el océano del deseo, tercera entrega de En el fin de la Tierra

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Bernardo confiesa a la mujer con la que acaba de acostarse, Ana, que está enamorado de Helen. Las dos están presentes. Ana en una mezcla de decepción y furia, echa a correr. El rostro de Helen muestra sorpresa, no entiende nada de lo que escucha, pero las miradas azules de Bernardo y Helen se funden en el océano del deseo…

Así terminaba la semana pasada Todas le gustaban, tercera entrega de En el fin de a Tierra:

«Volvió al presente y se vio a sí mismo en medio del bulevar como un pasmarote, al lado de la mujer dulce y tímida con la que había pasado la noche y embobado en la impresionante figura de pelo amarillo que le cortaba el habla y anulaba sus sentidos.

—¿Os conocíais de antes? —interpeló Alfredo, más con la intención de romper el silencio que por el interés de la respuesta.

—Sí, conozco a Helen. Y la amo —anunció Bernardo»

En esta entrega…


«—Has metido la pata hasta el fondo, que lo sepas. Tu compañera ha salido huyendo. No sé qué tipo de relación tienes con ella, pero te has portado fatal. Un caballero no se declara a una mujer delante de otra. ¡Menuda ordinariez!

—No pretendo ser un caballero. He actuado como un hombre enamorado —se limitó a contestar el aludido»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

TERCERA ENTREGA. EL OCÉANO DEL DESEO.

La afirmación fue como una bomba que cayó en medio del círculo que formaban los presentes y dejó la reunión hecha añicos. Ana Alvedro fulminó a Bernardo con una mirada en la que se mezclaban la decepción y la furia y echó a correr. El rostro de Helen mostraba la sorpresa de quien no entiende nada de lo que escucha. Alfredo, por su parte, reprochaba a su amigo lo que consideraba una conducta indigna.

—Has metido la pata hasta el fondo, que lo sepas. Tu compañera ha salido huyendo. No sé qué tipo de relación tienes con ella, pero te has portado fatal. Un caballero no se declara a una mujer delante de otra. ¡Menuda ordinariez!

—No pretendo ser un caballero. He actuado como un hombre enamorado —se limitó a contestar el aludido.

Helen salió de su asombro y se sumó a la conversación.

—¿Por qué insistes en estar enamorado de mí? Me has confundido con otra persona, no te conozco de nada.

—Sí, nos vimos en ARCO. Fue un flechazo. Te lo dije con mis ojos y tú me correspondiste. ¿Ya no te acuerdas?

El fuego que los envolvió en esa imborrable tarde de febrero volvió a obnubilarlos con su ardor. Las miradas azules de Bernardo y Helen se fundieron en el océano del deseo, mientras Alfredo los contemplaba atónito.

—¿Se puede saber a qué juegas, Bernardo?

—No juego, Alfredo. Estoy enamorado.

—Acabo de recordarte —cortó Helen.

Bernardo celebró la noticia con una sonora carcajada. Alfredo recriminó su actitud.

—¿Crees que tienes motivos para reír? ¿No te importa lo que habrá hecho tu amiga ni qué ha sido de ella? —inquirió, entretanto señalaba con un gesto el lugar por el que Ana salió corriendo.

—Sinceramente, no. Ya es mayorcita. Ni siquiera la considero amiga. Libertad me la presentó ayer y pasamos un rato juntos. Eso es todo.

—¿Un rato? Me temo que te acostaste con ella y ahora la dejas plantada. Es una persona, no un objeto de usar y tirar.

—Lo que dices es una antigüedad, Alfredo. Estuvimos de juerga toda la noche y terminamos en la cama. Lo que ocurrió entre nosotros lo quisimos y lo disfrutamos los dos. No le prometí amor eterno ni nada parecido. Y ella a mí, tampoco. Que conste —respondió tajante.

—Nos cruzamos en la puerta de la galería Leo Castelli —recordó Helen en voz alta.

Por unos segundos permaneció ensimismada en sus pensamientos y ajena a la discusión que mantenían los dos hombres.

—Ibas con una chica muy joven. ¿Tu hija? —quiso saber.

Su mirada azul repasaba la anatomía de Bernardo como si la dibujara con los ojos.

—Sí. No te preocupes por ella. Vive con su madre y no interferirá en nuestra relación.

—¿En qué relación? —preguntó sorprendida.

—En la que vamos a empezar a partir de ahora —apuntó él, con una seguridad aplastante. Si te parece bien, claro —corrigió al momento, risueño.

—Por mí, encantada —afirmó Helen con similar seguridad, al tiempo que tomaba entre las suyas la mano derecha de Bernardo.

—No perdamos tiempo, amor —susurró el hombre.

Tomó a Helen de la cintura. Miraron a Alfredo al unísono y atravesaron, agarrados y apresurados, la plaza de Santa Bárbara.

—¿Os habéis vuelto locos? —preguntaba Alfredo, anonadado.

Siguió con la mirada a la pareja que se alejaba pegada calle abajo. De seguido, sus ojos se posaron en el suelo y descubrieron la bolsa llena de alimentos que Bernardo llevaba en la mano cuando se encontraron. “¿El amor puede dejar a alguien tan atontado como para olvidar un montón de comida recién comprada?”, interrogaba a su fuero interno sin salir de su asombro.

—Entregas anteriores—

«1, «2…

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—En el fin de la Tierra—

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