Pánico en el zoo, 7ª entrega de ¡Qué día el de aquella noche!

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«¡¡Que se espere Ana!!», se dice a sí mismo Juan de Dios tras su charla con el viejo chimpancé. Entre los gritos de los primates y los de la chiquillería, se dirige decidido a su auto, agarra el gato hidraúlico y pone en práctica lo que ya había planeado: provoca el pánico en el zoo…

Así concluía la semana pasada Charla con un viejo chimpancé, sexta entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

«En un determinado momento, el homínido juntó las palmas de las manos como en signo de oración. Bajó la cabeza y alzó unos ojos que hablaban por sí solos. En ellos quiso adivinar el ruego de que los dejara libres.

—¿Y tú? —le interrogó visualmente.

—Los viejos ya estamos zoologizados y no sabríamos vivir en libertad —entendió que le contestaba el simio.

—¡Lo haré, amigo!

La experiencia vivida hizo que se le encogieron las entrañas y se reafirmara en la convicción que ya tenía. Se alejó de allí para ir al encuentro de su mujer enfrascado en un mar de dudas»

En esta entrega…


«El susto que se llevaron los visitantes fue prodigioso por lo inesperado de la situación. La reacción no se hizo esperar y, como un torbellino, se lanzaron despavoridos entre carreras y empujones hacia las puertas de salida, que abordadas por la imprevista avalancha llegaron a bloquearse dando paso a una sucesión de escenas de histeria que excedían con mucho a las mejores películas de terror extremo»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

SÉPTIMA ENTREGA. PÁNICO EN EL ZOO.

Ana se revolvió sobresaltada al notar cómo le tocaban el hombro. Respiró profundo ante el gesto huraño del marido.

—¿Se te ha pasado ya el mareo? —preguntó la esposa por preguntar, porque el aspecto malencarado era el mismo que lucía desde por la mañana temprano.

El alboroto procedente de la zona de los primates fue abortado por un insólito silencio. Esta incógnita originó la demora de la respuesta.

Orientó la atención hacia esa parte y vio como dos primates, un macho y una hembra, fornicaban sin andarse por las ramas delante de un público variopinto. Los mayores sonreían condescendientes y los pequeños, al no saber lo que ocurría, no perdían detalle del acto.

«Es justo lo que me faltaba para decidirme a actuar», pensó Juan de Dios.

—Sí, ya se pasó, ¿te apetece que demos una vuelta? —contestó.

Poco habían caminado cuando se tropezaron con un puesto de helados. Como a Ana le privaban, adquirieron una tarrina de turrón para ella y un sorbete de leche merengada para él y continuaron el recorrido saboreándolos.

La falta de urbanidad de los más pequeñines, que saltaban y hacían carreras frenéticas de un lado para otro sin hacer caso de los avisos y llamadas de sus mayores, les fastidió. Pero la comicidad de ver correr a los padres hasta alcanzarlos y el llanto terco de los niños por no conseguir salirse con la suya, les hizo gracia.

Por el camino se recreaban contemplando los distintos animales. Casi sin darse cuenta llegó la hora de almorzar; entonces, echaron en falta el macuto con la comida.

—Hemos olvidado sacar la mochila del coche –dijo Ana.

—Voy a por ella –dijo Juan de Dios.

—Espera, te acompaño.

—No hace falta, hay un buen trecho y es una tontería ir los dos. Espérame al lado de esa fuente —dijo señalándola.

—Está bien. No tardes.

A la salida, una taquillera con cara de pocos amigos le estampó un sello en el dorso de la mano para que al regreso no tuviera problemas para volver a entrar.

No recordaba muy bien dónde había estacionado el auto y le llevó un rato largo encontrarlo. Cuando se disponía a abrir el maletero le llegaron los chillidos agresivos de los chimpancés y la algarabía junto a las carcajadas de los chavales.

En la imaginación se le manifestaron las imágenes presenciadas hacía poco, con toda claridad. Sin pensárselo dos veces decidió variar el plan que se había fijado de soltarlos después de dejar a Ana en casa y volver al parque cuando estuviese cerrado. Así es que, envolvió el gato hidráulico del coche y lo metió en la mochila junto a los víveres.

Desanduvo el camino y mostró en una de las taquillas el sello. Hecho el trámite, se precipitó al interior como una exhalación.

«¡¡Que se espere Ana!!», se dijo.

Como quien no quiere la cosa, bordeó las jaulas. Con la ayuda del gato agrando la separación de los barrotes de todas ellas. Cuando los primates más jóvenes saltaron de árbol en árbol dando gritos de alegría y llegaron a salvar las vallas del zoo, el viejo chimpancé brincaba alborozado.

En un instante, el pánico se adueñó del parque.

El susto que se llevaron los visitantes fue prodigioso por lo inesperado de la situación. La reacción no se hizo esperar y, como un torbellino, se lanzaron despavoridos entre carreras y empujones hacia las puertas de salida, que abordadas por la imprevista avalancha llegaron a bloquearse dando paso a una sucesión de escenas de histeria que excedían con mucho a las mejores películas de terror extremo.

Tal fue el desconcierto de Juan de Dios al ver como el viejo mono se negaba a abandonar la jaula que no se percató de la cercanía de los guardias de seguridad hasta que ya fue demasiado tarde.

Estos, tras inmovilizarlo, lo retuvieron hasta que hizo acto de presencia la policía. Su traslado a comisaría fue inmediato.

A partir de ahí, los acontecimientos rodaron por sí solos.

De esta forma, Alejandra dio por terminada la historia del paciente.

—Entregas anteriores—

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Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

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