Era un maldito peón, 16 entrega de El esclavo de los nueve espejos

Apenas se ha dado cuenta, pero el ex policía y sicario Alejandro Neblí, ha atravesado la superficie líquida de otro espejo y sin saberlo un extraño se ha apoderado de sus sentidos y adueñado de su mente, un tal Abdón Martínez, un maldito peón de ajedrez…

Así concluía la semana pasada Aquellos espejos estaban vivos, 15ª entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«Pasó los dedos por los bordes y acarició suavemente su marco invisible. Cuando la mano resbaló  hacia el epicentro, tuvo la sensación de que atravesaba una superficie líquida, transparente como el agua. Perdió el tacto y presintió vagamente que le abandonaba el discernimiento. Desde el fondo del espejo, un pretencioso esclavo le llamó en voz baja. Luego subió de tono, se aproximó y se apoderó de sus sentidos»

En esta entrega…


«Pero no. Aquello no era cosa de las rayas. Ni mucho menos. Se asustó. Estaba dentro de una partida de ajedrez. Y era un maldito peón. Lo supo porque no tenía a nadie delante. Si fuera una torre, un caballo o un alfil, contemplaría con sus ojos inamovibles la espalda de otro humilde protector. Pero ante él sólo se extendía la cuadriculada tierra de nadie»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

DÉCIMO SEXTA ENTREGA. ERA UN MALDITO PEÓN.

Era un tal Abdón Martínez. Se adueñó de su mente y Neblí dejó de existir. El timbre era leñoso, inhumano. “Ellos tienen oídos y no oirán”, repetía. Incluso en latín: “Aures habent et non audient”. Pero no podía ser. ¿Cuándo aprendió latín? ¡Ah, no! Aunque no podía verse, sabía que estaba pensando.  Y que tenía memoria. Recordó, por ponerse un ejemplo a sí mismo, aquel escrito enigmático del gran Rubén Darío cuyo sentido nunca pudo descifrar: “Aún guarda la esperanza la caja de Pandora”. Y se rio sin carcajadas.

¿Entonces?

Para Abdón Martínez fue impropio, cuando menos, despertarse en pie, descubrirse rígido sobre un suelo de gigantescas baldosas cuadriculadas, ordenadas alternativamente en blanco y negro. Y sentirse de madera, inmóvil, pedernal. Eso fue lo primero que sintió antes de, raudo en la asunción de su circunstancia, comprender que no podía girar la cabeza. Sonrió sin captar el movimiento de sus comisuras. “Estoy soñando”, razonó. Pero descubrió de inmediato que no era así. Estaba insomne, vigilante, atento. Y pudo ver por el rabillo del ojo derecho cómo alguien semejante a él era levantado por unos dedos enormes, de pulcras uñas y piel bronceada, que lo situaban dos cuadros adelante.

—Peón cuatro reina. ¡Qué poco original! –dijo una voz estruendosa que salía de los labios de un hombre descomunal situado frente a él, lejos, en quien no había reparado hasta entonces porque las formas del fondo le resultaban gigantescas. Eran tan difusas que no pudo precisarlas hasta entenderlo todo, hasta que comprendió que aquello, sí, era una maldita partida de ajedrez. “No puede ser –pensó-. Estoy alucinando”. Se imaginó a sí mismo sentado en el tresillo del salón de su piso, espesado de coca, y se dijo que nunca le había dado tan fuerte.

Pero no. Aquello no era cosa de las rayas. Ni mucho menos. Se asustó. Estaba dentro de una partida de ajedrez. Y era un maldito peón. Lo supo porque no tenía a nadie delante. Si fuera una torre, un caballo o un alfil, contemplaría con sus ojos inamovibles la espalda de otro humilde protector. Pero ante él sólo se extendía la cuadriculada tierra de nadie. Y, al fondo, una hilera de amenazantes peones blancos  le acechaba con indiferencia.

Estaban detalladamente labrados y eran de madera lacada, brillantes, casi apuestos. Los definía una cota de malla que les cubría el pelo y bajaba hasta fundirse con el pecho. Sus caras, iguales, parecían amortajadas. Y donde acababa el peto, la talla imitaba unas extemporáneas calzas ajustadas que destacaban los muslos y alisaban el sexo. Eran, eso sí, singularmente esbeltos. Le agradó porque comprendió que él, pintado de negro, debía tener su misma estampa.

Abdón apreció, sobre sus cabezas, las almenas de los roques, los belfos pronunciados de los quietos pero encabritados corceles, los cascos puntiagudos de los caballeros y una testuz coronada que tenía a su lado una dama de rostro seráfico, la reina de capirote. Como no podía girar el rostro, calculó su posición examinando a los adversarios. Mirando al frente, como estaba, le bastó seguir la fila de las baldosas y discernir la figura que sobresalía por encima de su peón enemigo. Era un caballo blanco situado a la izquierda de su rey. De modo, se dijo, que él no podía ser sino el peón defensor del caballo contrario. Y, como era azabache, corría el riesgo de que le destruyeran más pronto que tarde porque el rey, su rey, se enrocaría en corto e iría a protegerse lejos de su zona. “Amada Caissa –había pensado entonces–, confío en que, cuando llegue el momento, seáis mi más pujante valedora”.

El peón comprendió que se avecinaban movimientos poco interesantes. “Los inicios –se había dicho– siempre están desprovistos de pasión porque es natural que los primeros pasos estén preñados de esperanza y, en consecuencia, se asemejen”. “Además –siguió reflexionando– la gloria siempre se presume cuando todo acaba de empezar”.

Apreció cómo unos dedos irreales, lechosos, elevaban otro peón hasta situarlo sobre el cuadro azabache que tenía frente a sí. El índice y el pulgar de aquel Altísimo eran menudos y largos. Y, aunque alentados por una ligereza sosegada, se movían con la liturgia de los poderosos. La gran mano alba se retiró por encima de la cabeza del monarca bruno y Abdón escuchó unas palabras que estaba seguro de haber pronunciado él mismo en muchas ocasiones: “Las cinco o seis próximas jugadas van a ser aburridas, las mismas de siempre”.

En efecto. Desde su inerme posición pudo ver cómo se movían los caballos contrarios. En el flanco propio, el corcel zaino que descansaba a su espalda saltó sobre su cabeza y se situó delante, pero a su izquierda, protegiendo al peón de avanzadilla. Dos movimientos después, uno de sus alfiles voló hacia un cuadro lejano donde podía ser devorado por la reina enemiga si el caballo negro que tenía detrás no le hubiera protegido. En el espacio físico que abarcaba su mirada desvalida entró de inmediato un caballo blanco y, de nuevo, otro de color oscuro hizo lo propio.

Lo de siempre. Era lo de siempre. Y no dejó de serlo hasta que las piezas estuvieron situadas como cabía esperar y resultó inevitable la mutua destrucción.

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EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Historia de una maldición

UNA NOVELA DE RAIMUNDO CASTRO

Portada de El esclavo de los nueve espejos, de Raimundo Castro

Rogelio Suárez, el señorito de Torrealba, preso y desesperado por una maldición, e incapaz de acabar sus días por si mismo, decide contratar un sicario que termine con su vida. Pero antes de nada el matón privado tendrá que enfrentarse uno a uno a los nueve espejos. En cada uno de ellos desafiará las versiones más desesperantes de las miserias y debilidades humanas que le harán dudar…

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