Atunes contra mariposas, 11 entrega de A tres pasos de Luna

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Algo así no lo recordaban ni los habitantes más mayores de la isla. Hace unos días que a la isla han llegado, sorpresivamente, una pequeña colonia de mariposas. Seguramente una racha de levante las habrá empujado. La mente de Luna viaja en su persecución, mientras Juan insiste, relata con pasión la migración y pesca del atún. Atunes contra mariposas…

Así terminaba la semana pasada Mariposas, décima entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón:

«Tengo que ser sincera y confesar que, aunque lo observaba con interés, hasta ese momento no había escuchado ni una sola palabra. Simplemente, me limitaba a asentir con gesto de muñeca. Mi mente estaba totalmente invadida por una imagen y no cabía nada más. Algo único que no recordaba haber visto en mi vida: mariposas»

En esta entrega…


«Me sonreía al hablar y esperaba a que se la devolviera demostrándole así mi interés, pero yo no estaba allí. Mi mente decidía volar hacia el exterior y perderse en aquel mágico rincón en el que, después de tener la paciencia del santo Job, conseguí dar con ellas. Se trataba de una pequeña caverna en la que pude entrar precisamente por mi pequeño tamaño y delgadez. Aun así, me arañé un poco los brazos y las piernas con la pared rocosa de la entrada.

¡Nada, que no me dejaba pensar! ¡No había forma! ¡No se callaba!»

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

DÉCIMO PRIMERA ENTREGA. ATUNES CONTRA MARIPOSAS.

Juan me sonreía, puesto que mi mueca no le dejaba dudas. No entendía nada y eso que me esforzaba para que no notara que el tema me aburría muchísimo. Tenía que hacer verdaderos esfuerzos para que mi cabeza no cayera sobre aquella mesa de puro sopor que me entraba escuchándole, aunque él no se daba por aludido y continuaba hablando sin parar en el mismo tono monótono.

Hacía unos días que a la isla habían llegado, sorpresivamente, una pequeña colonia de mariposas. Hasta el mismo Juan me llegó a comentar que algo así no lo recordaban ni los habitantes más mayores. Seguramente una racha de levante las habría empujado desde el Cabo de Santa Pola hasta nuestra isla. Todos los niños se volvieron locos buscándolas sin resultado. Esto les sucedió al no ser tan observadores como yo. ¡Qué tontos! Tan solo tenían que limitarse a vigilar sin prisa hasta captar a una de ellas para poderla seguir. Algo que no resultó ser ningún problema, puesto que al carecer totalmente de noción del tiempo, era capaz de pasarme horas y horas observando hasta encontrar alguna pista. Una risilla maliciosa hacía ecos en mi interior cada vez que lo pensaba, porque gracias a eso las disfrutaba todo lo que me apetecía sin que me molestara nadie.

Mientras mi mente estaba en aquella gruta, os aseguro que la voz de Juan me llegaba lejana a pesar de mis esfuerzos por no evadirme.

—La nuestra es la de copo o de buche y se arma en pleno paso de los atunes en su migración. Se le suele llamar de paso y de derecho al cubrir las dos trayectorias, es decir, que es un viaje de ida y vuelta. Antes incluso de montar toda la estructura, se abre una veda que prohíbe todo tipo de pesca a dos millas del calamento. Esto provoca conflictos al ser muy difícil controlar si realmente se cumple. Ya te he dicho muchas veces que en este mundo hay gente para todo.

Me sonreía al hablar y esperaba a que se la devolviera demostrándole así mi interés, pero yo no estaba allí. Mi mente decidía volar hacia el exterior y perderse en aquel mágico rincón en el que, después de tener la paciencia del santo Job, conseguí dar con ellas. Se trataba de una pequeña caverna en la que pude entrar precisamente por mi pequeño tamaño y delgadez. Aun así, me arañé un poco los brazos y las piernas con la pared rocosa de la entrada.

¡Nada, que no me dejaba pensar! ¡No había forma! ¡No se callaba!

Su voz era un runrún continuo. Y seguía, seguía…

—Bien. La Almadraba no se trata de un sistema muy complicado. —Para que yo lo entendiera mejor, a la vez que hablaba, me dibujaba sobre un papel cada sección que nombraba con un trozo de cáscara carbonizada de nuestra pequeña hoguera—. Está formada por una parte fija o cuadro y unas redes móviles con las que se obliga a los atunes a entrar. Se fija a la tierra con la rabera de dentro o de tierra, que aquí en Tabarca está situada a una milla y fijada al islote de La Galera. Mar adentro se coloca otra red, la rabera de fuera, con la que se empuja a los peces a la boca del cuadro. El atún choca con la rabera de tierra y sigue esa pared vertical de redes hasta desembocar en el cuadro y la boca de la Almadraba. Si por casualidad, aun así, intentara escapar se toparía con las redes llamadas legítima y contralegitima, cerrándoles el paso y haciéndolos regresar al interior del cuadro.

Yo continuaba a lo mío…

No os podéis imaginar qué sensación más increíble. Al entrar permanecía totalmente quieta, sin efectuar ningún tipo de movimiento y entonces… ¡revoloteaban a mi alrededor! El leve roce de sus alas parecían caricias. No les asustaba mi presencia y rozaban mi pelo, mis brazos, mis piernas, con verdadera curiosidad por un ser como yo. Eran bellísimas. En aquella caverna apenas entraba un rayo de luz y era suficiente para poder observar la belleza de sus alas. ¡Me parecían mágicas!

—Tienes que saber que este tipo de pesca es bastante agresiva y peligrosa. Imagínate que grandes piezas de atún, que pueden rondar los quinientos kilos, se amontonan en un sitio cerrado y reducido, después de pasar por las diferentes secciones en las que está dividido este cuadro: la cámara, el buche y el bordonal hasta llegar al copo, la zona final, donde hay redes de maya cada vez más tupidas en el fondo. Entonces, y solo entonces, el arráez que es el que decide cuándo es el momento adecuado, vamos el que manda… —Al llegar a este punto me guiñaba un ojo, pero no conseguía captar mi atención. Me sentía atrapada, porque por más que lo intentaba con desesperación, menos conseguía disimular los bostezos que a medias podía contener. Un sentimiento de culpa me ahogaba. Nunca he conseguido entender cuál era la necesidad de saber todo aquello. Si precisamente las mujeres no pescaban en la Almadraba. ¡Eso no había quién lo entendiera y empezaba a desesperarme!… ¡Me quiero ir! ¡Ya está! ¡Voy a fingir dolor de tripa! ¡Ay, no! Eso no me va a funcionar. Ya lo he hecho demasiadas veces ¡Uf! ¡Y sigue!—, da la orden y desde los barcos que hemos ido colocándonos alrededor del copo, tiramos de las redes hacia arriba provocando que suban a la superficie todas las piezas a la vez. A esta maniobra la llamamos la levantada y es la parte más peligrosa sin dudar. Nos inclinamos tanto que prácticamente, tenemos el cuerpo fuera de la borda, para aprovechar al máximo la fuerza de los coletazos que dan los propios atunes intentando escapar para subirlos a bordo con un gancho especial pasado por la muñeca o bichero. —Se quedó callado unos segundos para observar con detenimiento el dibujo—. Los copejadores se sitúan en tres de las embarcaciones que hay alrededor del copo preparados con sus garfios, berres o cloques, para que al pasar el atún por el lateral del barco, darles un golpe y subirlos a bordo. Normalmente son tres y su nombre depende de en qué lugar estén a lo largo de la parte superior de la borda, la regala: atracador, montador y arrachador. El atracador primero intercepta al atún con un fuerte golpe. El montador, lo auxilia con otro certero golpe en el cuerpo del atún, a la vez que empieza a levantarlo y el arrachador lo empuja sobre cubierta evitando un golpe de aleta para entonces rematarlo.

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—A tres pasos de Luna—

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A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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