Charla con un viejo chimpancé,, sexta entrega de Qué día el de aquella noche

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Juan de Dios consigue quedarse solo en el zoológico, tras convencer a su mujer que se encuentra bien. Pero no está realmente solo. Nota unos ojos clavados en su nuca. Al principio piensa que es un espejismo, pero el animal capta toda su atención y finalmente termina manteniendo una charla con un viejo chimpancé…

Así concluía la semana pasada Animales domésticos, quinta entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

«—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras mal?

—No, solo es un mareo pasajero —mintió—. Anda acércate tú, yo me sentaré en este banco y cuando se me pase me reuniré contigo.

—De ninguna manera, me quedaré hasta que te encuentres mejor.

—De verdad, no hace falta, aproxímate tú. Será un momento. Después nos reunimos»

En esta entrega…


«En un intento de ganarse la confianza del humano, dobló el labio superior hasta rozar la nariz y el inferior lo frunció hasta llegar a cubrir la barbilla para hacer una especie de cómico mohín.
Estaba encerrado solo y parecía estar cumpliendo condena en una celda de castigo.
La fijeza de la mirada le hizo encaminarse hacia él sin poder apartar la mirada de sus ojos de color marrón avellana.
Estaba a la distancia prudencial que permitía la valla de seguridad. Dudaba y no acababa de confiarse. El simio pareció comprender el reparo y, como a cámara lenta, extendió la mano suplicante»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

SEXTA ENTREGA. CHARLA CON UN VIEJO CHIMPANCÉ.

Quería involucrarlo y parecía como si los acontecimientos obraran en su contra. Habían cogido un atasco monumental. Tardaron más de un cuarto de hora en encontrar un estacionamiento donde dejar el auto, pasaron media hora en la cola para sacar las entradas y, para colmo, ahora él estaba indispuesto.

No las tenía todas consigo, y el empeño de mostrarle cómo los animales daban alegría a chicos y mayores la retuvo para insistir una vez más.

—¿Ves cómo disfrutan los críos? Cuando nosotros tengamos uno, será igual que ellos. ¿No te gusta verlos tan contentos?

—Sí, sí que me gusta…

—¿De verdad que estás bien? —quiso cerciorarse.

—¡Que sí, mujer! Únete a ellos y no te preocupes.

—Bueno, voy un momentito a echarles unos cacahuetes y enseguida vuelvo.

Nada más irse, alertado por el terrible griterío de los monos, los observó desde la distancia.

Advirtió que el escándalo era debido a una cuadrilla de sinvergüenzas que saltaba imitando sonidos simiescos burlándose de ellos hasta conseguir que se agitaran inquietos y se abalanzaran a las rejas en aptitud desafiante y agresiva, lo que les causaba verdadero placer.

Una repugnancia indescriptible le dominó e intentó en vano no vomitar. Tras el bochornoso espectáculo dado por los muchachos y ya más tranquilo, trató, a la sazón, de quitarse el mal sabor de boca aclarándose la garganta con el agua de una botella que llevaba en la mano.

No había terminado de enjuagarse, cuando notó unos ojos clavados en la nuca.

Por instinto, se volvió y no podía creer lo que veía. Pensó que se trataría de un espejismo. Vertió un poco de agua en el cuenco de la mano y la pasó por los ojos cerrados para refrescarlos. Cuando los volvió a abrir, la imagen de un viejo chimpancé sacándole la lengua de entre unos dientes carcomidos seguía inalterable.

El mono, a la vez que se aferraba a la reja con una mano, con la otra hacía señas pidiéndole agua.

En un intento de ganarse la confianza del humano, dobló el labio superior hasta rozar la nariz y el inferior lo frunció hasta llegar a cubrir la barbilla para hacer una especie de cómico mohín.

Estaba encerrado solo y parecía estar cumpliendo condena en una celda de castigo.

La fijeza de la mirada le hizo encaminarse hacia él sin poder apartar la mirada de sus ojos de color marrón avellana.

Estaba a la distancia prudencial que permitía la valla de seguridad. Dudaba y no acababa de confiarse. El simio pareció comprender el reparo y, como a cámara lenta, extendió la mano suplicante.

La inteligencia mostrada por el mono rompió por completo la reticencia, y con decisión se inclinó en la barandilla extendiéndole la botella.

No daba crédito a lo que ante su atónita mirada se desarrollaba: vio como la mano afianzaba el envase con calma, y sin prisa trasegaba gustosamente el contenido.

Juan de Dios advirtió la forma en que, sin dejar de ingerir el contenido, no perdía de vista el bebedero.

Picado por la curiosidad, se fijó en él y pudo comprobar que estaba repleto de restos de fruta podrida, excrementos y moscas flotando.

De improviso, el mono la emprendió a entrecruzar sus ojos con los de Juan de Dios, de él a las jaulas de los parientes más jóvenes, hasta que cansado del juego, como si tuviese conocimiento, los detuvo en su persona.

Le pareció leer en ellos la profunda pena que le asistía al contemplar a su raza prisionera.

En un determinado momento, el homínido juntó las palmas de las manos como en signo de oración. Bajó la cabeza y alzó unos ojos que hablaban por sí solos. En ellos quiso adivinar el ruego de que los dejara libres.

—¿Y tú? —le interrogó visualmente.

—Los viejos ya estamos zoologizados y no sabríamos vivir en libertad —entendió que le contestaba el simio.

—¡Lo haré, amigo!

La experiencia vivida hizo que se le encogieron las entrañas y se reafirmara en la convicción que ya tenía. Se alejó de allí para ir al encuentro de su mujer enfrascado en un mar de dudas.

—Entregas anteriores—

«1, «2, «3, «4, «5…

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Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

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