Hotel Palestine en Bagdad, 16ª entrega de El coleccionista

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Tras su intento frustrado de entrar en la destruida Biblioteca de Bagdad, el grupo de Michael llega al Hotel Palestine, convertido en centro neurálgico de la Prensa internacional y donde también se aloja Ana Montecasino. Les advierten que puede haber francotiradores iraquíes en las terrazas de los edificios vecinos.

Así terminaba la semana pasada Destruido en su esplendor,  décimo quinta entrega de El coleccionista:

«Tim observó a los soldados que custodiaban el lugar. Se alejó unos pasos del grupo y buscó con la mirada al más joven de ellos. El marine lo observó fijamente durante un minuto. Luego, le hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza y asintió sin esperar respuesta. En ese instante desvió la mirada hacia un camarada y siguió hablando con él, ignorando deliberadamente a los visitantes. Tim bajó la vista y sonrió. De inmediato se dio vuelta y se unió al grupo que estaba en silencio observando, perplejo, el edificio incendiado de la Biblioteca»


En esta entrega…


«Los profundos ojos miel de la mujer ignoraron la mirada de Michael. Ella no dejaba de observar hacia todos lados, como una niña perdida buscando a su madre. (…) En su mano derecha sostenía un casco rojo en el cual se leía la palabra “prensa” en árabe. Michael se levantó de su silla y se acercó a ella. Tim quedó azorado ante la reacción de su jefe. Generalmente era una persona concentrada, pero la visión de esta mujer lo había hecho perder el hilo de la conversación»

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

DÉCIMO SEXTA ENTREGA. HOTEL PALESTINE.

Capítulo 7

Michael y su grupo también estaban alojados en el hotel Palestine, en el centro de Bagdad. Las autoridades les habían advertido a Michael y los demás que podía haber francotiradores iraquíes operando en las terrazas de los edificios vecinos. Al grupo no parecía importarle, ya que ni siquiera habían aceptado ser trasladados en un vehículo oficial para evitar inconvenientes.

La comitiva se cruzó con periodistas de todas las nacionalidades. A pesar de no entender varios de los idiomas allí hablados, los rostros denotaban una gran preocupación. Las miradas y los tonos monocordes con que los periodistas se dirigían unos a otros eran la expresión más fiel de la guerra. La contienda tenía su propio lenguaje universal, uno que no necesitaba de palabras. Los constantes bombardeos, sumados a las infrahumanas condiciones del hotel, les hacían sentir que estarían más seguros en cualquier otro lugar del mundo antes que allí. La situación había empeorado en las últimas semanas con la creciente ola de secuestros de corresponsales extranjeros.

Michael creyó que lo mejor era hacer una reunión previa con sus colaboradores para resolver cómo se encargarían de evaluar los daños que había sufrido la Biblioteca. La visita anterior había sido meramente para contemplar el desafío que implicaría explicar en un papel la barbarie cometida.

Sentados en unas precarias sillas del vestíbulo del hotel, comenzaron a repartir las tareas que debían realizar a partir del día siguiente. Michael estaba dándole indicaciones a Tim cuando vio pasar a una joven completamente desorientada a su lado. Los profundos ojos miel de la mujer ignoraron la mirada de Michael. Ella no dejaba de observar hacia todos lados, como una niña perdida buscando a su madre. Tenía puesta una remera blanca y de su pantalón colgaba la credencial de periodista. En su mano derecha sostenía un casco rojo en el cual se leía la palabra “prensa” en árabe. Michael se levantó de su silla y se acercó a ella. Tim quedó azorado ante la reacción de su jefe. Generalmente era una persona concentrada, pero la visión de esta mujer lo había hecho perder el hilo de la conversación y luego, sin mediar palabra hacia su interlocutor, se había dirigido hacia ella.

—¿Buscas algo? —preguntó el hombre.

—Sí, estoy buscando al responsable de la comisión encargada de evaluar los daños a la Biblioteca Nacional —respondió la mujer en perfecto inglés.

Él sonrió y extendió la mano. Ella se la estrechó y le devolvió el gesto. Michael pensó que tenía la sonrisa más hermosa que jamás había visto. La joven inclinó la cabeza e intentó soltarse la mano pero Michael permaneció inmóvil.

—Tu debes ser Ana. Imaginé que eras tú —sonrió y miró hacia abajo—. Soy Michael Swornby. Mucho gusto…

—Linda tarea la que te tocó… —dijo Ana con una sonrisa—. Ana Montecasino. Corresponsal de El Argentino. Encantada. Me indicaron que podía contactarme contigo para hablar sobre tu trabajo y escribir alguna crónica, si es que estás de acuerdo…

Tim, que observaba divertido la escena, divisó a alguien que le hacía señas a lo lejos. Miró hacia donde estaba Michael y se cercioró de que siguiera pendiente de los movimientos de la mujer. El resto del grupo estaba un poco más alejado, charlando sin prestarle atención. Entonces se levantó y se dirigió hacia donde se encontraba el hombre que le seguía haciendo gestos desesperadamente. Era el joven marine que custodiaba la Biblioteca.

—Entregas anteriores—

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