No puedo cargar con más fracasos, en el fin de la Tierra 4ª entrega

Bernardo se ha largado con la sueca y ha dejado plantado Ana. Ella que había hecho planes, se enfrenta ahora un futuro incierto. Probablemente tenga que abandonar el piso donde está y volver a Galicia. Entre angustiada y llorosa se pregunta: «qué voy a hacer, no puedo cargar con más fracasos a mis espaldas»…

Así terminaba la semana pasada El océano del deseo, tercera entrega de En el fin de la Tierra, una novela de Rocío Castrillo.

«Tomó a Helen de la cintura. Miraron a Alfredo al unísono y atravesaron, agarrados y apresurados, la plaza de Santa Bárbara.

—¿Os habéis vuelto locos? —preguntaba Alfredo, anonadado.

Siguió con la mirada a la pareja que se alejaba pegada calle abajo. De seguido, sus ojos se posaron en el suelo y descubrieron la bolsa llena de alimentos que Bernardo llevaba en la mano cuando se encontraron. “¿El amor puede dejar a alguien tan atontado como para olvidar un montón de comida recién comprada?”, interrogaba a su fuero interno sin salir de su asombro»

En esta entrega…


«El dinero que (Ana) llevaba se le acabó en un par de meses; no podía permitirse pagar un alojamiento. Y Libertad A Secas, su amiga más cercana en la ciudad, no parecía muy dispuesta a ayudarle. La noche que pasó con Bernardo la sembró de ilusiones. Dibujó un futuro junto a él que solo existía en sus pensamientos y en su imaginación»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

CUARTA ENTREGA. NO PUEDE CARGAR CON MÁS FRACASOS.

Cogió la bolsa y se encaminó hacia el ático de Chamberí. Al llegar vio la puerta abierta y escuchó el llanto desconsolado de Ana, que relataba su desdicha a Libertad. Con palabras interrumpidas por los lloros y quejidos de su alma destrozada, aseguraba sentirse incapaz de entender cómo un hombre que la había amado con tanta ternura tenía la sangre fría de declararse a otra mujer, delante de ella, pocas horas después.

—Bernardo es así, querida. Cada día se enamora de una chica nueva —indicó la cantante.

—¿Qué va a ser de mí? No me queda dinero para pagar la pensión y no quiero volver a Galicia.

—Tendrás que hacerlo, Ana. Si pensabas alojarte aquí, lo siento mucho. No hay más habitaciones. Alfredo comparte la suya con su hijo y yo necesito intimidad para componer y para estar con Santi. Aunque nos conocimos ayer, lo nuestro va en serio —aclaró Libertad.

Ana no contestó. Escondió su cabeza entre las piernas y continuó sollozando. Su plan consistía en hospedarse una temporada en esa casa, con la intención de vender sus diseños de trajes de baño y sacar adelante su vida en la capital. El dinero que llevaba se le acabó en un par de meses; no podía permitirse pagar un alojamiento. Y Libertad A Secas, su amiga más cercana en la ciudad, no parecía muy dispuesta a ayudarle. La noche que pasó con Bernardo la sembró de ilusiones. Dibujó un futuro junto a él que solo existía en sus pensamientos y en su imaginación. Alfredo intentó consolarla y frenar su llanto intermitente y sonoro.

—Deja de llorar, Ana. Así no vas a solucionar nada. Bernardo está con la sueca. Le ha pedido que fuera su pareja y ella lo ha aceptado. Siento que te duela tanto… Lo mejor es que asumas la realidad y lo olvides. No es la persona adecuada para ti.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó balbuceante, clavando en su rostro sus ojos tristes. —No me conoces de nada y no puedes saber lo que me conviene o no.

—Pero yo sí —saltó Libertad. —Te repito que le gustan todas las mujeres y se enamora de una cada día. Tú misma has podido comprobarlo: ayer contigo, hoy con la sueca y mañana… ¡Quién sabe!

—¿Qué voy a hacer? No puedo cargar con más fracasos a mis espaldas —se lamentaba Ana, sin parar de llorar.

—Ahora lo ves todo negro. Tienes que calmarte. Pensar menos en él y más en ti. Eres una gran diseñadora y triunfarás, aunque esas cosas no ocurren de un día para otro —trataba Libertad de consolarla.

—Llevo dos meses con mi carpeta de dibujos de despacho en despacho. Lo único que he conseguido es gastar todo el dinero que me prestaron mi madre y mi hermana. No creo que me quede ni para comprar el billete de vuelta.

—Si de verdad lo necesitas, te presto el dinero para el billete. Recoge tus cosas de la pensión y te trasladas aquí, a mi habitación, hasta que vuelva mi hijo. Tendrás una semana más para probar suerte. Yo dormiré en el sofá —se ofreció Alfredo.

—Gracias, muchas gracias —musitó ella.

—¿Lo ves? Solución instantánea —celebró Libertad. —Y si no quieres volver a Galicia, puedes trabajar de camarera y alquilar una habitación. Será fácil —aseguró.

—Sabes que soy tímida. No valgo para ese trabajo —arguyó la aludida.

—Debes aprender a valorarte más, Ana. Ahora es una buena ocasión. La necesidad apremia —la animó Alfredo.

La conversación entre los tres se prolongó hasta que llegó Santi, el nuevo novio de Libertad. La pareja se encerró en la habitación. Entretanto, Ana y Alfredo prosiguieron la charla.

—¿Crees que Bernardo permitirá que me quede aquí? Aunque me prestes tu habitación, se trata de su casa.

—Sí, seguro que sí —afirmó Alfredo, convencido. —Además, no tenemos ni idea de cuándo volverá. Puede que se instale con la sueca en su hotel hasta que ella se marche a su país. Si es que no se enamora de otra por el camino —apuntó en tono socarrón.

Sin embargo, nada de eso sucedió.

—Entregas anteriores—

«1, «2, «3…

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El pasado vuelve…

—En el fin de la Tierra—

UNA NOVELA DE ROCÍO CASTRILLO

El pasado vuelve… Para cambiar el presente

“Vidas edificadas sobre secretos inconfesables sin calibrar sus consecuencias.”

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