

No me sentía capaz de llegar hasta la pequeña mesa que estaba en el centro, así que permanecí apoyada y sin moverme.

Cuando se abrió la puerta me tapé la cara con las manos para no deslumbrarme, porque la luz del sol entró a bocajarro.

Juan me miró un instante.

Era un anciano, o eso me pareció. Sus facciones estaban curtidas por el mar y la serenidad de su mirada, me transmitió el mensaje de que guardaba una historia dormida y latente. Llevaba unos pantalones de una gruesa loneta azul marino atados a la cintura por una cuerda, una camisola parecida a la que me había puesto a mí y, en los pies, un calzado que desconocía por completo. Hasta que descubrí que se trataba de unas alpargatas de esparto que solo se ponía en los días fríos porque el resto del tiempo caminaba descalzo.

Juan se agachó delante de la hoguera para añadirle lo que parecían unas cáscaras de algo que en ese momento no reconocí. Más tarde he sabido que eran cáscaras de almendras junto con tallos secos de posidonia.[1] Una especie de alga que rodea todo el suelo marino de la isla.

Se inclinó sobre ellas y sopló suavemente hasta que emergieron unas pequeñas llamas avivadas por su aliento. Destapó el perol y con un cucharón le dio varias vueltas a su contenido.

—Debes de tener hambre —dijo, sin volverse para mirarme—. No te preocupes. Hoy hay sopa de pescado y te vendrá bien.

Me limité a seguir sin moverme. Mi instinto me decía que esa persona me hablaba, pero no conseguía oírle. De repente, me di cuenta de que no podía oír nada. La sensación de ausencia de sonido llenó por completo el vacío. Mi respiración se agitó como un resorte y, nerviosa, empecé a tomar aire más deprisa de lo que mis pulmones eran capaces asimilar. ¿Por qué no era capaz de oír? Me preguntaba una y otra vez desesperada. El corazón cada vez me latía más fuerte, más rápido, prácticamente desbocado, y justo en ese momento, empecé a notar unas inmensas ganas de romper a llorar. Las lágrimas se agolparon queriendo salir todas a la vez, y así fue. Surgieron imparables, sin contención. Y aquí quiero puntualizar que esta simple reacción tan normal, no lo fue.

No puedo decir si el motivo es que nací con esa condición.

Nunca lloro.

Juan se levantó sosteniendo un pequeño cuenco humeante entre sus manos. Me observó durante un segundo antes de dejarlo sobre la esquina de la pequeña mesa más cercana a mí.

—Llora lo que necesites, pero luego tienes que comer. —Sacó de un bolsillo una pequeña pipa que no llegó a encender antes de sentarse en aquella silla extraña, y se limitó a centrar su atención en la pequeña hoguera.

Lo miré mientras continuaba sin moverme de mi sitio sin ser capaz de dejar de llorar. ¿Qué es lo que iba a hacer? ¿Me había quedado sin voz y sin oído? ¿Cómo? ¿Por qué? Las preguntas se sucedían una y otra vez en el interior de mi cabeza.

Existe una palabra que tiene un valor incalculable y que no es difícil de entender. La palabra supervivencia. El hambre, que en ese momento era una bestia dándome dentelladas en el interior de mi barriga, fue lo que puso orden en las prioridades. Si no comía, me iba a morir y hambrienta cómo estaba, tampoco podía pensar. Así que me enjugué las lágrimas con el borde de la camisola y con pasos titubeantes, que me hacían perder el equilibrio, conseguí llegar a ese trozo de madera donde reposaba aquel tazón que olía tan bien.

Cuando tienes ese grado de necesidad resulta algo inútil esforzarte por comer con tranquilidad. Es imposible y, por pura desesperación, acabé por sostener el tazón inclinado sobre mi cara. Bebía con ansiedad, de la misma forma que si no existiera el mañana. La sensación de calidez de ese caldo recorriendo mi interior era maravillosa.

Muchas veces a lo largo de mi vida cuando he dado algún paseo, me he quedado absorta observando las pequeñas flores que a menudo crecen en los lugares más inesperados y, en ocasiones, me ha llamado la atención que entre esos tallos verdes y sanos haya encontrado uno de un color macerado como si la vida se hubiera negado a recorrerlo en su totalidad. Siempre me ha gustado imaginar que al tocarlo se pudiera transformar su color y que de una manera inesperada su tono no pudiera ser más verde ni más radiante. Pues bien, esa fue lo que percibí cuando bebí aquel caldo. Sentí a mi interior iluminarse ante la calidez de su recorrido.


[1] Planta acuática que pertenece a la familia Posidoniceae y es endémica del Mediterráneo.  Ejerce un importante papel protegiendo a la costa de la erosión. Es un bioindicador de la calidad de las aguas.

—Entregas anteriores—

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—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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