Te llamaré luna, novena entrega de A tres pasos de Luna

Tienes los ojos del color de una noche sin ella, te llamaré Luna, le dice el pescador mientra la niña toma su primera sopa caliente. Por fin Luna se siente feliz, a pesar de sus dificultades para entender a Juan. Le sigue los labios: «Mira, Luna, el mar. Aprenderás a amarlo…»

Así terminaba la semana pasada Condenada al silencio, la octava entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón:

«…y, en ocasiones, me ha llamado la atención que entre esos tallos verdes y sanos haya encontrado uno de un color macerado como si la vida se hubiera negado a recorrerlo en su totalidad. Siempre me ha gustado imaginar que al tocarlo se pudiera transformar su color y que de una manera inesperada su tono no pudiera ser más verde ni más radiante. Pues bien, esa fue lo que percibí cuando bebí aquel caldo. Sentí a mi interior iluminarse ante la calidez de su recorrido»

En esta entrega…


«—Mira Luna, el mar. Aprenderás a amarlo, aunque te costará. Poco a poco entrará en ti y cuando te vayas a dar cuenta, te habrá devorado por completo. Sentirás que es capaz de correr por tus venas. La vana ilusión de nosotros, los hombres, no es otra que pensar que podemos doblegarlo, pero es una auténtica fuerza de la naturaleza que cuando menos se espera, despierta para recordarnos que es un espíritu salvaje y libre. »

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

NOVENA ENTREGA. NO ME DEJES MORIR.

Juan me miró pensativo y le devolví la mirada.

—Te voy a llamar Luna. Tienes los ojos del color de una noche sin ella.

Observé con atención como movía los labios, porque continuaba sin ser capaz de escuchar nada. Me asusté tanto que después de dejar precipitadamente el tazón sobre la mesa, corrí hacia el camastro y me tapé hasta la cabeza.

—Aprenderás a no temerme. Voy a cuidarte Luna, tanto tú como yo somos dos almas solitarias. —Juan observó por un momento la única foto colgada en la pared. Una foto de su esposa, María.

Pasaron los días, las semanas, los años y Juan cumplió su promesa. Nunca dejó de cuidarme.

Tardé bastante en salir del cobijo de aquella cabaña. Ese hombre desconocido nunca me exigió nada. Todo lo contrario. Tuvo mucha paciencia conmigo y esperó a que estuviera preparada.

Hasta que ese día llegó.

Sentí la llegada del amanecer a través de la rendija entre los tablones y me asaltó el impulso de salir al exterior. Al abrir la puerta, la claridad era tan arrolladora que tuve que cogerme de los laterales del desvencijado marco.

La cabaña estaba situada en el extremo más lejano de la isla donde no existía ningún otro tipo de construcción y, este detalle en particular, la convirtió en el epicentro de mi mundo. Fue genial. Nos rodeaba todo un mar y justo en el centro de esa pequeña porción de tierra, estaba ella.

Salí al exterior y no pude parar de correr a su alrededor. Di vueltas y más vueltas como si algo en mi interior me obligara a hacerlo. Hasta que me dejé caer entre la pequeña maleza con los brazos abiertos para observar entre jadeos el cielo. Se mostraba profundo e impenetrable. Ni una sola nube lo recorría. Era azul, de un azul tan intenso, que suspiré desbordada por él.

Juan, que había estado observando mi trayectoria desde un pequeño saliente rocoso, no pudo más que sonreír con la escena. Ese fue un gesto que hasta más tarde no he comprendido lo especialmente extraordinario que es. No es una persona que sonría mucho.

Me levanté, caminé hacia él y me detuve a una distancia razonable. Juan sostenía entre las manos un cable transparente que se perdía bajo la superficie del agua. A su lado había un pequeño cubo de metal lleno hasta casi el borde y desde donde estaba, alcancé a ver que algo se movía en su interior.

—Mira Luna, el mar. Aprenderás a amarlo, aunque te costará. Poco a poco entrará en ti y cuando te vayas a dar cuenta, te habrá devorado por completo. Sentirás que es capaz de correr por tus venas. La vana ilusión de nosotros, los hombres, no es otra que pensar que podemos doblegarlo, pero es una auténtica fuerza de la naturaleza que cuando menos se espera, despierta para recordarnos que es un espíritu salvaje y libre. —Juan tenía la mirada centrada en algún punto de aquella superficie acuosa sin dejar de demostrar la admiración que le profesaba. Y como mirar aquella imagen no me decía nada, encogí los hombros porque sinceramente no comprendí ninguna de sus palabras.

Sin pretenderlo Juan me transmitió serenidad, y por un instante percibí cómo entraba su voz en mí como un eco lejano y tenue. Me senté sobre la misma roca que pisaban mis pies y permanecí todo el día observándolo pescar. A ratos hablaba, a ratos no. Me sentía feliz ya que al conseguir tranquilizarme lo podía oír mejor aunque no entendiera sus palabras. Hablaba de forma distinta y supe a qué se refería más o menos por sus gestos. Darme cuenta de este hecho abrió una puerta en mi interior. Después de todo, no estaba completamente sorda.

Aunque no puedo negar lo evidente, debo reconocer que he tardado bastante en poder controlarlo. Sobre todo, teniendo en cuenta que no me resulta fácil dejar de asustarme y que el momento que me ha tocado vivir tampoco me acompaña.

De todas formas, quiero especificar que en Tabarca se hablaba y se habla el tabarquín[1] junto con el castellano, y no hay que olvidar que yo provenía de un pueblo del sur de Italia. Aun así, no deja de ser chocante que me costara más el hecho de llegar a hablar, que el de entenderlo. Me resultó muy fácil.


[1] Tabarquín: Es un habla que pertenece a la lengua valenciana y que está enriquecido por connotaciones del italiano y castellano.

—Entregas anteriores—

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Te partirá el corazón

—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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