Mi casa no es un hotel, quinta entrega de En el fin de la Tierra

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Bernardo ha vuelto a casa con su nueva conquista y ha desbaratado los planes de los que hasta ahora eran sus compañeros de piso. Le anuncia que desea intimidad, que se busquen otro sitio para vivir. ¿Y Ana, no tendrá donde quedarse? Tendrá que volver a Galicia. Bernardo zanja la cuestión: Mi casa no es un hotel…

Así terminaba la semana pasada Cargar con más fracasos, cuarta entrega de En el fin de la Tierra, una novela de Rocío Castrillo.

«—¿Crees que Bernardo permitirá que me quede aquí? Aunque me prestes tu habitación, se trata de su casa.

—Sí, seguro que sí —afirmó Alfredo, convencido. —Además, no tenemos ni idea de cuándo volverá. Puede que se instale con la sueca en su hotel hasta que ella se marche a su país. Si es que no se enamora de otra por el camino —apuntó en tono socarrón.

Sin embargo, nada de eso sucedió»

En esta entrega…


«—Recojo las cosas y me marcho —intervino. —Lo siento por Ana. Le había ofrecido mi habitación por una semana, hasta que vuelva mi hijo.
—¿Y tú qué te crees, que mi casa es un hotel? Anda, tira —indicó Bernardo, malhumorado y con el gesto torcido.
—Dentro de nada te veré llorando por las esquinas. La sueca no te quiere. Eres el juguete de una guiri guapa y caprichosa —predijo Alfredo, y se metió en su habitación tras cerrar la puerta con un golpe seco»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

QUINTA ENTREGA. MI CASA NO ES UN HOTEL.

Bernardo y Helen entraron en la vivienda al caer la noche. Él mostró su habitación a su recién estrenada pareja y la invitó a ponerse cómoda. Quería reunirse con Libertad y Alfredo para explicarles la nueva situación. Entró en el salón, saludó a los presentes y preguntó por la cantante.

—Ha llegado Santi y se han metido en el dormitorio —lo informó Alfredo.

Se dirigió a la puerta de la alcoba y dio dos golpecitos con los nudillos de la mano derecha.

—Pasa —contestó Libertad.

—Disculpa la molestia. Necesito hablar con vosotros. Vamos al salón —expresó, expeditivo.

—¿Conmigo también? —quiso saber Santi.

—No, solo con los que viven aquí.

—Por favor, vístete y espérame en el bar de la esquina. Dile a Ana que te acompañe y os tomáis un café mientras hablamos —pidió la cantante a su novio.

—Amigos, ha llegado la hora de que busquéis otro sitio para vivir. Me he enamorado y quiero disfrutar de la intimidad con mi novia —anunció Bernardo de repente.

—¿Ya? ¿Y nos lo dices así, sin tiempo? —le reprochó Libertad.

Alfredo lo miraba frío, con ojos de asesino.

—Recojo las cosas y me marcho —intervino. —Lo siento por Ana. Le había ofrecido mi habitación por una semana, hasta que vuelva mi hijo.

—¿Y tú qué te crees, que mi casa es un hotel? Anda, tira —indicó Bernardo, malhumorado y con el gesto torcido.

—Dentro de nada te veré llorando por las esquinas. La sueca no te quiere. Eres el juguete de una guiri guapa y caprichosa —predijo Alfredo, y se metió en su habitación tras cerrar la puerta con un golpe seco.

Bernardo y Libertad se quedaron pasmados. Un silencioso instante después, la cantante fue a lo suyo.

—Alfredo se irá cuando termine de recoger, pero yo me quedo. Necesito tiempo para pensar dónde voy. Si somos amigos, vale para todo. Como me obligues a salir de aquí, ahora, despídete de mí hasta siempre —amenazó, mirándolo fijamente a los ojos.

—Está bien. No quiero perderte, amiga. Solo te pido que prometas que desde mañana empezarás a buscar casa.

—Descuida. Lo haré desde ahora mismo. Voy al bar a hablar con Santi y le plantearé la cuestión. Tú verás lo que haces con Ana. Estaba destrozada y se calmó porque Alfredo le ofreció su habitación. No quiere volver a Galicia con las manos vacías.

—Ana no es mi problema, Libertad. Hasta donde yo sé, era tu amiga. ¿O no?

—Bueno, tanto como mi amiga… Me la presentaron hace poco para que intentara ayudarle a vender sus diseños de bañadores. Es una buena persona. A veces me llama y quedamos. Creo que está muy sola. Eres tú el que se la ha tirado y le ha dado esperanzas… Seguro que te pusiste romanticón y le hiciste creer que significaba algo más que otro polvo en tu vida.

—No digas tonterías, joder —vociferó irritado. —Me comporté como soy: tierno y sensible. Ella me inspiraba más compasión que deseo. Te aseguro que en ningún momento le dije nada que le hiciera suponer que nos convertiríamos en pareja. Créeme, es la verdad.

—Da igual lo que yo crea. Lo importante es que hables con ella. No la dejes tirada en ese bar. Aunque solo sea por humanidad, o por compasión, como tú mismo acabas de decir. Vamos —ordenó decidida.

Se levantó de su silla y se puso la chaqueta, entretanto indicaba con el gesto la puerta de la calle.

—Has ganado —masculló Bernardo al levantarse.

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«1, «2, «3, «4…

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