Aquellos espejos estaban vivos, 15ª entrega de El esclavo de los nueve espejos

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El sicario y ex policía Neblí da dos pasos atrás y rompe la conexión con el espejo en el que está encerrado el cacique Emiliano Suárez. No puede digerir lo sucedido.

Aquellos espejos almacenaban la esencia de las pesadillas, vibraban en el interior, eran como charcos callejeros. Aquellos espejos estaban vivos…

Así concluía la semana pasada Doble condena, décimo cuarta entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«Y fue entonces, concluyó el plumilla, cuando el barón descubrió que estaba de nuevo ante el espejo. Y que podía repetir lo mismo que había hecho. Y volver a este lado. Pero entendió que solo huía del vacío al vacío. No le quedaron ganas de averiguarlo ni en el fondo sabía, en ese instante, en qué lado de la realidad se había varado. Y se quedó quieto, mirándose entontecido, sin saber dónde estaba realmente. Únicamente sintió la obligación de contar su historia cada vez que despertaba y se veía. Cada vez que despertaba y se veía. Cada vez…»

En esta entrega…


«Desde luego, consideró, lo que estaba sucediendo era cuando menos inquietante. Un hombre que deseaba morir y, sin embargo, no quería suicidarse, lo que aparentemente le hubiera resultado mucho más sencillo, un salón engendrado por la mente de un lunático y un puñado de espejos que diluían la razón, hipnóticos y posesivos. Era demasiado. Necesitaba un momento de frialdad, de rigor intelectual. Aquello no era lógico y, en consecuencia, no podía ser cierto.»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

DÉCIMO QUINTA ENTREGA. AQUELLOS ESPEJOS ESTABAN VIVOS.

ESPEJO DOS

(El peón)

Neblí dio dos pasos atrás. Todavía no podía digerir lo sucedido. Se había sentido desposeído de sí mismo. Aquellos espejos, como los charcos callejeros, estaban vivos. Vibraban interiormente. Almacenaban la esencia de las pesadillas.

Sólo ante ellos, mientras miraba a su alrededor, contemplando aquel espacio reflectante, se supo minúsculo y desamparado. Era increíble. No podía ser. Pero estaba siendo. A cada pulso, en cada poro, tras cada sensación, había sido don Emiliano, el padre de su anfitrión.

Neblí se sintió fascinado. Giró el cuerpo y quedó a sólo una zancada del tercer espejo. Antes de zambullirse en él, buscó la presencia de don Rogelio. Pero no había nadie a sus espaldas.

Desde luego, consideró, lo que estaba sucediendo era cuando menos inquietante. Un hombre que deseaba morir y, sin embargo, no quería suicidarse, lo que aparentemente le hubiera resultado mucho más sencillo, un salón engendrado por la mente de un lunático y un puñado de espejos que diluían la razón, hipnóticos y posesivos. Era demasiado. Necesitaba un momento de frialdad, de rigor intelectual. Aquello no era lógico y, en consecuencia, no podía ser cierto. Uno puede haber pegado un tiro a alguien en el pecho, reflexionó, y creer que ése alguien ha muerto. Más tarde, puede encontrárselo en la calle y hasta dudar de si es o no un fantasma. Pero la razón genera una explicación elemental: la bala no le alcanzó el corazón. Y se salvó por un pelo del tamaño de un chorizo.

Quizás, pensó, vivía un sueño peculiar. Después de todo, se dijo, hay pesadillas que te hacen experimentar momentos de nítida angustia, de sufrimientos y dolores concretos, incluso mayores que los soportados por la consciencia de la realidad. Y no podía estar seguro. Porque, ¿quién puede estarlo de nada cuando se pregunta a sí mismo si está despierto o duerme?

Se reinició como si fuera su propio ordenador. Tenía que experimentar algo que no pudiera pertenecer a un sueño. Por ejemplo, caviló, si era una alucinación, podría tirar de su párpado hasta arrancárselo y no le dolería. Estando espabilado, era inimaginable. Así que tiró del tarso con todas sus fuerzas. Y el ojo se le descompuso. Le dolió insufriblemente. Y lloró. Aunque quiso evitarlo, no pudo contener las ganas de gritar y aulló como un lobo hambriento.

Contempló, atravesando las lágrimas con su mirada enrojecida, la imagen distorsionada del convidante. Acababa de entrar y su figura rebotaba por doquier. Sonriendo, le dijo:

–Está usted despierto.

Era muy listo. Pero Neblí le preguntó:

–Y usted ¿cómo lo sabe?

–Porque he pasado por lo mismo. Sólo hay un modo de estar seguro. Hay que creer. Si uno mismo no cree que está despierto da igual estarlo o no.

Neblí sonrió. Siempre había creído que estaba despierto. Incluso cuando soñaba. Movió los brazos como aspas, barriendo con sus índices la sala circular. “Entonces —preguntó— ¿todo esto es verdad?”.

Don Rogelio puso cara de circunstancias;

–Tan verdad como Troya, que no existió sino en el espejo del arte durante siglos. Y era.

El convidado sostuvo la mirada endurecida de su anfitrión. Algo se había tensado inadvertidamente entre los dos. Quizás fueron las preguntas excesivas. O su contenido. Sus pupilas se transformaron en varas puntiagudas y establecieron una pugna singular de picota sobre el espacio común del entendimiento. Sólo la habilidad penetradora de la vista marcó los terrenos conquistados. Catarroma (castúo): “Juego infantil en que se va clavando la estaca sobre el suelo del adversario”. Así fue su cruce de miradas antes de que Neblí, desafiante, optase por zambullirse en aquel segundo espejo.

Pasó los dedos por los bordes y acarició suavemente su marco invisible. Cuando la mano resbaló  hacia el epicentro, tuvo la sensación de que atravesaba una superficie líquida, transparente como el agua. Perdió el tacto y presintió vagamente que le abandonaba el discernimiento. Desde el fondo del espejo, un pretencioso esclavo le llamó en voz baja. Luego subió de tono, se aproximó y se apoderó de sus sentidos.

—Entregas anteriores—

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

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Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

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