Chistes de niños soldados, 19 entrega de El coleccionista

El coqueteo de Michael y Ana termina con una cita profesional. La periodista desea conocer esa otra destrucción de Bagdad, la cultural. Michael y Tim salen tras el marine que tiene el mapa de la tumba de Alejandro. Tras el atentado les han puesto un guardaespaldas, un egipcio cansado de escuchar chistes de niños soldados…

Así terminaba la semana pasada La tumba de Alejandro Magno,  18ª entrega de El coleccionista:

«—Sí, que alguien está a punto de hacerse muy famoso. —Raúl inclinó la cabeza y miró hacia el techo—. Muy famoso.

—¡No! ¿Lo has olvidado? ¿Has olvidado la historia que nos contaba nuestro padre? No puedes haberlo olvidado.

Raúl se dirigió a su sillón y se dejó caer. Apoyó la espalda y subió los pies a la banqueta de madera. Cerró los ojos y permaneció inmóvil ante la atónita mirada de su hermano.

—Claro que lo recuerdo. —Se llevó las manos atrás de la nuca y respiró profundamente—. Imposible olvidarlo»

En esta entrega…


«Lo único que había escuchado durante los últimos meses eran chistes de niños soldados que recién llegaban al país con la intención de vencer a las tropas de la resistencia. Días más tarde, esos marines chistosos estaban llorando la muerte de algún compañero»

EL COLECCIONISTA

Por Cecilia Barale

DÉCIMO NOVENA ENTREGA. CHISTES DE NIÑOS SOLDADOS.

Capítulo 9

Michael estaba visiblemente excitado. Tim estaba a su lado, pensativo. Allen, Mayra y John se acercaron cuando terminaron de discutir cómo se dividirían las tareas. Ana seguía allí cerca, intentando llamar la atención de Michael nuevamente.

—¿A qué se debe tanta alegría repentina? —preguntó en voz alta la periodista.

—A nada —contestó Tim antes de que Michael pudiera decir algo.

Ana se acercó a Michael y miró con desdén a Tim. El joven le sostuvo la mirada a la mujer y luego le hizo un gesto a Michael buscando que la alejara de allí.

—Parece que se han recuperado varios de libros robados de la Biblioteca Nacional —dijo Michael mientras la miraba a los ojos.

—Me alegro mucho. —Ana sonrió intentando captar la atención del inglés—. Voy a mi cuarto. Tengo que enviar un artículo a Argentina esta noche. Después me gustaría entrevistarte, es un enfoque interesante el tuyo: la destrucción cultural de la guerra… me gusta. —Después de todo, la idea de Echelar no había sido tan mala, a pesar de que le molestase reconocerlo—. El daño colateral del que nadie habla.

—Encantado de poder ayudarte —sonrió. Parecía ser la única persona alegre en ese instante en aquel lugar.

—Debemos irnos —interrumpió Mayra, que estaba al lado de la pareja escuchando, atenta, la conversación.

Michael saludó a la joven periodista y la mujer se alejó del grupo. Cuando él giró para unirse a la conversación de sus compañeros, notó que todos se estaban riendo divertidos.

—¿Les resulta gracioso que me entrevisten? —les preguntó. Luego hizo un gesto con la cabeza señalando la salida—. No quiero llegar tarde.

***

Tim caminaba detrás de sus compañeros. Apenas salieron del hotel Palestine, observó hacia todos lados intentando ubicar al marine. John le gritó que se apurara y Tim tuvo que acelerar el paso. Caminaron media cuadra y se subieron a una camioneta vieja manejada por un hombre de aspecto árabe.

El ejército de Estados Unidos les había asignado un chofer-traductor mientras durarse su estadía allí. Después de la bomba del día anterior, no tenían otra opción que aceptar. El hombre tenía alrededor de cuarenta años. Sus pómulos eran angulosos y su rostro algo cuadrado. Tenía un callo en la frente producto de rezar cinco veces al día. Los labios tenían un tono grisáceo y parecían integrarse con asombrosa perfección al tono amarronado de su rostro. Se llamaba Anwar y había nacido en Assab, Egipto. Hacía unos años que viajaba por Medio Oriente trabajando como traductor. Estaba en Irak muy a su pesar, pero un contrato lo unía con una empresa que trabajaba en la reconstrucción del país y no lo dejaría ir hasta que este finalizara. Anwar no veía con buenos ojos el trabajo de las tropas anglo-americanas en ese país y se lo había hecho saber a sus superiores. Desde ese momento, el hombre pasaba sus días manejando un vehículo que llevaba y traía jóvenes soldados de una base a otra. El trabajo buscaba desmoralizarlo y lo estaba logrando. Lo único que había escuchado durante los últimos meses eran chistes de niños soldados que recién llegaban al país con la intención de vencer a las tropas de la resistencia. Días más tarde, esos marines chistosos estaban llorando la muerte de algún compañero y, de una vez y para siempre, la guerra les había borrado la juventud del rostro.

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El coleccionista

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El coleccionista, de Cecilia Barale

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Un coleccionista, una periodista y un restaurador persiguen el mismo tesoro, aunque por motivos diferentes: el mapa que lleva a la tumba de Alejandro Magno. Nadie confía en nadie. Todos son sospechosos. Pero, ¿quién mueve realmente los hilos?

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