El afamado hombre de negocios era un peón

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Abdón Martínez, el afamado hombre de negocios, era un peón. ¡Un peón en una maldita partida de ajedrez! Tenía conciencia del pecado, así que no podía ser un peón. Salvo en sueños. O por sobredosis.

Pero no, las piezas se mueven a su alrededor en un tablero donde se siente amenazado.

Así concluía la semana pasada Era un maldito peón, décimo sexta entrega de El esclavo de los nueve espejos, historia de una maldición: 

«En efecto. Desde su inerme posición pudo ver cómo se movían los caballos contrarios. En el flanco propio, el corcel zaino que descansaba a su espalda saltó sobre su cabeza y se situó delante, pero a su izquierda, protegiendo al peón de avanzadilla. Dos movimientos después, uno de sus alfiles voló hacia un cuadro lejano donde podía ser devorado por la reina enemiga si el caballo negro que tenía detrás no le hubiera protegido. En el espacio físico que abarcaba su mirada desvalida entró de inmediato un caballo blanco y, de nuevo, otro de color oscuro hizo lo propio.

Lo de siempre. Era lo de siempre. Y no dejó de serlo hasta que las piezas estuvieron situadas como cabía esperar y resultó inevitable la mutua destrucción»

En esta entrega…


«Era un hombre. Y tenía conciencia de serlo. Recordaba con añoranza a sus padres, sus hermanos, los primeros amores, el sin fin de afrentas y placeres dados y recibidos, los estudios, las protestas y los miedos. Incluso los ensueños, entre los que no había ninguno parecido al que estaba experimentando.
Todavía, aun, era Abdón Martínez, el afamado hombre de negocios, experto en uralitas, millonario, divorciado, un poco canalla. ¡Qué decía un poco! ¡A qué engañarse! Tenía la certeza de ser un sinvergüenza. Como todos los demás. Como todo el mundo. Todo dios»

EL ESCLAVO DE LOS NUEVE ESPEJOS

Por Raimundo Castro Marcelo

DÉCIMO SÉPTIMA ENTREGA. EL AFAMADO HOMBRE DE NEGOCIOS, ¡UN PEÓN!.

Entonces, como le ocurría a menudo, empezó a tomarse en serio su miserable condición de infante. Sobre todo, cuando las manos que movían los inescrutables jugadores se llevaron en volandas las primeras víctimas hasta hacerlas desaparecer. Aquello, definitivamente, iba en serio. Y podía ser que fuera una diversión para los jugadores. Pero para él, Abdón Martínez, lo que había entrado en juego, inesperadamente, era su propia existencia.

Se dijo que ya bastaba de bromas. Fuese sueño, o transmutación, o alucinamiento, lo que fuera, puerco asunto, él se sabía vivo. Vivo e inteligente. Su voluntad le enaltecía. Y se gritaba en silencio a sí mismo que podía salir de allí, irse de copas, aguantar el persistente dolor del muermo más molesto, tumbarse a descansar sobre la hierba, sufrir, casi amar, temer a los espejos. Aunque no podía moverse ni un milímetro, se sabía distinto, único, inconfundible.

Pero aquello empezaba a resultarle terrorífico. Podría imaginar, para esa misma partida, una buena jugada que jamás se realizaría sin no encajaba en los planes de quien, desde lo alto, como un dios, era capaz de abarcar todo ese educado y cortés campo de batalla. Por eso, preocupado por la prolongación de la burla, se preguntaba qué demonios seguía haciendo ahí.

Era un hombre. Y tenía conciencia de serlo. Recordaba con añoranza a sus padres, sus hermanos, los primeros amores, el sin fin de afrentas y placeres dados y recibidos, los estudios, las protestas y los miedos. Incluso los ensueños, entre los que no había ninguno parecido al que estaba experimentando.

Todavía, aun, era Abdón Martínez, el afamado hombre de negocios, experto en uralitas, millonario, divorciado, un poco canalla. ¡Qué decía un poco! ¡A qué engañarse! Tenía la certeza de ser un sinvergüenza. Como todos los demás. Como todo el mundo. Todo dios.

Dios. Eso. Sabía de Dios porque tenía conciencia del pecado. Incluso del original. Así que, aunque sólo fuera por eso, no podía ser un peón. Salvo en sueños. O por sobredosis.

Pero no recordaba haber tomado nada antes de dormirse. Y se había despertado sin aturdimiento, lleno de vitalidad, como se sentía en esos momentos.

Debería pellizcarse, insistió tras experimentar el dolor inexplicable de un párpado maltrecho, borroso en su memoria. Tenía que rechinar los dientes o morderse un labio para despertar. Pero no podía porque ni siquiera apreciaba el paladar. Era una sensación asombrosa que le enturbiaba el entendimiento. No podía moverse. Ni siquiera respiraba. Pero sólo los hombres, discurrió, tienen memoria.

¿Cómo podría él evocar el color oscuro de los ojos de su madre, el dolor intenso por su muerte, la sensación de vacío que le produjo su ausencia? ¿Cómo un objeto inanimado podría meditar sobre su propia soledad?

Descomponiendo en pedazos su bagaje de remembranzas podía casi ver, ahí mismo, a su primera mujer postrándose ante él, desnuda, dando relieve al lecho con su joven piel, floreciendo la longitud de sus muslos abiertos, la delgadez de su vientre, sus diminutos senos erizados, con los ojos cerrados y el pelo extendido como arena en fibra sobre las dunas de sus hombros, alborotado en el cuello, cosquilleando sus labios. ¡Era un hombre, cojones!, se gritó a sí mismo, escandalizado por la situación. Ni más. Ni menos. Pero un hombre.

Cuando fue elevado sobre el resto de las piezas comprendió que se había distraído. El translúcido tiempo había corrido contra él determinando su destino. Siempre pasaba lo mismo. Cada vez. En cada partida.

Afortunadamente, en esa ocasión que reconstruía su memoria  por azar, le colocaron dos cuadros delante de los demás. Y nadie le amenazaba salvo la reina blanca porque había variado de posición tras enrocarse el rey. Ella no podía comerle porque le protegía, desafiante, uno de sus oscuros caballeros andantes. De hacerlo, él moriría matando a una reina. Se rio. Lo pensó bien e imaginó que Isabel de Baviera, la emperatriz Sissi, le había elegido para que fuese su palafrenero preferido, su desconocido garañón.

En cualquier caso, se sabía salvado de momento.  Y hasta tuvo una falsa sensación de escalofrío cuando comprendió que estaba en medio del tablero, a sólo cuatro pasos de la posibilidad de transformarse en cualquier otra pieza que no fuera el rey enemigo.

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