Andrea Doria, 16 relato de La Escribidora

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“No sé porqué siempre la he llamado así, como ese bello transatlántico, que hoy reposa en aguas profundas, sobre un banco de arena, dirección Nueva York”. Cuenta Gudea de Lagash en este nuevo relato dedicado en esta ocasión a una de sus nietas.

En esta entrega…


«La pequeña Andrea vino al mundo con un bagaje de sentimientos encontrados, y un pesado sueño, tan pesado durante días, que llegué a pensar que Dios se había olvidado de modelar del todo su cerebro, pero estaba equivocada »

LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash

DÉCIMO SEXTA ENTREGA. ANDREA DORIA

Ilustración de Andrea Doria, 16 relato de La Escribidora

Ilustración original de JESÚS RUIZ FUENTES, para los relatos dormidos de La Escribidora. “ANDREA DORIA ”.

Andrea Doria. Mi nieta Andrea… no sé por qué, pero siempre la he llamado así, con el nombre del aciago transatlántico, aunque su nombre sea Andrea Idoya. Quizá porque, al igual que ese barco con nombre de almirante genovés del XVI, valiente y luchador, ella transmite arrojo, a pesar de ese caparazón de cachaza con la que va revestida. La pequeña Andrea vino al mundo con un bagaje de sentimientos encontrados, y un pesado sueño, tan pesado durante días, que llegué a pensar que Dios se había olvidado de modelar del todo su cerebro, pero estaba equivocada, porque no solo se había esmerado en modelar su pequeño y prometedor cerebro, sino que también había afinado en su diminuto estómago, el cual, se encontraba saturado del alimento materno, por lo que debió pensar que, para qué iba a moverse, tan siquiera ni para pestañear. Andrea Idoya; Andrea Doria, lo mismo da, creció. Y en su crecer aprendió, sin pretenderlo, a usar ese sentido camaleónico del que la vida le dotó en su momento, pensando tal vez, que a la niña alguna vez le vendría al pelo y así fue. Aprendió a ver, oír, y callar, acomodándose siempre a las circunstancias que le venían de frente.

Querida Andrea… yo no sé; Nina no sabe, hasta donde llegan los recuerdos de tu más tierna infancia. En realidad eso me da igual. Solo quiero que sepas que eres un ser especial, muy especial, y que vas bien armada para enfrentarte a las cornadas de la vida, que espero sean las mínimas en la tuya. Caminarás pisando fuerte, te lo dice Nina, porque estás preparada para ello, y llegarás hasta donde tú quieras llegar, pero eso sí, procura llevar en la mochila de la vida, un poco del Hacedor, algo de tu bisabuelo, Ojos de Gato, y una pizca de amor por la familia. Y en el bolsillo de fuera no te olvides de meter un par de tabletas de, todas las sangres son rojas y todas las almas son del Creador, porque me he dado cuenta de que de esas tabletas, te olvidas de cuando en cuando, y es bueno darles un mordisquito, cuando sientas que te falta en tu interior algo de ellas.

Querida Andrea Doria, Andrea Idoya… pequeña Andrea. Tú y yo tenemos una complicidad que no hemos buscado, pero la tenemos. No voy a decir que te quiero más que a tus hermanas, porque estaría faltando a la verdad, en mi corazón las tres tenéis las mismas fanegas, pero hay algo… y es esa forma que tienes de decirme: — hola Nina… Me encanta ese timbre de voz que empleas, y que tú no sabes que lo empleas.

—¡Hola Andrea Doria!

Y… no sé porqué siempre la he llamado así, como ese bello transatlántico, que hoy reposa en aguas profundas, sobre un banco de arena, dirección Nueva York, o como el valiente almirante genovés del siglo XVI cuyas batallas duermen entre los pliegues de la historia. No sé porqué, siempre la he llamado así…

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