La enfermera más antigua, cuarta entrega de Qué día el de aquella noche

Antonio, el nuevo director del Hospital Psiquiátrico, se ha interesado en su primera ronda por un interno de rostro delicado, sin signos de ninguna patología. Pero su expediente ha desparecido, lo destruyó el anterior director del centro. Solo una persona puede informarle: Alejandra, la enfermera más antigua y un extraño personaje.

Así concluía la semana pasada Amargas experiencias, tercera entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

«—No tiene ninguna importancia. No debe alarmarse. Si quiere información de primera mano de los avances y retrocesos del enfermo, quien mejor lo conoce es Alejandra, en la que parece depositar toda su confianza.

—¿Quién es Alejandra? Si puede saberse —se interesó Antonio»

En esta entrega…


«—¡Por Dios, qué estúpida he sido! Perdóneme, pero le diré que es fácil de distinguir, pues siempre merodea cerca de las fuentes con un cuaderno entre las manos. Si por casualidad no se encontrase donde le digo, de seguro la hallará sentada en algún banco leyendo. ¡Ah, por cierto! —añadió—. Es inconfundible, porque mientras lee de vez en cuando levanta la vista y, como en éxtasis, exclama en voz alta: «¡Genial, genial!», para acto seguido, continuar enfrascada en la lectura.»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

CUARTA ENTREGA. LA ENFERMERA MÁS ANTIGUA.

—Disculpe. En mi afán por facilitarle las cosas he pensado que hablaba con José María. Él si la conocía. Es la enfermera más antigua.

—Bien. Dígale que se presente en mi consulta lo antes posible.

—Tendré que dejar el encargo en control porque esta semana tiene el turno de tarde —arguyó meditativa. Como si le hubiese venido de súbito una iluminación —nada más lejos de la realidad—, exclamó sin más:

—¡Umm! Ahora que lo pienso, si tanto le interesa, podía acercarse al jardín donde con toda seguridad la encontrará.

No daba crédito a lo que acababa de escuchar, y pensó que, o bien le estaba tomando el pelo como a un pardillo, o simplemente era una descarada.

La mirada fría y distante que le lanzó provocó la turbación de ella, que no sabía el porqué de aquella reacción.

La frialdad desapareció tal y como había surgido para dar paso a interpelarla con un tonillo irónico:

—¿Cómo pretende que me dirija adonde dice si no la conozco?

Respiró tranquila al advertir la torpeza cometida; por eso, le informó de cómo podía reconocerla.

—¡Por Dios, qué estúpida he sido! Perdóneme, pero le diré que es fácil de distinguir, pues siempre merodea cerca de las fuentes con un cuaderno entre las manos. Si por casualidad no se encontrase donde le digo, de seguro la hallará sentada en algún banco leyendo. ¡Ah, por cierto! —añadió—. Es inconfundible, porque mientras lee de vez en cuando levanta la vista y, como en éxtasis, exclama en voz alta: «¡Genial, genial!», para acto seguido, continuar enfrascada en la lectura.

—¡No me diga! La descripción parece la de una alucinada —dijo realmente sorprendido.

—Muy al contrario —comentó comprensiva—. A pesar de los rumores, por otro lado ciertos, de que siempre lee lo mismo, le aseguro que es la persona más cuerda y coherente que he conocido en toda mi vida.

«Extraño personaje», se dijo Antonio.

—Si no necesita nada más, con su permiso, seguiré con mis ocupaciones.

Como no deseaba ser detenida otra vez, quedó a la espera de una respuesta afirmativa.

Su mente clara y ágil hallaba con prontitud matices donde nadie lo podía sospechar; pero esta situación le resultaba tan desconcertante que, enfrascado en la búsqueda de alguno, no atendió a la insinuación de Julia.

Como tardaba en darle la aprobación, el tacón inició un repiqueteo suave que fue acelerándose hasta conseguir sacarlo de la abstracción.

—¡Ah! Sí, sí. ¡Cómo no! Vaya, vaya.

Esperó a verla perderse por los corredores para dirigirse al vestuario a cambiarse de atuendo. Luego encaminó los pasos hacia la salida principal. La traspasó y, tras recorrer indeciso unos cuantos metros, quiso vislumbrar la silueta de una joven mujer que estaba sentada en uno de los bancos cercanos a una de las fuentes gemelas del jardín.

La sombra de un sauce proyectaba una serie de nítidas manchas en el vestido claro de la joven dándole un aspecto interesante.

Tenía la cabeza inclinada hacia un manoseado bloc. Los ojos avanzaban y retrocedían sobre las hojas a oleadas muy lentas. Al fin la vio levantar la cabeza y romper a reír como una posesa.

No tuvo dudas. Se acercó decidido a ella y, tomando asiento a su lado, se dio a conocer.

Al tiempo de cerrar y guardar el cuaderno en el bolso, se fijó, sin pestañear, en el porte y la juventud del nuevo director.

«Tendré que andarme con cien ojos, no vaya a resultar igual que el anterior», pensó.

Advirtió su timidez, pero se mantuvo a la expectativa. No creía ser ella quien debiera romper el hielo. Más bien le correspondería a él.

Antonio, mientras buscaba el momento propicio para enfrentar el asunto, inició la conversación mostrando su buen carácter.

—Un día espléndido, ¿verdad?

—Sí. Y muy tranquilo.

—Le parecerá mentira, pero me dan ganas de pasar la jornada aquí si no fuera por el trabajo que me está esperando.

Ella sin rodeos fue directa al grano, y con toda naturalidad se atrevió a decir:

—No creo que se haya acercado usted hasta aquí para hablarme del tiempo y el jardín.

Como un niño cogido en falta solo acertó a decir:

—Yo, yo, yo…

—Vamos dígame sin más qué necesita.

Las mejillas adquirieron un color rojo bermellón y no acertaba a responder. A la sazón, a ella se le dibujó una agradable sonrisa antes de decirle:

—Puede contar con ello si está en mi mano.

—Verá… —carraspeó—, de entre los pacientes, me ha llamado la atención Juan de Dios y he preguntado por él. La jefa de enfermeras…

—¿Julia?

—¡Sí, eso, Julia!

—¿Qué le ha dicho?

—Me ha comentado que usted mantiene una buena relación con el enfermo, y por lo tanto es quien mejor me puede orientar sobre él. Por eso mismo, quisiera conocer de primera mano todo lo referente al caso antes de tomar contacto con el paciente.

—Bien, —dijo ella hinchada como un pavo real—. ¿Qué quiere saber?

—¿Podría empezar por el motivo de su ingreso?

No se hizo de rogar y abordó el tema refiriéndole cómo el altercado originado en el zoológico, junto al alegato de desequilibrio aportado por su esposa, fue decisivo para que el juzgado ordenara la realización de una valoración psicológica.

—Si me lo permite, empezaré por el principio para que así pueda entender mejor el final.

—Como usted guste. Soy todo oído.

—Entregas anteriores—

«1, «2, «3…

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Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

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