Una vida dura, muy dura, 18 relato dormido de La Escribidora

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Estremecedor relato de Gudea de Lagash en La Escribidora y sus relatos dormidos. Dieciocho entregas y no para de sorprendernos. Éste esta basado en hechos reales y comienza con la desesperación de una madre que no puede dar de comer a su hija porque no le queda leche en los pechos: “muérete, ya”, le dice.


En esta entrega…



«Y llegó el octavo, una boca más o menos según se mirara, si contaban o no con la niña chica, que permanecía allá en mitad del cementerio fundida con la tierra sin más, pensaba él, y arropada entre los ángeles, según ella. Era un niño sano hasta donde se podía, porque esta vez si había leche en los pechos»
«Además de recoger el tesoro del carbón que se quedaba entre las vías al paso de los trenes, las hojas de periódico formaron parte de sus vidas, no para la necesidad de saber, sino por la necesidad de suavizar sus maltrechos culos»

LA ESCRIBIDORA (LOS RELATOS DORMIDOS)

Por Gudea de Lagash

DÉCIMO OCTAVA ENTREGA. UNA VIDA DURA; MUY DURA.

BASADO EN HECHO REALES

Muérete yaaaaaaaaaaa!

Le gritaba la madre a la criatura famélica, que buscaba desesperada la leche materna en esos pechos resecos, de tanto amamantar a los siete hijos paridos sin descanso. Y es que colocar las traviesas de tren no daba para mucho.

Los llantos de la niña hicieron pegar un respingo a ese cuerpo prematuramente envejecido, por las penurias que cargaba desde siempre sobre sus huesos, y el alma que Dios equivocadamente había puesto en ella. Aunque dudaba de que, el hálito que una vez le dió, aún viviera en su interior ¿Por qué sino ese deseo horrible de que la pequeña dejara de existir? La sintió tirando de los pezones arrugados como una uva pasa, que una vez fueron gruesos y redondos, como dos apretadas y oscuras moras de la zarzamora, que tenía junto al pequeño corral, en el que durante algún tiempo acogió media docena de ponedoras y a un gallo viejo y escandaloso que perseguía a las gallinas sin mucho afán, seguramente por la edad, pero que como estaba en sus genes esa labor la llevó a cabo hasta el final de sus días, que lo fue como no podía ser de otra manera, en la olla familiar… pero de eso y del paso a mejor vida de las gallinas, también hacía ya no sabía cuánto tiempo y ahora solo quedaba en el corral junto a la zarzamora, el viejo borrico de la familia que sin otra cosa que hacer, porque por no tener, no tenía ni una mala brizna de alfalfa, ni una miserable mata de hierbajos… La niña lloró de nuevo, con un llanto tan desgarrador que ella volvió a gritar:

Una vida dura, muy dura, 18 relato dormido de La Escribidora

Ilustración original de JESÚS RUIZ FUENTES, para los relatos dormidos de La Escribidora. “UNA VIDA DURA, MUY DURA”.

—¡Muérete yaaaaaaaaaa! — Al tiempo que se estrujaba los pechos, con la esperanza de sacar alguna gota de mala leche — ¡Muérete yaaaaaaaaaa! le gritaba con la mirada fija en una podrida viga de madera, que soportaba un techo lleno de goteras.

Las lágrimas que inundaban sus ojos distorsionaban la madera y las gotas de lluvia habrían parecido luceros, si no fuera por la triste realidad de la humedad que empapaba su ropa. Apretujó contra su cuerpo, el desgraciado de su pequeña y rogó a ese Dios en el que no había dejado de creer a pesar de lo duro que era con ella, que se la llevara a ese mundo mejor, en donde esperaba que tuviera unos pechos henchidos de esa leche que ella era incapaz de darle, por no tener ni gallo, ni gallina, ni alfalfa que llevarse a la boca. No había nada; solo seis pares más de ojos hundidos y grandes, casi tan hambrientos como la niña chica. Y ese casi, era gracias al vetusto algarrobo que crecía junto al arroyo, que hacía que la prole no llegara a morirse de hambre.

El padre y Nolín, el hijo mayor, acompañaban a la niña chica, mientras el cura de negra sotana salmodiaba las últimas plegarias al dios que había marcado su destino. Y es que él no creía en ese dios a pesar de haberle trazado ese tortuoso camino del que no podía salirse por mucho que lo intentara. La niña chica desapareció bajo la tierra del Campo Santo a golpe de pala que él mismo dió, por no querer, que los últimos sonidos que su hija escuchara fueran producidos por las manos de otro: — Adiós mi pequeña; fúndete con la tierra ya que no hay más — murmuró a sabiendas de que si Francisca, su mujer, hubiera estado allí, no habría sido capaz de pronunciar esas palabras sin sentirse turbado, porque sabía lo que pensaba respecto a eso.— No sé como aún puedes creer en tu dios…— volvió a murmurar, volviendo la espalda al pequeño montículo de tierra formado en el suelo del cementerio — Vamos Nolín…

Y se alejaron, junto al cura, del jardín de los dormidos, tirando uno para un lado y ellos dos para la tierra yerma, donde esperaba el dolor y la desesperación en forma de ojos y bocas hambrientos.

Y llegó el octavo, una boca más o menos según se mirara, si contaban o no con la niña chica, que permanecía allá en mitad del cementerio fundida con la tierra sin más, pensaba él, y arropada entre los ángeles, según ella. Era un niño sano hasta donde se podía, porque esta vez si había leche en los pechos, gracias al viejo borrico, que alimentó a la familia durante el invierno, con esa carne dura y secada al sol que forraba sus viejos huesos. Lo había pasado mal cuando tomó la decisión de acabar con aquel, que había sido compañero abnegado durante tantos años, pero era la familia o él. Su viejo amigo acabó de disipar sus dudas cuando le miró a los ojos; esos ojos viejos y cansados que todavía conservaban la nobleza del animal.

Y pasaron los años y tras la guerra, cambiaron de pueblo huyendo de más hambre: si es que se podía tener más, en esa posguerra. — Es lo que pensaba hasta que le dieron trabajo como guarda—agujas en aquel pueblo de la Mancha a donde habían ido a parar. Y ocuparon una pequeña y destartalada casa al borde de la vía del tren, sin goteras y con un diminuto huerto que el anterior guarda—agujas, había dejado con algunas matas de alubias, y cuatro tomateras al lado de un peral. Y José pensó que tal vez ese dios que se llevó a la niña chica, y en el que Francisca creía, pudiera habitar en alguna parte; pero solo lo pensó…

—¡Nolín, Nolín!

El pequeño corría al encuentro del hermano mayor, que regresaba de su trabajo como peón albañil. No es que hubiera mucho en el pueblo, pero de cuando en cuando ponía una paletada de argamasa aquí o allá y algo llevaba a casa, como ese chusco de pan negro que guardaba para el pequeño Vicente, y que éste comía con fruición, mientras lo montaba a caballo sobre sus hombros, por el último tramo del camino que llevaba al hogar. Le tenía un cariño especial, quizá porque con él llegaron tiempos mejores y eso le hacía entrever una pequeña luz en la dura vida de la familia.

—¿Que has hecho hoy?— le dice a Vicente, sabiendo lo que había hecho por ser lo mismo que el día anterior, y el otro y el otro, como también sabía que al día siguiente sería otra vez igual, y así hasta que acabara el verano.

—Si ya lo sabes; me he pasado toda la mañana y toda la tarde sentado en la madera sujetando la cuerda mientras la mula daba vueltas…

El hermano mayor sonrió por la infantil forma de explicarle que se pasaba mañana y tarde sentado en el trillo, sujetando las riendas del animal para que no cambiara su trayectoria, algo demasiado complicado de expresar para un niño de tan solo cuatro años que por necesidades familiares hacia las veces de guía.

—Toma, como ahora ya no sales al camino te lo traigo aquí — le dice alargándole el chusco de pan guardado para él.

El chiquillo se agarró a su cuello haciendo que el animal se saliera del recorrido.

—Suéltate, y sigue con lo tuyo que si no madre se enfadará.— Los ojos del hermano mayor sonreían al pequeño, al verle comer con ganas aquel pan duro.

—¿Que dice aquí? — le pregunta a la madre enseñando el pedazo de periódico que había troceado.

—¡Y yo que sé! Anda déjate de bobadas y no pierdas más tiempo.

De cuando en cuando el viento arrastraba hojas de periódicos que los pasajeros de los trenes tiraban por la ventanilla. Eran con diferencia, mejor que el canto de una piedra, por muy lisa que ésta estuviera para limpiarse el trasero, así que además de recoger el tesoro del carbón que se quedaba entre las vías al paso de los trenes, las hojas de periódico formaron parte de sus vidas, no para la necesidad de saber, sino por la necesidad de suavizar sus maltrechos culos.

—¡Pues yo quiero saber que pone aquí!, gritaba Vicente blandiendo en la nariz de su madre el pedazo de periódico.

—Calla y llama a padre que las gachas están ya a punto.

Se sentía el más feliz de los mortales cuando bajaba al pueblo con su hermano Nolín. Lo llevaba sobre su cuello y él se agarraba a la fuerte mata de pelo negro, como lo haría sobre un caballo alazán.

—No le cuentes nada a madre — le dice guiñando un ojo y soltando una perra gorda al buhonero.— Toma, ¿no querías leer?

El chiquillo no podía creer lo que tenía entre las manos: un montón de papeles con dibujos que jamás había visto, en donde las letras campaban alegremente. Tras la sorpresa vino la cara de decepción.

—¿Que te ocurre?

—Es que no sé quien me va a enseñar…

—Mira… yo sé algunas letras, las he aprendido de unos y de otros en la obra. Yo te enseñare hasta donde sepa.

Y al chiquillo se le iluminó la cara.

Había pasado el tiempo, y el padre decidió que los cinco años del benjamín eran años suficientes para cuidar unas cuantas ovejas allá en el monte, así que ni corto ni perezoso, compró tres animales de buen ver, con lo poco que habían guardado gracias al trabajo duro de toda la familia, porque el resto de los hijos trabajaban todos. Ellas en las casas de los señores, y ellos en el ladrillo: Vicente sabrá hacerlo bien, es un muchacho testarudo como una mula y si alguna se le desmanda, la traerá de nuevo al redil ¡Si lo sabré yo! — pensó esbozando algo parecido a una sonrisa. Y es que hacía tanto tiempo que no reía, que ya se le había olvidado como se hacía. Recordaba como esa criatura había demostrado su orgullo de persona, a la edad de tres y cuatro años, cuando la señora del pueblo, una beata hipócrita y soberbia, se empeñaba en humillarle con dulces y bocadillos:—¿Quieres pan? Pues pídemelo, dí: señora deme pan…, pero él nunca le dio ese gustazo; ese es mi chico. Y volvió a dibujar esa nueva torpe sonrisa que había estrenado por vivir tiempos mejores. Y por esos tiempos mejores, al pequeño había que darle su mérito, pues gracias a ese verano que pasó sentado en la trilla sin más compañía que la vieja mula y las moscas ¡trescientas pesetas! había aportado el chiquillo a la economía familiar, y por ese motivo estaba en disposición de empezar con las ovejas. Sí. Ese era su chico…

Tres ovejas, un cacho tocino, junto a un mendrugo en el morral. Y entre el pecho y el viejo jersey de lana, el cuento que su hermano Nolín aquel día de fiesta le compró. El viento soplaba y hacía frío allí arriba, a pesar de no haber llegado aún el invierno. El chiquillo buscó un árbol en donde refugiarse de la lluvia, si llegaba, y para descanso de sus huesos; esos huesos cansados antes de crecer. Le echó un vistazo a las ovejas, y miró al pastor que le observaba con ojos de: dime que hago que lo haré, como buen perro ovejero que soy. Luego se sentó bajo la encina frondosa, soberbia, y firmemente arraigada a la tierra, que nada más llegar al monte le atrajo como el imán al metal. Y allí día sí, y día también, aprendió a leer con el único apoyo del alfabeto que le enseño su hermano.

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