Animales domésticos, quinta entrega de Qué día el de aquella noche

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Alejandra, la enfermera mas antigua, satisface la curiosidad del director y le relata los hechos que llevaron a Juan de Dios al Psiquiátrico. En primer lugar, al interno le daban pena los animales domésticos, entendía que se les manipulaba para deshacerse de su instinto animal…

Así concluía la semana pasada La enfermera más antigua, cuarta entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

« No se hizo de rogar y abordó el tema refiriéndole cómo el altercado originado en el zoológico, junto al alegato de desequilibrio aportado por su esposa, fue decisivo para que el juzgado ordenara la realización de una valoración psicológica.

—Si me lo permite, empezaré por el principio para que así pueda entender mejor el final.

—Como usted guste. Soy todo oído»

En esta entrega…


«Ana, su mujer, se negaba a asimilar que no compartiera con ella el hecho de que los animales domésticos procuraban compañía y satisfacción a las personas.
Ella, conocedora de la debilidad que sentía por los niños, supuso que si presenciaba como gozaban y se divertían al estar cerca de los animales, acabaría cediendo a su capricho. Por eso planeó llevarlo al zoológico.
La constante y machacona insistencia dio resultado. Juan de Dios acabó por ceder aunque solo fuese por no escucharla»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

QUINTA ENTREGA. ANIMALES DOMÉSTICOS.

4. Animales domésticos

Le diré que a Juan de Dios, desde su más tierna infancia, le habían dado pena los animales domésticos; por ello no era partidario de las mascotas. Entendía que eran utilizadas y manipuladas interesadamente para deshacerles el instinto animal.

Al poco de casarse, se originó una acalorada disputa motivada por la insistencia de su esposa en querer adquirir un perrito para que les hiciese compañía.

Ana, su mujer, se negaba a asimilar que no compartiera con ella el hecho de que los animales domésticos procuraban compañía y satisfacción a las personas.

Ella, conocedora de la debilidad que sentía por los niños, supuso que si presenciaba como gozaban y se divertían al estar cerca de los animales, acabaría cediendo a su capricho. Por eso planeó llevarlo al zoológico.

La constante y machacona insistencia dio resultado. Juan de Dios acabó por ceder aunque solo fuese por no escucharla.

Contenta al ver cada vez más cerca el logro de su objetivo, eligió para ir el día de la semana donde a los niños se les hacía un generoso descuento con la esperanza de encontrarlo a rebosar.

Esa mañana, Ana se levantó nada más despuntar el día.

Juan de Dios, mientras Ana preparaba unos bocadillos e introducía en fiambreras una tortilla de patatas y unas albóndigas con tomate preparadas la noche anterior, la observaba malencarado tomando un café con leche por todo desayuno.

Tras colocar las viandas en una mochila, echó en falta la fruta. Con presteza agarró dos naranjas y unos plátanos para añadirlos a la bolsa.

Repasó una vez más el contenido. Todo estaba listo. Entonces con la alegría y el nerviosismo de una niña pequeña cuando la van a sacar de paseo, jaleó al marido:

—¡Venga, vamos! Cuando quieras podemos irnos.

Como demoraba levantarse dando largas al desayuno, ella con el ceño fruncido a modo de chiquilla suplicante, dijo:

—Por favor cariño, no seas malo, verás como al final te van a gustar.

—Vayamos de una puñetera vez —dijo echándose la mochila al hombro, malhumorado.

Cuando llegaron al zoológico, nada más entrar, vio como la chiquillería, salvo rara excepción, se arremolinaba junto a las jaulas de los monos. Estas estaban protegidas por una valla ubicada de tal manera que los visitantes no pudiesen acercase a ellas.

Los simios, sin ser conscientes de ello, llamaban la atención de las criaturas hasta el punto de ser la máxima atracción del zoo, siendo el motivo de la indiferencia de los infantes hacia el resto de la fauna.

Los chiquillos no perdían ni un solo detalle de las monerías realizadas delante de sus propias narices. En ese preciso momento, en una de ellas se producía la disputa entre machos por la supremacía del grupo, cuando llegó el punto más agresivo, aguantaron la respiración para soltar aliviados el aire una vez finalizada.

Una vez restablecida la normalidad, los chimpancés volvieron a realizar toda clase de piruetas y acrobacias arrancando gritos de verdadero júbilo entre la gente menuda.

Juan de Dios pudo observar el reducidísimo espacio donde a duras penas se desenvolvían. Este hecho le revolvió el estómago y a duras penas pudo reprimir las náuseas.

Ana tiró del brazo del marido con suavidad pero con energía para que participara del festejo con los pequeños. Lo miró por el rabillo del ojo al notar su resistencia. Al percibir su semblante desencajado le preguntó alarmada:

—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras mal?

—No, solo es un mareo pasajero —mintió—. Anda acércate tú, yo me sentaré en este banco y cuando se me pase me reuniré contigo.

—De ninguna manera, me quedaré hasta que te encuentres mejor.

—De verdad, no hace falta, aproxímate tú. Será un momento. Después nos reunimos.

—Entregas anteriores—

«1, «2, «3, «4…

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Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

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