Sin rencillas ni rencores, 12 entrega de A tres pasos de Luna

Juan acaba el cruel relato de la pesca en almadrabas, mientras Luna tiene su mente en las mariposas, hasta que las alarmas saltan en la cabeza de la niña: Juan podría estar en peligro.

Por lo demás, la vida en la isla de Tabarca transcurre tranquila en un pueblo sencillo donde no hay espacio para rencillas ni rencores…

Así terminaba la semana pasada Atunes contra mariposas, décima primera entrega de A tres pasos de Luna, la novela de Beatriz Cáceres que encogerá tu corazón.
Juan le detalla a Luna la pesca del atún, mientras la niña piensa en mariposas:

«El atracador primero intercepta al atún con un fuerte golpe. El montador, lo auxilia con otro certero golpe en el cuerpo del atún, a la vez que empieza a levantarlo y el arrachador lo empuja sobre cubierta evitando un golpe de aleta para entonces rematarlo»

En esta entrega…


«Esta isla (Tabarca) es una pequeña comunidad de unos cuarenta habitantes, como mucho. Están unidos por una solidaridad infranqueable. Vivir rodeados por todo un mar y con bastantes penurias, muchas más veces de lo que se desearía, crea un fuerte vínculo y esto hace que se ayuden unos a otros sin vacilar. No hay lugar para rencillas ni rencores. »

A TRES PASOS DE LUNA

Por Beatriz Cáceres

DÉCIMO SEGUNDA ENTREGA. SIN RENCILLAS NI RENCORES.

Qué crueldad. Está claro que tenemos que comer… ¡Por Dios! ¿Es necesario que sepa todo esto? ¡Me quiero irrrrrrrrr! ¡Quiero ver a las mariposas! ¡Esto no hay quién lo aguante! ¡Uf!. ¡Cada vez me cuesta disimular más los bostezos! Me va a pillar y me voy a quedar sin mariposas. ¡Que acabe ya por favor!

—Aunque siempre intentamos que el animal sufra lo mínimo y, al que sigue vivo, se le remata sobre la borda con un mazo. Tengo que decirte que en alguna ocasión hemos vivido la pérdida de algún compañero al caer al agua en medio de todo el caos. Ese el caso del marido de Rosa.

Un momento… ¿Ha fallecido alguien? Pero, entonces, ¿Juan está en peligro?

Captó mi atención justo cuando ya me imaginaba soltando a todas las mariposas para disfrutar de su vuelo. En mi cabeza era genial el plan que se me ocurrió para sacarlas de la gruta. Sencillamente era perfecto. Juan me miró, porque sabía perfectamente lo que me atemoriza. Sentía un pánico atroz tan solo con imaginar la posibilidad de que le pudiera suceder algo.

Cuando me ponía así, Juan solía sonreír para liberar la tensión del momento. Me decía que era de una pasta especial y que no lo tumbaba un levante. Ante lo que me limitaba a devolverle la sonrisa llena de temor sin terminar de creérmelo mucho.

Me gustaría decir que aquella fue la única vez que me habló del tema de la Almadraba, pero no es así. No ha parado de explicármelo una y otra vez durante todos estos años. Para él es fundamental que llegue a conocer lo máximo posible sobre el mundo que se desarrolla a mi alrededor.

¡Buf! Y esto lo digo como un secreto. ¡No lo he escuchado ninguna de las veces! Ha sido una especie de prueba de fuego a la que ha sometido mi paciencia. ¡Si supiera! ¿Cómo se le ocurre soltarle a una niña un rollo así? Está claro que yo no hablaba, pero no por eso dejaba de ser una niña. Lo único que quería era jugar. ¡Ah! Y respecto a las mariposas, cuando por fin llegué a la gruta habían desaparecido y jamás las he vuelto a ver. ¡Jo! ¡Con lo fantástico e increíble que era mi plan!

Bien, volviendo al tema…

Esta isla es una pequeña comunidad de unos cuarenta habitantes, como mucho. Están unidos por una solidaridad infranqueable. Vivir rodeados por todo un mar y con bastantes penurias, muchas más veces de lo que se desearía, crea un fuerte vínculo y esto hace que se ayuden unos a otros sin vacilar. No hay lugar para rencillas ni rencores. La necesidad es la que impera. Con esto quiero decir que se volcaron en cuanto supieron la noticia de mi existencia, dentro claro de las posibilidades del momento. Gracias a eso, la camisola de Juan que me servía de vestido, fue transformada en una batita muy fresca y con respecto a los zapatos, eso sí que era harina de otro costal, porque se ve que mi destino es caminar descalza.

El hecho de que viviéramos en la zona más al este, conseguía que me sintiera bien, ya que todos los demás habitantes vivían en la zona oeste de la isla en el interior de su plaza fortificada. Lo más cercano a nuestra cabaña era un pequeño faro. A continuación, y a cierta distancia, la casa de campo, con un pequeño huerto en el que intentaban cultivar trigo, avena, cebada, guisantes y garbanzos. También habían gallinas, conejos y varias vacas que eran las responsables de la poca leche de la disponíamos en la isla. Un poco más allá, existía una fortificación con muros de piedra ostionera, la torre de San José, que por suerte se encontraba deshabitada y prácticamente abandonada desde hacía un tiempo.

La realidad es que vivíamos en soledad, a no ser claro, que necesitáramos algo en concreto y no nos quedara otra que ir a la zona habitada. Esta situación me hacía sentirme libre, porque me permitía hacer todo lo que quería. Podía pasar horas recorriendo la isla descubriendo pequeños rincones o, por el contrario, simplemente tumbarme y observar el cielo. En Tabarca existía una comunidad increíble de gaviotas de las que empezaba a sentirme amiga. Hacía tan poco ruido al caminar que cuando se posaban en la pequeña explanada cercana a la cabaña, parecían no notar mi presencia y cada vez me acercaba un poco más a ellas. Para mí, eran la expresión de la belleza en el cielo. Sin embargo, para Juan no eran más que ratas con alas. Cuando decía eso sonreía pues como todo en la vida, depende de la perspectiva en que se mire.

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—A tres pasos de Luna—

UNA NOVELA DE BEATRIZ CÁCERES

A tres pasos de Luna, novela de Beatriz Cáceres

Dos mundos condenados a no encontrarse. Tres pasos, la distancia que debes respetar.

“No me digas que es imposible. Así que cállate y bésame… hasta que me dejes sin aire”

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