El tesoro tan deseado, 8 entrega de Que día el de aquella noche

Juan de Dios ha sido detenido y recluido en un Psiquiátrico por liberar a los chimpancés del zoo, pero el director del centro aún no está conforme. Desea saber por qué sigue ingresado. Alejandra, la enfermera, decide profundizar en el asunto y le cuenta el secreto mejor guardado de Juan de Dios: el del tesoro tan deseado…

Así concluía la semana pasada Pánico en el zoo, séptima entrega de ¡Qué día el de aquella noche!:

«Tal fue el desconcierto de Juan de Dios al ver como el viejo mono se negaba a abandonar la jaula que no se percató de la cercanía de los guardias de seguridad hasta que ya fue demasiado tarde.

Estos, tras inmovilizarlo, lo retuvieron hasta que hizo acto de presencia la policía. Su traslado a comisaría fue inmediato.

A partir de ahí, los acontecimientos rodaron por sí solos.

De esta forma, Alejandra dio por terminada la historia del paciente»

En esta entrega…



«De súbito, un buen número de puntos se precipitó al vacío. En su caída, iban radiando chispazos fugaces que conforme se iban alejando perdían el brillo hasta llegar a apagarse por completo, como si se tratasen de faros surgidos en la profundidad de la noche para orientar a los barcos a buen puerto»

¡QUE DÍA EL DE AQUELLA NOCHE!

Por Ignacio León Roldán

SÉPTIMA ENTREGA. EL TESORO TAN DESEADO.

5.La desconocida

—Es muy interesante su exposición pero hasta aquí solo ha referido los hechos que le llevaron a ser detenido — dijo el director—. Como ya le dije, estoy más interesado en por qué llegó a ser ingresado.

—Permítame entonces narrarle la confidencia que me hizo después de llevar aquí un tiempo sin hablar con nadie.

Siempre habíamos tenido afinidad recíproca, y ese día me estaba esperando. Nada más verme entrar esa mañana se acercó a mí. Lo encontré muy agobiado y con necesidad de desahogarse me pidió que cuando tuviese un momento libre lo buscase. Bajó la voz y, con misterio, dijo tener la necesidad de hablar conmigo a solas. Me interesé en saber si se encontraba mal. Me dijo que no, pero me adelantó que, después de mucho meditarlo, sospechaba de la interferencia de su mujer. No sabía cómo, mas estaba seguro de que ella había intervenido para que lo internasen en el psiquiátrico. Además, confesó haberme observado y ser yo de entre todo el personal quien más confianza le inspiraba, y por ello había decidido contarme lo sucedido poco antes de ser ingresado.

También, que si después de escucharle me parecía bien, esperaba que yo iniciase una discreta indagación sobre el asunto.

Le aseguré que estaría encantada de atenderle al término de la jornada, y me cité aquí mismo. Como podrá comprender, estuve todo el turno sobre ascuas.

Antonio entrecerró lo párpados y asintió con un ligero movimiento de cabeza.

Cuando salí a su encuentro pensé que el tema debía de ser muy serio al ver como rondaba impaciente entre las fuentes. Era chocante, pues lo normal era verlo deambular imperturbable mostrando su buen carácter.

Mi presencia una vez a su lado le tranquilizó y tomamos asiento en uno de los bancos.

Allí me describió con todo lujo de detalles como un día, después de cenar, sincerándose con su mujer, le confesó lo que jamás se había atrevido a contar a nadie.

Dijo haberle contado que desde su más tierna infancia ardía en su interior vivamente un fuego y cómo este le inducía a investigar la verdad escondida detrás de la aparente realidad. Le describió esa pira como la llama que, poco a poco, tras las primeras e inciertas andanadas se afianzaba y despejaba las sombras de su mente sin dejar ningún resquicio donde pudiese cobijarse la duda.

Incluso llegó a referirle la forma en que, sin pretenderlo, en aquel tiempo tuvo el atisbo de unos principios completamente distintos a los del común de los mortales, y cómo, a partir de ahí, le fue imposible seguir aceptando las normas, ya que una vez dentro de este escenario interior pudo interpretar como todo aquello que su intuición le sugiriese, podría ser llevado a cabo.

Esta circunstancia, muy al contrario de lo que se podría pensar, le llevó a ser mucho más abierto y pacífico, generoso y respetuoso con las diferencias.

No deseaba —le dijo a su mujer— que lo malinterpretase, pero cuando esto le sucedió, como era lógico, no podía continuar llevando una existencia normal.

Conforme iba hablando noté que se excitaba. En el fondo no le conocía mucho y pensé que estaba a punto de sufrir una crisis… No entendía nada, pero armada de paciencia le dije que se calmara y me lo pormenorizara.

Quedó callado un buen rato, hasta que dijo:

—Solo lo sabe mi ex mujer y…

El repentino titubeo me molestó, y cuando hice intención de levantarme exclamó:

—De todas formas, ¡qué más da! Confío en usted, por eso le seguiré contando:

Cuando regresé a casa de mis padres, le expliqué a mi mujer que tras una larga y excesiva jornada de trabajo, algo que no sabía explicar, ni definir, había despertado mi conciencia. Ana, mi esposa, pareció interesarse en comprender. Entonces así lo creí, lo que me animó a detallarle ese estímulo. Los árboles, los pájaros, el paisaje, incluso las gentes —especifiqué—, los apercibí diferentes; pero en todo caso fue muy curioso, porque el conjunto trasmitía serenidad y equilibrio frente a la disparidad. El hecho era que me invadió la certeza de haber descubierto por fin el tesoro tan deseado. Era tan sumamente inaudito lo que se desarrolló ante mis propias narices que, extasiado por la original situación, me demoré en llegar a casa. Rendido por la ajetreada jornada, cuando traspasé la puerta, no tenía ganas ni de comer. Enseguida me dirigí a la habitación a pesar de la oposición de mi madre que se puso hecha un basilisco, por mi negativa a cenar. Estuve dándole vueltas al tema mientras me desnudaba. El suave tacto de las sábanas de algodón, impregnadas de un delicioso aroma a lavanda, me acarició y me transportó a un profundo sopor.

En medio de un excitante sueño, vi al cielo arquearse y tomar forma abovedada. Pronto se cubrió de un sinfín de orificios a modo de puntadas bordadas. Automáticamente fueron todos cubiertos, en ilimitada variedad de colores, de un sinnúmero de incrustaciones, las cuales despedían con tal fulgor tan fortísimos destellos que por un breve instante me cegaron. Cuando recuperé la visión advertí como se iban agrupando de forma gradual al objeto, de conseguir hacer un cuerpo compacto con el fin de no dejar ni un solo resquicio por donde se pudiese filtrar la oscuridad. El espectáculo era tan fascinador que no pude dejar de admirar semejante belleza.

De súbito, un buen número de puntos se precipitó al vacío. En su caída, iban radiando chispazos fugaces que conforme se iban alejando perdían el brillo hasta llegar a apagarse por completo, como si se tratasen de faros surgidos en la profundidad de la noche para orientar a los barcos a buen puerto.

Sucedió en un abrir y cerrar de ojos. No podía creer que de verdad estuviese efectuándose semejante fenómeno. Con insólita rapidez el hueco dejado era cubierto por otras luces. Se me puso la carne de gallina y un sudor frió me empapó todo el cuerpo cuando llegó a mí el eco difuso de una voz.

—Entregas anteriores—

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Su pasión por la libertad le encerró en un Psiquiátrico

¡Qué día el de aquella noche!

Una novela de Ignacio León Roldán

En un mundo donde los selfies, el ego y los espejos están por encima de todo, ¡Qué día el de aquella noche! reflexiona sobre si con la libertad  uno llega a conocerse a sí mismo.

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