De vuelta a empezar, 6ª entrega de En el fin de la Tierra

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Tras el anuncio de Bernardo, se produce la desbandada. Bernardo da la cara con Ana a la que deja tirada en la calle. Libertad intenta convencer a su novio para que busquen juntos un nuevo piso. Y Alfredo no ha esperado un minuto para abandonar la casa con dos enormes maletas. Otra vez de vuelta a empezar…

Así terminaba la semana pasada Mis casa no es un hotel, quinta entrega de En el fin de la Tierra, una novela de Rocío Castrillo.

«—Da igual lo que yo crea. Lo importante es que hables con ella. No la dejes tirada en ese bar. Aunque solo sea por humanidad, o por compasión, como tú mismo acabas de decir. Vamos —ordenó decidida.

Se levantó de su silla y se puso la chaqueta, entretanto indicaba con el gesto la puerta de la calle.

—Has ganado —masculló Bernardo al levantarse»

En esta entrega…


«Volver a casa de sus padres con cuarenta y cinco años y un hijo de quince se le presentaba como un trago difícil de asumir. Era el momento de plantearse en serio un cambio profesional y que sus estudios de realizador de televisión empezaran a darle frutos»

EN EL FIN DE LA TIERRA

Por Rocío Castrillo

SEXTA ENTREGA. DE VUELTA A EMPEZAR.

Se dirigieron al bar de la esquina, cada uno con un cometido. Bernardo, el de aliviar las penas de Ana Alvedro. Libertad, el de convencer a Santi, su nuevo novio, para que buscaran un apartamento pequeño donde vivir juntos.

Alfredo abandonó la casa de Bernardo cargado con dos maletas abultadas, una en cada mano, y una gruesa mochila en la espalda que le obligaba a descender encorvado las escaleras. Por fin en la planta baja, dejó el pesado equipaje en un recoveco del portal y alcanzó en una carrera el bar de la esquina. Encontró a Libertad y a Santi discutiendo en la puerta. Pasó de largo y entró sin que ellos advirtieran su presencia. Bernardo y Ana estaban sentados en la primera mesa situada a la derecha del local. Él hablaba en tono bajo, gesticulando mucho; ella escuchaba, paciente.

—Buenas tardes —saludó. —Vengo a despedirme. He dejado mis cosas en el portal mientras busco un taxi, así que llevo prisa. Os deseo lo mejor. A ambos —especificó.

—¿Se puede saber dónde vas? —inquirió Bernardo.

—¿Dónde voy a ir? A casa de mis padres, está claro.

—Adiós, Alfredo —intervino Ana, al tiempo que se levantó para despedirse.

Se abrazaron. Él le susurró al oído que sentía no haber podido acogerla en una habitación que en realidad no era suya. Le recomendó que tratara de ser feliz y que no pensara en Bernardo ni un minuto más de su vida. Que no merecía la pena porque estaba obnubilado con la sueca y el resto del mundo, ella incluida, le importaba un comino. Ana asentía, aun siendo consciente de la imposibilidad de seguir el consejo que acababan de ofrecerle…

Bernardo esperó a que terminara el largo abrazo para estrechar la mano de su amigo. Alfredo salió apresurado a la calle, paró un taxi y pidió al conductor que le ayudara a cargar su equipaje. Divisó a Libertad y a Santi, que seguían discutiendo. Ya no estaban en la puerta del bar de la esquina, sino junto al portal del edificio donde habían vivido hasta ahora. La pareja se calló al verlo llegar. Él se limitó a desearles lo mejor. Libertad le sonrió y le guiñó el ojo derecho. “Que te vaya bien”, arguyó Santi, sin más.

Durante el trayecto desde Chamberí hasta Vallecas, el barrio obrero del sur de la capital en el que vivían sus progenitores, Alfredo miraba las calles iluminadas y bulliciosas del centro de la ciudad y se prometía a sí mismo que el traslado tenía que ser breve. Volver a casa de sus padres con cuarenta y cinco años y un hijo de quince se le presentaba como un trago difícil de asumir. Era el momento de plantearse en serio un cambio profesional y que sus estudios de realizador de televisión empezaran a darle frutos. Se había ganado bien la vida como diseñador gráfico durante casi veinte años, hasta que la eclosión de la informática obligó a los dibujantes del sector a dejar papeles y lápices para aprender el manejo de los nuevos programas de diseño gráfico por ordenador o cambiar de profesión. Por su parte, consideraba más factible la segunda opción. Y en ese rodar en taxi y comparar con ojos de melancolía las calles que dejaba con las que lo recibían, casi oscuras y silenciosas después de las diez de la noche, tomó la decisión de presentar su currículum en todos los estudios de televisión de Madrid. Tenía a su favor que la Ley de Televisión Privada, aprobada en España dos años atrás, en 1988, propició el crecimiento de las empresas dedicadas a producir contenidos audiovisuales y, por tanto, la demanda de realizadores. Era el momento de rentabilizar el curso de seiscientas horas de Especialista en Realización de Televisión que le sufragó su última empresa como uno de los conceptos de su indemnización por despido.

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