La maldición de los espejos, una novela de Raimundo Castro

NOVEDAD - Ya a la venta en Librería Deseos

Fauna ibérica, el último libro de relatos de Alberto Giménez Prieto

Su hija adolescente brutalmente violada, el miedo a los palos de la guardia civil, la amenaza de la pérdida de su casa… El cacique se ha cebado en ellas. Anastasia, la comadrona de Torrealba, solo tiene una salida. Un terrible conjuro a la luz de una luna negra, un ensalmo pintado con carbón y un trágico camino: la maldición de los espejos… Un embrujo poderoso que se adueña de Emiliano Suárez.

Así concluía la semana pasada Dos violaciones sin castigo, décimo segunda entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«Entonces, también, hizo memoria de todos sus conjuros, desde aquel que conducía a los hechizados donde la locura hasta los que arrastraban a las víctimas a un suicidio humillante o la muerte provocada por puses pestilentes. Pero ninguno le pareció tan requetemalo. Tuvo que esperar a que su hija le mirase a los ojos con la densidad del vacío, preguntándole en silencio por qué era así su vida, para recordar la maldición de los espejos. Y ese día, reventó. Ese sí que sí, se dijo. Ese sí que podía joderle como se merecía»

En esta entrega…


«La luna estaba ausente porque era luna negra. “Cuando la luna brille sobre el azogue del cristal y su plata refleje el rostro de la noche –vociferó ensimismada– , tú, Emiliano Suárez, maldito general, recibirás los nueve espejos y en uno de ellos te quedarás atrapado para siempre”.»



« Se miró en uno de ellos que sostuvo, a penas, con las manos. Sintió que su personalidad se desvanecía. Desde el otro lado, otro hombre y sin embargo él mismo, le gritaba que quería salir de allí, atravesar el cristal. Pero no podía»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

DÉCIMO TERCERA ENTREGA. LA MALDICIÓN DE LOS ESPEJOS.

Esa misma noche, doña Anastasia, la mayor, materializó el ensalmo. Pintó con un carbón, sobre un espejo de pared que utilizaba para trenzarse las greñas y arreglarse el moño, la caricatura del rostro del canalla. Hizo que su hija depositara en el cristal su hálito templado y, luego, tras persignarse con los dedos índice y cordial, como si lo bendijese, dibujó una cruz sobre el tamiz de vaho. Al final, emborronó el vidrio con una rama florecida de ajedrea mientras salmodiaba palabras en castúo.

Anduvo un largo rato como en trance. Pero guiaba todos sus movimientos con precisión de cuco. La luna estaba ausente porque era luna negra. “Cuando la luna brille sobre el azogue del cristal y su plata refleje el rostro de la noche –vociferó ensimismada– , tú, Emiliano Suárez, maldito general, recibirás los nueve espejos y en uno de ellos te quedarás atrapado para siempre”.

Y doña Anastasia, la que revive, volvió a ensalmar otros cánticos y más palabras viejas antes de concluir: “El espejo no será para ti un camino que te invite a huir hacia mundos invisibles, sino prisión de agua que te expulse por siempre hacia fuera, como el pozo al ahogado, pero verás el brocal que nunca alcanzarás”.

La anciana sufrió una fuerte convulsión y se quedó dormida, aunque de pie, hasta que su hija la despertó, asustada, pasados unos minutos. “Ya está”, dijo doña Anastasia. Y ya estaba.

Y don Emiliano Suárez experimentó una turbación profunda cuando llegó la luna llena y se le metió en el cuarto por el ventanal. La luz plateada penetró en su cabeza como feldespato en polvo. Y desde aquel momento, un hormigueo incontenible y obsesivo le impelió a contemplarse en todos los espejos que encontraba, a desearlos más allá de lo razonable. Compró bronces pulidos, láminas de plata, bruñidas obsidianas que colocaba ante sus ojos, poseído, para disfrutar, contemplándolos, ocultos océanos de luz en los que ansiaba sumergirse.

Pocos días después, cuando se hallaba en el más alto grado de la exaltación, casi enajenado por completo, le llegó el regalo inesperado. Un circunspecto gitano, silencioso y mohíno, depositó junto al portalón de la casona, al amanecer, ocho espejos antiguos, ovalados, de angelical factura. Los bajó de un carro que tiraban dos mulas torponas, tan viejas como él. Y aunque don Emiliano salió raudo a saludarle y le preguntó quién se los enviaba, por devolverle el detalle, el hombre no abrió la boca. No dijo ni adiós. Se fue tan misteriosa y quedamente como había llegado.

A don Emiliano le dio igual porque se abalanzó a desembalar los espejos apiñados en el suelo y no tuvo tiempo ni para reparar en lo sorprendente del suceso. Ordenó que los llevaran al salón de inmediato y los colocó todos frente a una banqueta en la que se sentó para mirarse en ellos. Entonces, las lunas no le dijeron nada. Eran tan hermosas, tan seductoras, que ni se dio cuenta de que las cambiaba incesantemente de sitio y posición. Lo mismo las colgaba juntas que las dispersaba haciéndolas bailar por las paredes. O las apilaba en un rincón y al poco las recostaba sobre el sofá y los sillones. Nunca les encontraba el acomodo exacto.

Lo peor llegó cuando volvió la luna llena y proyectó sobre ellos su luz argentina. Don Emiliano descubrió, por fin, la esencia de esos espejos hasta entonces mudos. Se miró en uno de ellos que sostuvo, a penas, con las manos. Sintió que su personalidad se desvanecía. Desde el otro lado, otro hombre y sin embargo él mismo, le gritaba que quería salir de allí, atravesar el cristal. Pero no podía.

Cuando volvió en sí, lo había olvidado todo. Ni siquiera recordaba que se desmayó y que el espejo que sostenía en las manos se le había caído encima de los almohadones del diván. Pero supo que algo extraño se había apoderado de sus pensamientos.

Tuvo perfectamente clara la misión aunque ignoraba su significado. Emprendió de inmediato la tarea de habilitar para los espejos una estancia especial. En el piso superior de una de las alas del edificio que pegaba al salón, hizo adecuar un extenso aposento, rigurosamente esférico, que recubrió completamente de lentejuelas que cubrían hasta la menor rendija. Incluso los respiraderos tenían barras de vidrio cuyas aperturas daban a diminutos espejos laberínticos que ocultaban todo asomo de luz natural pero permitían el tránsito del aire. Completamente enajenado, el déspota se olvidó de su hacienda, su mujer y su hijo. Incluso de sus quimeras. Pasaba las horas encerrado en el cuarto fascinante, disfrutando las vidas de los seres infelices atrapados en aquellos espejos misteriosos y se convirtió cada día más en un esclavo de no sabía qué, ni quería saberlo jamás.

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

LA ÚLTIMA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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